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    Barolos y Salvos

    Acabo de retornar de Buenos Aires; fuimos tres generaciones a un reencuentro familiar. Hacía mucho que no la visitaba así: calles, afectos y recuerdos. Historias de inmigrantes. (Mis últimas visitas habían sido a agotadores congresos).

    Llegué un día después de asumir Macri. La ciudad estaba limpia, la mugre de la campaña electoral no es tan tóxica como la de Uruguay. Pero por todos lados se veían huellas del kirchnerismo, de sus años de trono y barra brava. Un ejemplo: la gigantesca imagen de Eva Perón en tubolux erigiéndose sobre una medianera en 9 de Julio, de noche enmarcada e n los colores de la bandera argentina. Personalismo. Divismo. Aprovechamiento de un ícono popular para homologarse con esa mujer de raíces bien distintas a los actuales poderosos. Luego, grafitis espontáneos muy porteños: a una vieja pintada oficialista “¡VAMO’ ARRIBA LA CÁMPORA!”, un desconocido la ha enmendado escribiendo arriba: “CAMPORONGA y CRETINA KIRCHNER”.

    Dualidad: por todos lados un afiche con la foto de un político que, Photoshop mediante, lo mostraba con dos bolsas de dinero hurtado bajo las axilas, al mejor estilo cómic. El cartel advertía que un ladrón se había venido a vivir a Buenos Aires. El político, Alperovich. La provincia asaltada, la pobrísima Tucumán. Pero también se veían por las avenidas banderas argentinas pegotineadas con la frase “¡GRACIAS, ALPEROVICH!”. Le pregunto a mi prima: “¿Quiénes le dan las gracias?”. Me contesta: “¡Él mismo!”.

    Y la ciudad, impactante como siempre para una uruguaya que se siente un proyecto transgénico de piojo y mosquito.

    Con 38 grados de calor y los pies hinchados, no ceso de caminar, de recorrer librerías, tiendas de discos de vinilo, museos, bodegones… En cada esquina mi padre nos espeta un recuerdo. Nunca sabremos si cometió un error recalando finalmente en Montevideo.

    En todo caso, me dedico de un modo bastante grueso a comparar. Decía Borges de Montevideo: “Eres el Buenos Aires que tuvimos, /el que con los años se alejó quietamente”.

    Y observo el Barolo. Es casi gemelo del Salvo, más pequeño. Está en perfectas condiciones de mantenimiento, una joya arquitectónica por fuera y por dentro. Nuestro Salvo se cae a pedazos. ¿Todo un símbolo?

    Permanezco cinco horas en el Museo de Bellas Artes, el antiguo edificio que gestionaba las aguas de la ciudad.

    Más que los Manet, Renoir, Picasso, Goya, Modigliani, Chagall, Rodin y Cándido López —que me dejaron el alma en vilo—, me perturba el hecho de que en mi país no haya un museo de verdad.

    Casi todos los museos orientales viven deterioro, dispersión y reclusión. Horarios mezquinos, mantenimiento penoso, sótanos con obra oculta que no se exhibe por razones misteriosas.

    Un allegado al Ministerio sentencia que no hay local propicio para instalar un gran museo nacional. Le cito el hermoso Banco República, reformado.

    “¡Los artistas uruguayos no lo quieren porque no fue construido para museo!”, me dice.

    No les viene bien nada. Ni siquiera reciclar AFE.

    ¡Andá a cantarle a Gardel!