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En el medio de la sala hay un grupo de máscaras. Son pocas pero inquietantes. Están en un par de vidrieras enfrentadas. Uno debe pasar por el medio como por un callejón con poca luz. Eso las hace un poco más aterradoras. O tal vez la cercanía de un esqueleto humano de tamaño natural, de pie, como en un laboratorio, colocado en un soporte con una silla de madera al lado. Hay otros elementos. Una figura de alambre, que semeja la estructura de un tórax también humano, con largos y finísimos brazos de madera. Una composición de varios elementos entre los que aparecen las máscaras, distorsionadas, rostros un poco desencajados. Hay algo de cadáver en todo, de sensación de desolación en esos extraños pedazos de cuerpos desestructurados, sueltos, a medio hacer. En tono terrestre, crudo pero opaco, en silencio sepulcral, las máscaras miran al vacío y desde el vacío de los ojos marcados por su creador. Esos retazos de títeres de gran tamaño parecen abandonados, a medio camino entre la vida y la muerte. Es una sensación que impulsa el recorrido de la muestra de Xul Solar (Argentina 1887-1963), reconocido y enigmático artista de la vanguardia porteña de la primera mitad del siglo XX. Vanguardista, moderno, de un trayecto artístico tremendamente personal. Esos artistas que andan solos por la vida y construyen un lenguaje propio, solitario, inicial.
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En el caso de Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari, reconvertido de joven en Xul Solar, es inevitable hablar de lenguaje, su producción pictórica siempre fue una vocación que compartió con su múltiple y compleja visión del mundo, interés por lo oculto de la vida, por el misterio de la vida. Sobre todo, de su mirada esotérica, universalista y cósmica. Fue astrólogo y astrónomo, pintor y constructor, diseñador y lingüista, músico y titiritero, poeta, inventor. Prefería un sistema de numeración duodecimal y argumentaba científicamente sus ventajas. Se definía como un “cabalista” o “catrólico” (“ca-cabalista, tro-astrológico, li-liberal, co-coísta o cooperador”).
Espiritualista y hombre en extremo creativo. En la completa muestra que ofrece el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires se ofrece ese enorme abanico de intereses, con la pintura como eje central, inigualable en calidad y proyección en el mundo del arte. Una pintura básicamente de acuarelas que finamente recorre pocos tonos, pocas y curiosas figuras, que se reiteran en innumerables situaciones de corte claramente surrealista. Son obras de pequeñas dimensiones, con espacios abiertos, la mayoría, pobladas de hombrecitos caricaturescos, de edificios geométricos y volúmenes sencillos, carros que vuelan, de madera y con velas, a medio camino entre todos los vehículos conocidos. El mundo de Xul se empeña en volar, en conectar, en poner escaleritas por muros angostísimos, por pasajes altos como paredes de cárceles, por ubicar “humanitos” en todos lados. Es también un mundo de diseños, de signos, de creaciones desde evidencias reconocibles de letras, hasta la construcción de una mezcla interesantísima entre pintura y verbo, entre signos de tradición esotérica o astrológica y planos de pintura que ilumina todo de un tono anaranjado suave, rosa, rojo pálido, amarillo, azul claro. Es un territorio de geometrías e imágenes en miniatura. Hasta los edificios y algunas imágenes de Buenos Aires parecen sacadas de un libro de cuentos infantil. Son obras breves pero definitivas, profundas, impactantes. Bellísimas, además, a pesar de la rareza de su mundo de animales con rostros humanos, de personajes que parecen soldaditos poblados de banderitas, de cierta desolación reinante, de cierto vacío existencial. Eso potencia la proyección universal y cósmica por la que transitaba, la idea del universo como juego, de laberintos y mundos sobre mundos, de escaleras circulares llenas de símbolos al mejor estilo borgiano. Invenciones y esoterismo, creaciones abarcadoras como un lenguaje universal o una “panlengua” que nunca nadie habló o su “neocriollismo”, basado en una mezcla de español, portugués y guaraní, un “panajedrez” de 200 piezas, potenciado en múltiples dificultades que posibilitaba al jugador crear una canción o un poema, una cancha de fútbol con varios cuadros y extensiones de terreno donde los jugadores tenían que sortear muchos desafíos. En fin, un hombre preocupado y alterado por lo onírico, las estrellas, la historia más oscura e intrigante e inexplicable de la humanidad. Un tipo hiperactivo, a pesar de su elegancia, porte de alta estatura y frente reflexiva.
Cuenta Jorge Luis Borges en una de las charlas sobre su amigo, con quien se encontraban para caminar por las calles de Buenos Aires. “¿Qué hizo hoy de tarde?”, le preguntó a Xul. “Inventé tres religiones, dos juegos y un par de horóscopos”. Algo así es la anécdota que se fue reconstruyendo en múltiples versiones. Su mundo era de cosmogonía, humorístico y serio, elitista y sencillo, popular y secreto.
Su obra pictórica cobija sus creaciones lúdicas, entre las que se encuentra un nutrido juego de cartas con un total de cien naipes artesanales. Proyectadas en el piso, descansan una al lado de la otra como un puzzle de signos incomprensibles, aunque con evidentes referencias a su estética astrológica. Una estética con aroma dadaísta, metafísico, a Paul Klee y no mucho más. Están en la muestra sus incursiones lingüísticas y otras categorías de conocimiento, a las que dedicó sus días. Hijo de padre lituano que hablaba alemán y madre italiana, no en vano aprendió ocho idiomas. Todo le interesaba en la vida y todo lo miraba con sorpresa, inventiva y la ironía de una inteligencia superior. Para colmo, era artista y logró un nivel de conocimiento sensitivo, de expresión y contacto con lo inexplicable como pocos. Otro misterio envuelve la obra de Xul Solar como la del propio Borges. Es tan porteña como universal, es tan sutil e inasible y misteriosa como simple y disfrutable, es tan cautivante para la mente como emotiva. Aparentes contradicciones que envuelven ese mundo en el que cualquiera puede entrar a pesar de sus intrincadas y laberínticas complejidades. Vale la pena el viaje.
Xul Solar. Panactivista. En el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. De martes a viernes de 11 a 20, sábado y domingo de 10 a 20. Avda. Libertador 1473. Hasta el 19 de junio.