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    Arcilla y alfarero

    Las sociedades atrasadas tienen una idea atascada en el caño de su cabeza; una idea que se repite con agobiante regularidad y gotea con contundente tozudez: es la que sostiene que las masas hacen la historia. Pues es exactamente al revés: la historia la hacen los genios, los hombres de nombre y apellido, los líderes carismáticos, los que se elevan sobre la masa anónima.

    Hice el curso básico de historia europea, al comienzo de mis estudios universitarios, cuando las teorías marxistas, estructuralistas y hermenéuticas avanzaban triunfalmente en los ámbitos académicos escandinavos. Recuerdo en especial un libro que me tocó estudiar, escrito por un marxista danés.

    Este autor era un convencido de que las masas son las que hacen la historia. Por eso, en su obra no había nombres propios, sino que masas; masas que iban y venían por los siglos, generando los acontecimientos y cumpliendo su labor histórica de moldear la sociedad acorde a los principios elementales establecidos en el manual de Karl Marx.

    Una época anónima y ausente de rostros como la Edad Media se prestaba maravillosamente bien a esos propósitos colectivistas. La masa plebeya resistía la presión de los señores feudales (otro tipo de masa anónima, escondida bajo el yelmo de metal) ante la mirada complaciente del clero (la masa anónima de las sotanas) y forjaba una red solidaria que poco a poco fue minando la fortaleza del poder feudal hasta derribarlo por completo.

    Nació entonces la burguesía (un nuevo tipo de masa formada por comerciantes anónimos) la cual, con su sistema de explotación, parió a quien luego sería su verdugo histórico: el proletariado, que es la masa heroica de todo cuento marxista.

    Y así, página tras página y capítulo tras capítulo, el buen danés nos iba llevando por ese viaje de masas a través de los siglos. Hasta que apareció Napoleón. Ahí se rompió el esquema. Por un momento, la receta marxista para cocinar una rica historia, llena de buenos sabores y agradable al paladar socialista, quedó fuera de juego. Imposible ignorar al pequeño capitán corso que conquistó medio mundo y atribuirle todas sus proezas a la masa revoltosa de sans-culottes.

    En mi sillón preferido imaginaba que el historiador danés tenía que haberse desesperado viéndose obligado a identificar un hombre como líder del proceso histórico; un hombre singular que relegó a las masas al papel de comparsa. Vinieron nuevos hombres y el esquema marxista, ya mal hilvanado desde el inicio, se le despatarró al pobre danés por completo.

    Sin embargo, por monumentalmente equivocada que sea, la teoría de que las masas son el principal actor histórico domina aún muchas cabezas. Es más: yo diría que domina cada vez más cabezas. Se trata, claro está, de cabezas cuadriculadas que se niegan a aceptar que ni los sans-culottes franceses ni los descamisados argentinos ni los campesinos chinos ni la muchachada cubana han alguna vez tomado iniciativas revolucionarias: lo suyo siempre ha sido seguir a los líderes con nombre y apellido, que han arrastrado a las masas a donde han querido: hoy al nazismo o al comunismo, mañana al fascismo, pasado al consumismo.

    La dialéctica de esta nota nos ha llevado a una recordable síntesis: la ideología sempiterna de las masas es el consumismo acrítico. Luego, no importa si lo que se consume son rudimentarias consignas, vagas ideas sobre la explotación del hombre por el hombre o sobre el predominio racial de determinada nación, o entonces gustos por la comida chatarra o por vampiresas de mala muerte haciendo malabarismos en un caño.

    Eso por una parte.

    Por otra parte, recuerdo que la masa, al ser contundentemente mayoritaria, representa la normalidad. De ahí que pertenecer a la masa es ser normal y ser normal es pertenecer a la masa. Masa y normalidad son dos caras de la misma moneda. Quien no pertenece a la masa es diferente. Anormal.

    En un libro clásico, Alberto Moravia, escritor italiano, romano y comunista, describió las andanzas de un tipo proveniente de la clase alta decadente (en realidad una tautología pues la clase alta, marxísticamente hablando, siempre es decadente…). Este sujeto, en cuyo hábitat abundaban la cocaína, la violencia paterna, la prostitución materna y el abuso sexual por parte del chófer de la casa, persigue desesperadamente ser una persona normal.

    El conformista, que Moravia publicó en 1951, es el relato de un diferente que busca con ahínco ser igual a los demás. Por eso, su único objetivo existencial es pertenecer a la masa, hundirse en la masa, amasarse, también él, en el amorfismo social. Para lograr su meta se convierte en un furibundo fascista, pues la normalidad en su tiempo y en su espacio era ser fascista.

    Pero en el fondo de la cosa, el hombre masa no es revolucionario ni contrarrevolucionario ni, menos aún, fascista o socialista o rebelde: es, sencillamente, arcilla maleable en las manos del alfarero de la historia, que es el hombre selecto.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor