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    Aullido negro

    Le encanta definirse como el “perro malo” de la literatura policial. Sus frases son punzantes, descarnadas, cargadas de jergas e insultos. Va al hueso del asunto y sin anestesia. Y también si lo entrevistás cara a cara. Te intimida, con ese tamaño de oso, con esa mirada terrible, con ese pensamiento de derechas. Pero es un escritor que deja todo, que cuenta todo, que se desnuda sin problemas como en Mis rincones oscuros (Ediciones B, 1998), una de las más furibundas autobiografías que se hayan escrito, un registro del incansable trabajo policial, una novela histórica sobre el patio trasero de los Estados Unidos y también un thriller sobre su madre, que fue estrangulada con una media y tirada en una cuneta. El cadáver —para el expediente policial “mujer caucásica, de piel clara, pelirroja”— lo descubrieron unos niños que jugaban al béisbol en El Monte, una ciudad del condado de Los Ángeles, el domingo 22 de junio de 1958, cuando James Ellroy tenía diez años. Nunca encontraron al culpable.

    El valle de San Gabriel tiene forma de caja, una caja calurosa y húmeda. Las tierras eran baratas, cuenta Ellroy. Y allí se levantaron viviendas. Era el paraíso de los blancos pobres, de los refugiados, de los desclasados. El Monte era el centro del valle, con una población de 90% de blancos y —lo dice Ellroy— 10% de mexicanos. A fines de los 50 Los Ángeles se preparaba para ser el infierno. Para Ellroy, el infierno comienza ese día de 1958: llega a su casa y ve coches de la Policía delante del jardín. Luces rojas que giran intermitentes sobre una pequeña multitud que se ha concentrado en silencio.

    —Hijo, han matado a tu madre.

    El caso tuvo su repercusión en los medios. El propio Ellroy apareció en los diarios como el “chico de la foto”, impactado por el suceso. Parece más asombrado que dolido. Nunca lloró. La procesión iba por dentro. A partir de ese momento fue otro hombre, si eso es posible. “Yo detestaba a mi madre. Y detestaba El Monte. Un asesino desconocido acababa de regalarme una nueva existencia, magnífica e intacta”, dice el Perro Malo. El asesino, del que apenas tenemos un par de rasgos aportados por los testigos que lo vieron (dos camareras, un parroquiano, tal vez un borracho), era espigado y de aspecto latino. El Hombre Moreno, lo llamará Ellroy de aquí en adelante, una forma de nombrar a un fantasma que lo azotará toda su vida y que tal vez ya ni siquiera exista.

    A lo largo del libro, la figura de la madre pasará por todos los espectros y sensaciones: la promiscua, la alcohólica y la puta; la distante, la extraña y la misteriosa, cuyo pasado debe ser desen­terrado para explicar su muerte; la solitaria, la resignada y la paciente; la que debió criar a un hijo sola, en una casa pequeña, con un sueldo modesto de enfermera. La última vez que la vieron fue en compañía de un hombre, el Hombre Moreno, en un bar llamado Desert Inn. Una y otra vez Ellroy volverá a esa imagen, a ese lugar: su madre en un auto, ligeramente borracha, risueña, con el Hombre Moreno, atendidos por una camarera. Mayor precisión es imposible, pero el intento de esclarecimiento llevará una carrada de información: nombres concretos, nombres posibles, direcciones, matrículas de autos. Cantidad de bares y moteles. Ellroy los enumera. Son demasiados. Empiezan a sonar como latiguillos obsesivos. Es el libro de un hombre obsesionado, por momentos un loco consumido por un monólogo interior.

    Jean Ellroy o Geneva Hilliker, de soltera. Esta mujer en varias piezas se acercará al lector gracias a los recuerdos de su hijo y a un deseo que no excluye lo incestuoso, a las acaloradas sensaciones de su exmarido (“tu madre se revuelca con hombres”), a la memoria de los familiares, a quienes Ellroy visita muchos años después para agregar otros detalles al perfil, al retrato hablado de una mujer, la Pelirroja.

    Había vivido con su madre luego del divorcio de sus padres, pero ahora vivirá con su padre comiendo pizzas, viendo combates de box en la tele, acostándose con las ropas puestas. Mínimo orden, mínimo aseo.

    El padre, otra figura en esta historia, un señor que participó en la II Guerra Mundial, trabajó en Hollywood y era propenso a los cuentos exagerados. Le gustaba decir que se había follado a Rita Hayworth cuando fue su contable. Tenía un epíteto recurrente para quienes no le caían bien: “Soplapollas”. Es un clásico. Y un latiguillo, también para quienes no eran de su agrado: “Que te jodan, Fritz”. Pone al día al niño acerca de los maricas declarados del cine: Rock Hudson, Randolph Scott. Y agrega: “Tienen algo bueno: hacen que haya más mujeres de las que ocuparse”.

    El niño problemático se convierte en un adolescente problemático. Dibuja esvásticas en los cuadernos durante las clases, que le importan un rábano. Es introvertido. Se pelea con los otros alumnos. Se junta con escoria, con basura blanca. Se refugia en las drogas. Ronda las casas vecinales y observa las ventanas iluminadas de los baños. Cuando puede, entra y roba alguna braguita. No tiene el más mínimo pudor. Detalla su vida con toda la suciedad. No quita nada, no aligera nada. Habla de paranoia, de voces en su cabeza, de delirium tremens a los 27 años. Es lo más descarnado posible. Vaga por las calles. Conoce Los Ángeles a fondo, al tocar fondo. Los peores lugares de la ciudad. Respira entre tachos de basura y desperdicios humanos. Una juventud plagada de adicciones y hurtos y cárcel. Solo lo salva la lectura. Lee en bibliotecas públicas montañas de novelas policiales. Y vuelve a caer en más adicciones con los inhaladores Benzedrex, que eran de venta legal (para la congestión nasal) y te podían dar un colocón de diez horas si te los bajabas de una.

    Su padre, el del miembro del tamaño de un elefante, ya ha muerto. Las últimas palabras al hijo: “Trata de ligarte a todas las camareras que te sirvan”. Una de las esquinas preferidas de Ellroy en Los Ángeles, adonde iba una y otra vez, fue en la que encontraron el cadáver de Elizabeth Short, la Dalia Negra, literalmente partida en dos.

    La historia de su madre es la de él mismo. Ellroy construye una novela policial con personajes familiares. La mujer fatal es la Pelirroja. De pronto, quizá porque saca fuerzas de quién sabe dónde, se recupera poco a poco, deja las drogas y la bebida. Se concentra en su gran habilidad: jugar con las palabras. Se vuelve un escritor prestigioso, conocido; sus novelas se llevan al cine. La obsesión sigue siendo la misma: ir tras la pista, por más pequeña que sea, del asesino.

    Tiene que poner sus recuerdos en orden. Investiga por su cuenta, abre archivos que estaban cerrados o descansaban en la bandeja de los casos sin resolver. Habla con todos los policías y detectives que aún viven y fueron parte del caso de la Pelirroja. Coteja hechos, especula con análisis forenses, mira fotos, intuye, vuelve a cotejar hechos, sueña y abre nuevas posibilidades en sus sueños. Se hace amigo de un experto policía retirado, Bill Stoner, que conoce como nadie las autopistas de Los Ángeles y sus pequeñas venas y capilares derivados, y emprende más de 30 años después del asesinato una nueva búsqueda. Más archivos, más fotos, más entrevistas con decenas, cientos de personas que de una forma u otra habían conocido o decían conocer a la Pelirroja. Desfilan los testigos, algunos con precisión en la observación; otros, con nubes mentales. Se abre una línea telefónica especialmente para quien tenga algún dato que aportar. Los chalados y las chaladas insisten (“¿Hola? Sí, mi padre es el asesino de su madre, también de la Dalia Negra y de JFK”).

    Stoner tiene una teoría:

    —La Pelirroja fue estrangulada por un asesino serial.

    Ellroy está de acuerdo. Pero lo que más desea, antes que dar con el culpable, es redimirse y revalorar la figura de una mujer que late con todas sus fuerzas en su interior.

    Tenemos claro una cosa: el trabajo de la Policía de Los Ángeles (DPLA) es agotador. Horas y horas de llamadas por teléfono, de citas, entrevistas y reconocimiento de sospechosos; anotar y tachar; largas esperas en la puerta de casas, almacenes, bares y restaurantes. Y la mayoría de las veces para nada, o para una pequeña información que conducirá a otra pequeña información o tal vez de nuevo al punto cero.

    Los interrogatorios son reconstruidos con la minucia de un expediente: ¿Qué recuerda de esa noche? ¿En qué coche iba la pareja? ¿Modelo? ¿Color? ¿Puede describir al hombre? Una historia policial de verdad, con nada de romanticismo, nada de belleza escenográfica, nada de glamour.

    Como a él le gusta decirlo y escribirlo, estirando la vocales, sus novelas son muy laaargas. Se agrupan en cuartetos de Los Ángeles (La Dalia Negra, El gran desierto, Los Ángeles confidencial, Jazz blanco) y en trilogías sobre el bajo mundo (América, Seis de los grandes, Sangre vagabunda), siempre ambientadas en momentos clave de la historia americana, como la muerte de JFK o el bombardeo a Pearl Harbor, tal el caso de Perfidia, su última novela traducida al español, con la voz de una mujer en primera persona.

    Pero también tiene relatos o historias verdaderas escritas a lo Ellroy, como en Ola de crímenes y Destino: la morgue (ver recuadro).

    Ahora el Perro Malo —que con sus 71 años se levanta a las cuatro de la mañana, pone Beethoven y escribe a mano— nos amenaza con This Storm, su nuevo y monumental aullido negro.

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