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Cuando Fiódor Dostoievski escribió El idiota (Penguim Random House, 825 páginas, 2015) estaba huyendo de la Policía y de sus deudores. Sin dinero y enfermo de epilepsia, su espíritu siempre torturado se trasladó a la novela que estaba elaborando, considerada una de las más autobiográficas y destacadas de su producción. Originalmente se publicó por entregas, entre 1868 y 1869, en la revista El mensajero ruso, donde el autor colaboraba y recibía uno de sus pocos ingresos.
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El protagonista de la historia es Mishkin, un joven príncipe que, igual que su creador, padece de epilepsia y por ese motivo pasó su infancia en un sanatorio suizo. A sus 20 años regresa a San Petersburgo para cobrar una herencia y allí se reúne con unos parientes lejanos. Junto a ellos, y casi sin darse cuenta, queda involucrado en situaciones sórdidas que implican amor, desamor e incluso la muerte.
Con Mishkin, Dostoievski representó a un hombre moralmente bueno, que contrasta con la sociedad rusa de mediados del siglo XIX, egoísta y falsa. En ese contexto, Mishkin es honrado, desinteresado e ingenuo, a lo que se suma la debilidad física por su enfermedad. Para los demás es como un niño o “un idiota” a quien fácilmente se puede engañar, pero al mismo tiempo es un personaje-instrumento satírico que revela las perversiones sociales. Y sin piedad, Dostoievski lo deja caer allí, en medio de esa sociedad a la que retrata con agudeza y sin maquillaje.
El idiota es también una novela política que ironiza sobre la Rusia zarista y especialmente sobre su burocracia. “Dicen que existen tantas oficinas de gobierno, tantos burócratas, que sólo el pensarlo marea”, aparece en un pasaje de la novela. El propio escritor estuvo preso por integrar El Círculo, un grupo de intelectuales liberales acusados de calumniar al zar Nicolás.
Como en Crimen y castigo y como en El jugador, novelas antecesoras, en El idiota Dostoievski llega a las tinieblas, con la genialidad y elegancia de todo escritor clásico.