¿Cómo prefiere suicidarse un argentino? Se sube al ego y se lanza al vacío. Desde esa enorme altura, la muerte es segura.
¿Cómo prefiere suicidarse un argentino? Se sube al ego y se lanza al vacío. Desde esa enorme altura, la muerte es segura.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáChistes similares se cuentan de Lima a Tokio, de Johannesburgo a Oslo. Quienes tenemos contacto con cordobeses, misioneros, salteños, mendocinos y otros provincianos sabemos que no todos los argentinos son así. Pero la mayoría de la población paga las cuentas de la pésima fama que porteños y aporteñados han cultivado a lo largo de los siglos. Las características más notables de esta fama son la prepotencia y la soberbia acompañadas de una monumental ignorancia y grosería.
Durante el Mundial de fútbol de 2010, una empresa de apuestas sueca hizo una serie de propagandas televisivas en las cuales aparecían personas imaginadas de algunos países representados en dicho campeonato. Eran clichés, por supuesto. El argentino era un jovencito que, caminando por una vereda, atropellaba a la gente, pateaba los autos estacionados, le robaba el sándwich a un hombre y al final, cuando la Policía lo detenía, ponía cara de canchero, como diciendo “yo argentino, querido”.
Uno de los mejores ejemplos de esta deleznable forma de ser son Maradona, Tinelli y la famosa farándula.
Y aquí encontramos una dimensión interesante: la argentinidad vista no como sinónimo de nacionalidad sino que como norma de comportamiento. De la misma manera que en Italia se habla del meridionalismo como un tipo de comportamiento (independientemente de si quien lo practica es meridional o septentrional), la argentinidad también es una manera de vivir, más allá del origen de quien la ejerce. Sus rasgos centrales son la soberbia, la superficialidad y la chabacanería. También, el afán de ser el número uno en el planeta.
Esto último no es novedad. Ya a mediados del siglo XIX se cultivaba el mito de “Argentina Potencia”. Antes de ser elegido presidente, Carlos Pellegrini escribió que el liderazgo mundial de Argentina era “un hecho forzoso y fatal” y una legión de pensadores y políticos sostenían que Argentina, “granero del mundo”, era el país sobre el cual terminaría articulándose todo el continente americano, Estados Unidos incluido. Paul Groussac, director de la Biblioteca Nacional, escribió en 1893: “¡Oh, nación argentina, nave del porvenir!”. Hace cuatro décadas Arturo Jauretche sostuvo que “sólo Argentina puede vertebrar Hispanoamérica”. No nos debe extrañar que en sus cartas a Londres, Ponsonby asegurara, hace más de 185 años, que los orientales estaban hartos de la prepotencia de los porteños.
Por incomprensible que resulte hoy, luego de 70 años de notable decadencia (acelerada luego de la llegada de Perón al poder), esta idea del brillante futuro al cual “está condenado el país” (como aseguraba Duhalde hace pocos años) sigue viva. Quien conoce la realidad argentina sabe con lujo de detalles que lo de “Argentina Potencia”, “granero del mundo”, “pilar del continente”, “nave del porvenir” y demás mitos es una patética burbuja. Y, sin embargo, de la Casa Rosada para abajo se alimenta y se propaga un discurso que nada tiene que ver con las paupérrimas condiciones materiales y humanas del país.
Otra consecuencia de este verdadero chauvinismo porteño es la apropiación de nombres y fenómenos ajenos. En los Juegos Olímpicos de Sydney, en el 2000, la delegación argentina desfiló bajo los tonos de La Cumparsita, “el tango argentino más famoso del mundo”, como suelen decir. Argentino es Gardel, al igual que el salteño y muy oriental Irineo Leguisamo. Argentinos son también el mate, el asado, el dulce de leche, el tango y todo aquello que tenga un valor positivo (por eso mismo, Víctor Hugo Morales sigue siendo considerado uruguayo).
Acorde a esta visión, en los libros de historia de la literatura argentina que se usan en Secundaria y en la Universidad, Horacio Quiroga y Florencio Sánchez figuran como escritores argentinos. La mentira, obvia e inmensa, se cubre con una patética salvedad: Quiroga era hijo del cónsul argentino en Salto y Sánchez, “si bien nació en Montevideo”, escribió su obra más importante en Argentina.
Hay también una variante que no deja de ser divertida: cuando un personaje argentino se luce en el firmamento internacional se subraya que es argentino. Si el personaje en cuestión es uruguayo, entonces se dice que es rioplatense. Para los argentinos, Borges es argentino pero Blanes es rioplatense. Maradona es argentino y Francéscoli rioplatense. Lo importante es que Argentina participe siempre de la gloria.
En un arranque de porteñismo, Cristina Fernández insiste con que Artigas quería ser argentino. Uruguay, agrega en un verdadero homenaje al disparate, no formaba siquiera parte de la Patria Grande. Fernández es una verdadera representante de ese argentinismo clásico que el mundo desprecia, caracterizado por una mezcla tóxica de prepotencia, chabacanería e ignorancia.