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Río de Janeiro (Gerardo Lissardy, corresponsal para América Latina). El desfile de cientos de miles de personas por la capilla ardiente de la Academia Militar de Caracas para ver el cuerpo sin vida de Hugo Chávez aún prosigue, pero las autoridades venezolanas parecen tener resuelto desde hace días qué harán con los restos del presidente declarado muerto el martes 5, tras una batalla contra el cáncer a los 58 años de edad. El féretro será trasladado el viernes 15 al viejo cuartel capitalino donde el teniente coronel comandó un golpe de Estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1992, que pese a resultar fallido lo volvió famoso siete años antes de ser electo. Más adelante será llevado al Panteón Nacional junto a los restos de Simón Bolivar si se aprueba una enmienda constitucional sobre el tema cuyo referéndum podría coincidir con las elecciones presidenciales anticipadas del 14 de abril. El cadáver yacería allí, embalsamado y expuesto al público como los de Lenin, Mao o Ho Chi Minh.
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Pero la claridad de los planes sobre el destino de los restos del hombre que gobernó Venezuela durante los últimos 14 años contrasta con la gran incertidumbre que su muerte plantea para el futuro de su “revolución bolivariana”. La desaparición de Chávez reforzó las dudas respecto a la unidad del movimiento variopinto que él aglutinó dentro de su propio país y dejó en América Latina un vacío difícil de llenar para el eje de países alineados con Caracas. Según analistas, esta situación medirá la resistencia de las alianzas regionales construidas por Chávez a fuerza de petróleo y pondrá a prueba la voluntad de Brasil de ejercer un mayor liderazgo en su vecindario, bregando por el orden y sus propios intereses dentro de Venezuela, nuevo miembro pleno del Mercosur.
“Brasil tiene que acompañar muy de cerca lo que pasa en Venezuela”, advirtió Paulo Velasco, especialista en relaciones internacionales de la Universidad Candido Mendes, con sede en Río de Janeiro, en diálogo con Búsqueda.
Círculos políticos
Lo delicado de la situación que vive una Venezuela polarizada se tornó evidente con los primeros cruces entre el candidato presidencial chavista, Nicolás Maduro, y su rival opositor Henrique Capriles, aunque oficialmente la campaña recién comenzará el 2 de abril. Capriles denunció el viernes como un “fraude constitucional” la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia que designó a Maduro como “presidente encargado” tras la muerte de Chávez y recordó que la Carta Magna impide ser candidato presidencial a un vicepresidente en funciones (cargo que ocupaba Maduro). “A Nicolás nadie lo eligió presidente”, sostuvo el gobernador del estado de Miranda, de 40 años.
Al inscribir su candidatura el lunes, apenas cinco meses después de haber perdido ante Chávez una elección presidencial en la que cosechó 45% de votos, Capriles brindó una conferencia de prensa donde acusó a Maduro de mentir sobre la fecha en que falleció el presidente, manipular su figura con fines proselitistas y esconderse detrás de ella para gobernar el país. Maduro, un exsindicalista y exconductor de autobús de 50 años a quien Chávez nombró en diciembre como su sucesor, respondió en un acto masivo tras apuntar su candidatura, que su rival tiene un “rostro nauseabundo de fascista” y busca “que el pueblo de Venezuela se salga del cauce y se vaya por los caminos de la violencia”.
Esto confirmó la estrategia opositora de intentar separar a Maduro de la figura de Chávez. Alfredo Keller, analista de la consultora venezolana Keller & Asociados, dijo que Capriles apunta a plantear dudas sobre el “proceso de santificación de Chávez” que lleva adelante el oficialismo y endilgarle al candidato del gobierno algunas medidas polémicas tomadas mientras el presidente agonizaba tras su última operación en Cuba, como una devaluación de casi 32% del bolívar en febrero que afectó el poder adquisitivo de la población.
Keller consideró improbable que Capriles pueda vencer a Maduro en el clima especial que vive el país por la muerte de Chávez, la utilización del aparato estatal para la campaña oficialista y el temor de muchos venezolanos a perder los subsidios del gobierno si gana la oposición. Pero indicó que la actitud del presidente de la Asamblea Nacional, el teniente retirado Diosdado Cabello, de evitar asumir el poder hasta las nuevas elecciones, pese a que la Constitución lo habilitaba y a contar con una importante influencia dentro del chavismo sugiere un cálculo político de su parte para después de los comicios.
“La pregunta es por qué (Cabello) decide dar un paso atrás y dejar que Maduro asuma. Y la respuesta parece bastante sencilla: que el futuro a corto plazo previsible para el país es una especie de colapso económico. Es decir, la capacidad de respuesta del gobierno frente a la deuda, los compromisos internacionales, el desabastecimiento, los problemas fiscales y monetarios, va eventualmente a quemar muy rápido a Maduro. Así que él queda en un segundo plano, esperando la destrucción de Maduro por incapacidad”, dijo Keller a Búsqueda.
El reto de Brasil
Este panorama presenta un reto para Brasil, en primer lugar porque Venezuela es el país donde obtiene su segundo mayor superávit comercial (sólo lo supera China). Desde el primer gobierno del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva en 2003, las exportaciones brasileñas a Venezuela se han multiplicado casi por 10 y el año pasado ascendieron a unos U$S 5.000 millones. Esto es en buena medida fruto de un paciente trabajo iniciado por Lula para que Chávez lo viera como un socio, impulsando juntos organismos regionales sin Estados Unidos, como la Unasur o la Celac y aceptando su entrada al Mercosur.
Thiago de Aragão, un analista para América Latina de la consultora Arko Advice, con sede en Brasilia, sostuvo que para mantener esa relación comercial positiva con Venezuela el gobierno de Dilma Rousseff considera más conveniente el triunfo de Maduro y trabajará para evitar deterioros económicos e institucionales en el país. “La mayor ayuda que Brasil va a dar es garantizar estabilidad entre el chavismo civil y el militar”, señaló Aragão a Búsqueda.
Tras la muerte de Chávez, el presidente uruguayo José Mujica y algunos analistas han dicho que corresponde a Brasil ejercer el papel de líder en América Latina. La idea de un “liderazgo natural” brasileño surge del peso económico y político del gigante sudamericano. Pero también tiene en cuenta que ninguna figura dentro del ALBA, la alianza formada por Venezuela con Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Cuba y otros caribeños, cuenta hoy con el carisma, el poder y los recursos del petróleo que tuvo Chávez para encabezar un proyecto regional propio, lo que puede alterar los alineamientos políticos en el subcontinente.
“Sin Chávez la tendencia es que Brasil aparezca más como un portavoz de la región. Lo que pasaba era que Chávez conseguía representar algunos intereses sudamericanos muchas veces independiente de Brasil. La salida de escena de Chávez puede permitir que Brasil recupere esa posición unánime de representante o portavoz de la región”, dijo Velasco en Río de Janeiro, aunque descartó que eso se traduzca en un mayor poder real de Brasil.
En los últimos tiempos, varios observadores han cuestionado la voluntad de liderazgo regional de Brasil, preocupado por sus crecientes problemas económicos y por proyectarse como un actor en el escenario mundial más allá de América Latina. Andrés Malamud, un investigador de la Universidad de Lisboa, definió en 2010 que, ante la falta de unanimidad de los países sudamericanos sobre sus planes globales, Brasil había decidido actuar más bien como un “apagafuegos” en su vecindario, desactivando conflictos puntuales.
Pocos después del anuncio de la muerte de su homólogo venezolano, Rousseff declaró públicamente que “Chávez dejará en el corazón de la historia y en las luchas de América Latina un vacío”. Ella y Lula valoraron públicamente el trabajo del venezolano por los pobres y la integración regional. Pero también destacaron por separado que Brasil tuvo discrepancias con Chávez, algo a lo que difícilmente aludían en el pasado. Sólo el tiempo dirá si este ha sido el comienzo de un verdadero cambio en la política de Brasil hacia la región.