Los cambios de gobiernos en Argentina y Brasil que siguieron reflejaron un desplazamiento de aquel mundo que definió Friedman hacia otro como el que BlackRock señala. Gobiernos como los del kirchnerismo y Jair Bolsonaro se ajustan a visiones económicas y políticas quizá más sectarias. También tal vez haya otros.
El presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, que en cierta manera comulga más con la mirada de los líderes argentinos de derecha, consideró que el Mercosur es un corset para el crecimiento económico de Uruguay y por afuera del bloque regional alienta tratados de libre comercio con China y el Acuerdo Transpacífico.
Unos días antes de esa cumbre en Montevideo, donde se entregó la presidencia pro tempore del Mercosur a Alberto Fernández, el mandatario uruguayo había adelantado que estaban avanzadas las negociaciones para integrar el Acuerdo del Transpacífico.
“El mundo es otro y la región es otra. Ya no es que el mundo nos espera. El mundo avanza. Es cierto que llegamos hoy con tensiones. Hemos hablado bilateralmente con todos los países, de manera formal y de manera informal. El Uruguay necesita y tiene vocación de abrirse al mundo”, señaló Lacalle Pou.
Alberto Fernández, su par argentino, lo cruzó. “La solución no es que cada uno haga la propia. Nos preocupan las decisiones unilaterales con terceros países. Cuando en una sociedad las reglas se incumplen, alguien esta rompiendo”.
BlackRock tiene razón. Un mundo y una economía fragmentados significan más trabajo y esfuerzo para que productos, servicios y trabajadores se desplacen de un lugar a otro para llegar a las puertas de las casas o del trabajo. El encarecimiento de combustibles, pasajes, fletes, transporte y demás suben los costos de transacción perjudicando la eficiencia económica y bajando la productividad.
Es como si la salida de la pandemia y la guerra entre Rusia y Ucrania hubieran hecho retroceder la rueda del capitalismo varios casilleros en el Juego de la Oca.
¿Y ahora?
El economista e historiador de la Universidad de Berkeley, James Bradford DeLong, acaba de publicar, según Financial Times, uno de los libros del año, Slouching towards utopia: an economic historia of the twentieth century, donde cuenta que una era de explosión sin precedente de la riqueza material que transformó el mundo y el trabajo de las personas tocó su fin.
Fue en 2010, en plena crisis financiera de Lehman Brothers, cuando el descontento social (básicamente por el rescate a los gigantes financieros de Wall Street como BlackRock, aunque ese grupo financiero no recibió ayuda específica) cuestionó las bases de la economía neoliberal y de la democracia liberal. Claro que líderes más autocráticos como Donald Trump, Jair Bolsonaro y ahora el propio Xi Xinping enfrentaron grandes limitaciones para responder a las demandas de sus ciudadanos en plena pandemia.
Brasil, Argentina, Uruguay, Chile y los países de la región enfrentan un mundo diferente y de ahí que el intercambio entre Lacalle Pou y Fernández refleje quizá algo más profundo que una simple charla rioplatense de vecinos sentados en un cordón compartiendo un amargo.
Unos años atrás el economista de Harvard, Dani Rodrik, había advertido sobre los límites y mitos del librecomercio en sus libros Straight Talk y The Globalization Paradox. DeLong retoma ese punto en su libro y advierte sobre una de las consecuencias que seguirá dando que hablar en 2023 y que es la razón por la cuál Argentina, Uruguay y el Mercosur necesitan “ver hacia afuera”: la inflación.
DeLong da una perspectiva inusual al debate actual sobre la inflación mundial. En períodos de reestructuración económica rápida y de amplio alcance, cuando “llevas la economía a una nueva configuración”, como fueron la salida del Covid y la guerra, dice que se necesita un “estallido de inflación para engrasar las cosas”. Menciona 1947 (la primera desmovilización posterior a la Segunda Guerra Mundial) y 1951 (el impulso de reclutamiento de la industria de defensa relacionado con la guerra de Corea) como analogías para la recuperación posterior al Covid.
Para DeLong los desafíos actuales son más grandes que la inflación. Las revoluciones de libre mercado de la década de 1980 desmantelaron gran parte del modelo socioeconómico del largo siglo XX (Estado de bienestar), que no se puede reconstruir simplemente, y además el cambio climático es una seria amenaza para el crecimiento de la productividad. Si bien DeLong se muestra escéptico de que una China autoritaria pueda proporcionar un mejor modelo, advierte que Occidente tiene un duro camino por delante.
La teoría económica en el siglo XX demostró que uno de los instrumentos para abaratar costos y ganar eficiencia (productividad) consiste en conformar bloques regionales, uniones aduaneras y, en el mejor de los casos, uniones monetarias. A Europa le tomó décadas (y un par de guerras) pero la moneda euro se inscribe en la mejor tradición de lo que el economista canadiense, Robert Mundell, ideó cuando teorizó sobre los beneficios de una moneda única (ganó el Premio Nobel por ello en 1999).
Lula en la campaña para presidente de Brasil, que finalmente se impuso por encima de Bolsonaro, dijo: “Vamos a crear una moneda para la región”. Ya lo había dicho en 2002. Aunque a decir verdad hubo esfuerzos previos tanto del lado argentino como del brasileño.
En 1987 José Sarney y Raúl Alfonsín firmaron una decena de protocolos de comercio en Viedma, Río Negro. Buscaban agilizar importaciones, crearon un programa de integración regional y hasta firmaron un protocolo para la creación de una moneda común, “el gaucho”.
En 2004, ya con Lula y Néstor Kirchner, hubo un planteo de parte del ministro de Economía de Argentina, Roberto Lavagna, para avanzar en esa línea.
Más acá en el tiempo, en 2019, el ministro de Economía de Mauricio Macri, Nicolás Dujovne, y su par de Bolsonaro, Paulo Guedes, acordaron el anuncio de negociaciones al respecto. El nombre que habían encontrado para lanzar la moneda común sería el peso real.
Por último, el actual ministro de Economía de la Argentina, Sergio Massa, señaló semanas atrás que con Brasil se viene trabajando “en la construcción del diseño de un Banco Central regional, supranacional, con un régimen de comercio regional”.
¿Con Lula se podrá esperar algún cambio al frente de Brasil y la mayor economía de la región? El mandatario electo se pronunció, además de trabajar en una moneda en común, a favor de reflotar el acuerdo Mercosur Unión Europea (UE).
Una zona de esa envergadura abriría un mercado de 778 millones de habitantes. La UE se comprometería a liberalizar 92% de las importaciones provenientes del Mercosur, mientras el bloque sudamericano, el 91% de las importaciones europeas. Con la entrada en vigor del acuerdo, el Mercosur pasaría a tener tratados de libre comercio con 23,5% del PBI global versus tan solo el 1,4% de hoy en día.
“Después del ombliguismo de Bolsonaro no le será difícil al nuevo gobierno de Brasil tener un papel más activo en el plano internacional”, dice Roberto Bouzas, economista, experto en temas de integración y profesor de la Universidad de San Andrés de Buenos Aires. “La gran pregunta es cómo se traduce ese activismo de Lula en resultados concretos y habrá dos dimensiones a tener cuenta. La política, en el vínculo con el resto de Sudamérica, con Europa y Estados Unidos. La otra es la economía, ahí es más complicado”.
Bouzas cree que en el primer punto la figura de líder de Lula podrá generar cohesión en la región y recibirá adhesión en Europa porque a diferencia de Bolsonaro estará permeable al discurso del cuidado del Amazonas y el cambio climático. Por último, Lula y Joe Biden han manifestado la voluntad de trabajar una agenda conjunta.
“La agenda económica es más complicada porque hay mas divergencia en los modelos de desarrollo de uno y otro país, hay debilidades que mostraron los procesos de integración regional que siguen estando allí, y lo mismo pasa en el vínculo con la UE”, continúa Bouzas. “Desde ese aspecto, el acuerdo con la UE se facilitará por lado ambiental pero seguirá teniendo resistencias en el acceso a mercados. Para la Argentina, el cambio de gobierno en Brasil planteará desafíos parecidos: desde lo político habrá un diálogo más constructivo porque con Bolsonaro fue pobre pese a los esfuerzos hechos y desde lo económico, más difícil, sobre todo ideas como una moneda común o una unión aduanera, que son ideas que pecan de simplismo y desvían la atención de los temas importantes en el vínculo con Brasil como la relación comercial y la integración productiva”, concluye.
El autor es editor jefe de Eco- nomía en el diario Clarín. Espe- cial para Búsqueda.