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Unos 130 vehículos siniestrados llenan un depósito de 2.500 metros cuadrados en el barrio Paso de la Arena. La mitad ya fueron rematados por el Banco de Seguros del Estado (BSE) luego de indemnizar a los titulares de las pólizas que tuvieron un accidente o denunciaron el robo de su auto. Son catalogados como “restos”, tienen vestigios de incendio, choques frontales y vuelcos escalofriantes. En varios vehículos las bolsas de airbags se activaron, los paragolpes están destartalados y las puertas y espolones arrugadas como si fueran de papel. La mayoría son modelos de no más de tres o cuatro años de antigüedad, aunque hay varios de 2018 y otros de los noventa. En esas o peores condiciones está otro centenar de autos y camionetas en el predio del edificio de reclamaciones vehiculares del BSE.
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Solo la aseguradora estatal realiza entre tres y cuatro subastas públicas al año, informó a Búsqueda Alvaro Motta, director de la División Reclamaciones. Pero, con el aumento del parque automotor, de los hurtos y la accidentalidad, también las compañías privadas deben gestionar los restos de los rodados siniestrados, un mercado en crecimiento. Según datos del BSE, 1.019 vehículos fueron a “restos” en 2017, 12% más que el año anterior. Entre enero-junio de 2018 van 670; si se mantiene el ritmo, en el año habría un aumento de 12%.
Es que, después de indemnizar al titular de la póliza, el auto sigue existiendo aunque no circule. Y con lo que queda del vehículo, hay particulares que hacen negocios rescatando valor de los fierros retorcidos o terminan transformados en metal que se reutiliza. Por su lado, con ese desenlace las compañías aseguradoras logran disminuir en algo sus costos.
Para el sector asegurador, la cartera automotriz arroja pérdidas, a pesar de que se comercializan más pólizas (Búsqueda Nº 1.980).
Al mejor postor
El remate es una de las modalidades utilizadas por las compañías para recuperar algo del costo siniestral. En el caso del BSE, la mitad de los restos se canaliza por esa vía y el resto se vende como chatarra si el coche ya no tiene valor de mercado suficiente para cubrir el gasto de escriturar y rematarlo.
En la subasta realizada el sábado 18 el BSE colocó al mejor postor 65 vehículos por US$ 251.200 en total (US$ 3.864 en promedio). El valor por el que indemnizó a los asegurados es variable y responde a una casuística difícil de englobar (puesto que el banco tiene una cartera bastante antigua), si bien un promedio podría rondar los US$ 6.000.
En general, los autos rematados son adquiridos por particulares para arreglarlos y volverlos a poner en marcha para ellos mismos, algún familiar o un tercero. También están los que los compran para comercializarlos por partes o para venderlos igual de rotos pero financiados, con lo cual logran una ganancia en el “pase de mano” por los intereses. “Es un mercado muy particular. Se trata de personas físicas que se dedican a sacar de esto algo más, en vez de picarlo, lo transforman y lo venden”, apuntó el gerente de división del BSE, Álvaro Mitrópulos.
La paradoja es que los vehículos que se rematan con todos los daños a la vista están en perfectas condiciones en cuanto a su documentación, explicaron las fuentes.
Como la aseguradora estatal pagó el valor del auto acordado con el cliente, lo escrituró a nombre del BSE, y cuando lo remata también sale a título de quien lo compró, además del seguro obligatorio al día. Así se busca prevenir un mercado negro, que en los hechos existe pero es difícil de comprobar. “Está el mito de ‘te vendo un auto roto y me hacen un mellizo con uno afanado’. Eso implicaría tener los papeles, limar el chasis, cambiar número de motor, etcétera. Eso se dice, pero hay que demostrarlo”, alegó Motta. Explicó que lo “más purista” para que eso no ocurra es mandarlo a romper, lo cual además ahorra la gestión de los restos.
El BSE retomó las subastas en 2014, luego de años de haber discontinuado la práctica.
El director ejecutivo de la Asociación de Empresas Aseguradoras, Mauricio Castellanos, dijo a Búsqueda que los privados también buscan reducir el costo de siniestros vendiendo los restos. Las compañías “valoran el costo y el tiempo” de arreglar el coche, “que quede bien y satisfacer al cliente”, dijo, pero cuando se trata de autos “muy nuevos” con daños como la activación de airbags, a veces no es conveniente arreglarlos por los altos costos de los repuestos y la mano de obra y optan por reponer el valor del bien “negociando” con el cliente.
Castellanos agregó que el sector “entiende los riesgos” de que los autos puedan volver al mercado de forma fraudulenta, tras comercializar los restos, pero se intenta que haya “criterios razonables para la venta”.
Desde el Departamento de Siniestros de Porto Seguro comentaron a Búsqueda que el tratamiento que les dan a los restos depende del estado del auto. “Algunos directamente se destruyen y otros, mientras estén en condiciones de reparar sin comprometer la seguridad vial, se venden mediante licitaciones públicas y abiertas”, dijeron. En 2017 esa compañía registró 1.372 siniestros solamente por robo.
Chatarra y repuestos
“Nuevo ingreso: Audi Q5 2.0 T, año 2017 con solo 7.000 kilómetros. Se vende todo por partes. Consulte”. La publicación está en el Facebook de un desarmadero de vehículos del barrio Cordón. Como esos, varios avisos de repuestos aparecen en una búsqueda rápida en Internet.
En enero-julio el BSE registró 1.813 hurtos de autos, camionetas y motos (2.617 en 2017).
Motta apuntó que si bien no hay un patrón que se cumpla en el tipo de vehículos robados, en general son de más de 15 años de antigüedad, por lo que podría presumirse que el destino es el mercado de repuestos.
Si las empresas optan por destruir la unidad siniestrada, Gerdau Laisa la acepta sin cubiertas ni batería (por seguridad) y paga $ 1 por kilo de chatarra, informaron fuentes de esa metalúrgica. El proceso básicamente pasa por picar los cerca de 300 kilos que pesa un vehículo estándar y quemar la chatarra en un horno donde se convertirá en varillas de hierro para la construcción.