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“No hubo misa, salmos ni campanadas para el hombre acuchillado en el fondo del quilombo”, dice el narrador de esta historia al hablar de su tío Osvaldo, a quien encontraron una mañana asesinado de 17 puñaladas. Ese día, las mujeres del burdel amanecieron antes de lo acostumbrado y vieron con horror la sangre en la sábana que tapaba el cadáver, y en medio de ese ambiente de paredes descascaradas, mantel de hule y fotos de mujeres voluptuosas, comenzaron los sollozos y el ajetreo en la cocina, mientras sonaba de fondo Galaxia FM.
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Así comienza El fondo del quilombo (Estuario, 2019, 213 páginas), de Martín Bentancor, una novela en apariencia policial, aunque en realidad en su trama no importa ni la investigación ni los motivos del asesinato, sino la vida accidentada y con ribetes surrealistas de un burdel de la Tercera Sección del departamento de Canelones. Justamente en esa zona rural del departamento nació Bentancor en 1979, quien ha retratado en sus historias ( La lluvia sobre el mudalar, 2017) la vida de los lugareños, esos seres que viven entre la orilla del pueblo y el campo.
Primero fue una carreta colorada que conducía un hombre de revólver en el cinto y cicatriz en la cara, y viajaba acompañado por dos prostitutas. Eso fue a comienzos de 1900. Después ese burdel rodante, que literalmente enloqueció al párroco de la Tercera Sección, tuvo un triste final y con los años dio paso al Rancho Alegre, que fue también “pista de baile y agencia de timbas” y lugar de otras tragedias. Hasta que llegó el tío Osvaldo a refundar el quilombo con la Whiskería Ramsés, junto a Teresa (delgada y muy alta) y Edelma (baja y rechoncha).
Bentancor —que recibió el Premio Narradores de la Banda Oriental en 2013 por Muerte y vida del sargento poeta, y el Premio Nacional de Literatura por El inglés (2015)— relata con gran pericia cien años de historia protagonizada por un burdel, y lo hace con varias voces y registros: con las cartas que el párroco le envía al obispo de Guadalupe o las que escribe una maestra pacata, o las que llegan a La voz de Guadalupe, el diario que retrata a un pueblo. Todo está condimentado con poemas, canciones y humor, además de un manejo cinematográfico de las imágenes. El burdel, con sus tragedias y metamorfosis, por fin está de fiesta.