Hemos visto recientemente que en su polémica obra Sobre la cuestión judía, de 1844, Marx hizo hincapié en algunos elementos centrales del judaísmo como forma de vida cotidiana que a partir de entonces han dado lugar a inagotables disputas.
Hemos visto recientemente que en su polémica obra Sobre la cuestión judía, de 1844, Marx hizo hincapié en algunos elementos centrales del judaísmo como forma de vida cotidiana que a partir de entonces han dado lugar a inagotables disputas.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn este texto, Marx sostenía que el fundamento secular del judaísmo era el interés egoísta, que el culto secular practicado por el judío era la usura y que su Dios secular era el dinero.
Por lo tanto, el judaísmo secular era para Marx “un elemento antisocial” y en consecuencia, la emancipación de los judíos (que era el tema que dio origen a la famosa disputa) solo era posible si los judíos abandonaban la práctica de la usura y el culto al dinero. Es decir, si dejaban de ser judíos.
Sobre esto no hay dudas y la fórmula del propio Marx fue diáfana: “La emancipación de los judíos es, en última instancia, la emancipación de la humanidad del judaísmo”.
En general, los teóricos marxistas que han intentado (e intentan) salvar a Marx de la calificación de antisemita señalan que el pensador alemán —judío y descendiente de una larga cadena de rabinos— usó al judaísmo como una simple metáfora del capitalismo. Por eso, aseguran, la idea de la emancipación de la humanidad del capitalismo era la de la emancipación de las prácticas judías (la usura y el dinero). Marx no era antisemita sino anticapitalista.
Poner las cosas de esta manera no elimina la cuestión medular en este planteo, pues usar la imagen del judío como metáfora del odiado capitalismo (y por ende, establecer que la destrucción de ese sistema de explotación pasaba por la destrucción del judaísmo) implicaba una asociación de ideas para nada inocente, ni ayer ni hoy ni mañana. Ni antes ni después de Hitler.
Si ampliamos la mira y estudiamos el resto de los textos de Marx, comprobaremos, sin embargo, una tendencia clara e incontestable. No es casualidad, por ejemplo, que Marx se refiriese a la Bolsa como “la sinagoga financiera”. O que cuando hablaba de capitalistas que no eran judíos agregase que se trataba de personas “circuncidadas en su interior”. Es decir, de gente con alma de judío.
A 12 años de publicar Sobre la cuestión judía, Marx escribió en el periódico New York Tribune que “detrás de cada tirano hay un judío” y que era necesario denunciar y combatir “la actividad destructiva (…) de los judíos prestamistas en Europa”.
La correspondencia de Marx destila antisemitismo. Los judíos, escribe, “se reproducen como piojos”. De la misma manera, lo judío es usado por él como sinónimo de mugre (por ejemplo, en Tesis sobre Feuerbach, de 1845). En sus cartas a Engels, Marx repetía regularmente “der verfluchte Jude” (el judío maldito) y “Jud Süss”: un término muy usado posteriormente por los nazis, quienes así llamaron a su principal película de propaganda antisemita.
En por lo menos una ocasión, Marx logró matar dos pájaros de un tiro y aunó antisemitismo y racismo. Fue al criticar al líder socialista Ferdinand Lasalle, cofundador y primer presidente del Partido Socialdemócrata alemán. Sin más ni más, Marx definió peyorativamente a su ex amigo como “un judío negro”.
La identificación que Marx hizo de los judíos como la corporización del mal tiñó al marxismo en todas sus versiones. Pero es necesario subrayar que el fuerte antisemitismo desarrollado en los países socialistas, con sus repetidas olas de persecuciones, no se debió a la influencia de Marx sino que era una clara característica de la vida en Europa oriental, en donde los pogromos (palabra de origen ruso, justamente) se hunden en las sombras del tiempo.
Isaiah Berlin, el conocido filósofo letón-británico que llegó a ser presidente de la British Academy, subrayó que el lenguaje de Marx en su libro sobre los judíos no tenía nada que envidiarle a lo que decían y dicen “muchos textos antisemitas posteriores, tanto derechistas como izquierdistas, (…) chovinistas y fascistas, anarquistas y comunistas, del pasado y en creciente grado de nuestro propio tiempo”.
Para comprender la terrible dimensión del Holocausto no basta con estudiar el nazismo sino que hay que ampliar la mira e incluir el aporte marxista y, sobre todo, el recalcitrante antisemitismo histórico en las sociedades de Europa oriental.
Fue ese combo el que multiplicó la violencia contra la población judía.