• Cotizaciones
    martes 10 de marzo de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Baño privado

    Debo conseguir urgente un cajero automático. Por fin doy con un Banco República con el ansiado cajero afuera.

    El local tiene unas columnas en su exterior y huecos entre ellas. El arquitecto del edifico, en los 60, quiso ser vanguardista.

    Cincuenta años des­pués, los huecos que él pensó con una finalidad estética, hoy sirven a un ser humano para refugiarse en la fría noche, en posición fetal. Mi apuro y la oscuridad no me permiten ver si está tapado con cartones o trapos. Es solo una mancha oscura para los caminantes. Los conductores de los autos no lo ven.

    Frente a la puerta de vidrio, percibo antes de entrar que el mecanismo de seguridad por el que se acciona la puerta está roto. Cualquiera puede entrar mientras marco mi pin y hacerse mediante el terror con los restos de mi sueldo docente. Pese al temblor de la paranoia, entro.

    Un hedor insoportable me recibe.

    Coloco la tarjeta y marco el pin rápidamente, para huir de allí. Mientras la máquina piensa y me hace preguntas amables sobre la transacción que haré, echo una rápida ojeada para detectar el origen de la pestilencia que ya me da arcadas.

    Y he aquí que descubro, en una esquina del apretado recinto, un largo y flamante excremento humano. Atroz. Miro desesperada el dispensador: me está pidiendo ahora que vuelva a marcar el pin para concretar la extracción.

    Dilema existencial y visceral: cancelarlo todo y salir corriendo de la visión grotesca y de la peste que emana, o taparme nariz y boca y continuar intentando obtener 2.500 pesos.

    Opto por la opción dos, me lleno de coraje. Mientras la máquina truena (trrrrrrrr) mis ojos, involuntariamente, vuelven a mirar aquello, aquel resto humano, visceral, que está en el lugar equivocado en el momento equivocado. No pienso, siento: una persona estuvo allí mismo hincada con los pantalones bajos tal vez minutos antes de que yo entrara.

    Me voy con mi dinero y el estómago hecho trizas: afuera un hombre sonríe porque ya no tiene que esperar para entrar al cajero en la noche helada.

    Lo miro con desesperación: ¿no pensará que la autora del exabrupto social he sido yo? Entonces, exclamo, en un afán de solidaridad ante la desgracia: “¡Señor, alguien hizo caca acá dentro!”. El hombre me mira con gesto de incredulidad, pero debe creerme porque en pleno aire fresco de la noche yo sigo con la nariz y la boca tapadas. No obstante, el hombre entra con su tarjeta en mano. Quizás no pueda creer que huela tan mal.

    En el ómnibus, debo abrir las ventanas porque sigo mareada, sintiendo la pestilencia. Y pienso: El autor de “aquello” seguramente fue el hombre sin techo que estaba durmiendo entre las columnas.

    Inmediatamente, me gana el desconsuelo. Estamos en el tan alabado Uruguay de las estadísticas internacionales, en el siglo XXI, en un gobierno progresista con políticas sociales, refugios…

    Pero en mi ciudad hay gente que no solo no tiene techo, sino que no tiene un lugar para evacuar su cuerpo.

    Estoy muy deprimida. No había enfrentado algo así ni siquiera en la crisis de 2002.

    // Leer el objeto desde localStorage