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    Asómate y contempla

    A los 74 años, el realizador alemán Werner Herzog no conoce la pereza. En 2016 dirigió una ficción (Salt and Fire) y dos documentales: Dentro del volcán, sobre el fenómeno natural de los volcanes, tema si se quiere de escaso interés masivo, y Lo and behold: reveries of the connected world (EEUU, 2016), recientemente colgado en Nerglix, sobre el nacimiento, los pros, los contras y el futuro de Internet, asunto de indiscutible interés global y masivo.

    El título nace a raíz de lo ocurrido el 29 de octubre de 1969, fecha histórica en la informática, cuando dos estudiantes daban nacimiento a la World Wide Web (www) al lograr comunicar entre sus ordenadores —uno en Los Ángeles y otro en Stanford— la “ele” y la “o”, las dos primeras letras de la palabra login. Luego de ese puntapié inicial, el desarrollo de vértigo de la red de redes explica el título Lo (como abreviatura de login) and behold, que podría traducirse como asómate y contempla.

    La película, con una duración de cien minutos, se divide en diez capítulos con títulos como “La Internet del yo”, “Internet en Marte”, “El lado oscuro”, “Los primeros años”, “La gloria de la red”, “La inteligencia artificial”. Esta suerte de índice temático sirve a Herzog para explorar distintas facetas del fenómeno, lanzar ideas o formular preguntas casi siempre filosóficas y morales en torno a este nuevo mundo que tenemos en nuestras narices. Lo hace sin aparecer en la pantalla, desde esa inconfundible voz en off, con un inglés germanizado y transparente. Las inquietudes del creador de El enigma de Kaspar Hauser, Aguirre, la ira de Dios, Nosferatu y Fitzcarraldo, son siempre inteligentes y oportunas. Además cuenta con una colección de prestigiosos científicos del otro lado para responderle, una suerte de dream team que cualquier intelectual envidiaría.

    El caleidoscopio por el que nos pasea Herzog es alternativamente aterrador, divertido, incomprensible y apasionante. Ted Nelson explica el hipertexto y la interconectividad con una metáfora de comprensión trabajosa sobre el fluir del agua; jóvenes chinos y coreanos adictos a los juegos en la red usan pañales para poder estar dieciséis horas seguidas frente a la pantalla; una familia desconsolada por la publicación en la red de fotos de su hija asesinada sostiene que Internet es el Anticristo; un famoso hacker fundamenta por qué no hay seguridad informática posible contra el factor humano; un científico de la Universidad Carnegie Mellon confiesa su amor por un pequeño robot que juega al fútbol y que cree que superará a Messi en poco tiempo; varias personas viven virtualmente aisladas en Green Bank, Virginia, en una zona libre de celulares; dos científicos prevén que próximamente un impulso eléctrico del cerebro permitirá publicar un tuit sin pasar por el teclado.

    Tan apasionante como todo el conocimiento adquirido en pocos años, son las interrogantes que ese conocimiento plantea para el futuro. ¿La existencia humana en Marte es realmente un paso vital para nuestra especie como lo sostiene en el documental Elon Musk? ¿Llegaremos un día a tuitear solo con nuestros pensamientos? ¿Se podrán enamorar los robots y si así fuera, será útil que se enamoraran? ¿Podrá Internet algún día tener una voluntad propia y autónoma como el HAL-9000 de 2001: Odisea del espacio?

    Algunos toques de humor salpican el metraje: el desarrollo en tiza y pizarrón de ecuaciones incomprensibles para el espectador no iniciado; el relato desopilante de cómo el célebre hacker Kevin Mitnick burló al FBI; cómo una desolada plaza de Chicago de pronto se puebla de monjes tibetanos ensimismados con sus celulares o el desparpajo con que Herzog le pregunta si no está loco al filósofo Ted Nelson.

    El realizador alemán mantiene en general una mirada equidistante entre la fascinación, el temor y la perplejidad frente al fenómeno que está escrutando, aunque un par de reflexiones de sus entrevistados, que él reserva para el final, inclinan algo la balanza hacia un costado más crítico. El científico de la computación Leonard Kleinrock, uno de los padres de la red, sostiene sin vacilar que Internet es el mayor enemigo de todo pensamiento crítico. Por su parte, el doctor en Física Lawrence Krauss afirma con énfasis que en el futuro las escuelas tendrán que prescindir de su perimida función de impartir información y que, por ejemplo, el aprendizaje de la filosofía será indispensable. Seguramente, a más de un espectador le quedarán resonando en el cerebro las palabras de estos dos científicos que pretenden observar semejante revolución tecnológica con una hondura de la que la hiperin­formación y la ultraconectividad carecen.

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