Qué decir de lo que posiblemente sea la gran novela americana y una de las mejores de toda la literatura, que comienza con la etimología de la palabra ballena en varios idiomas (hebreo, griego, latín, inglés, español…), con citas bíblicas (“Y Dios creó grandes ballenas”), de Plinio, de Rabelais y de Hamlet, de historiadores, viajeros y marinos. Que la historia en cuestión, la de una enorme ballena blanca y un capitán obsesionado por atraparla, es relatada por un marinero, el único sobreviviente del Pequod, que en su loca travesía también pasó por las costas del Río de la Plata. Que esta densa (en el mejor de los sentidos), épica y mitológica aventura dispara datos de las ballenas (tamaño, peso, cuántos ejemplares en promedio caza un ballenero y cuántas toneladas de aceite obtiene), al mismo tiempo que habla de aguas insondables, de los secretos del mar, de las costumbres y supersticiones de los marineros, y en especial de Moby Dick, prefigurada por una leyenda maldita y en términos concretos para los balleneros, por las gaviotas que revolotean ante su inminente aparición. Que es la historia de una obsesión: la de un hombre que desea vengarse ante Dios y a él le echa la culpa. Que en esa imposible cacería de páginas maravillosas, de viento en la cubierta y olor a salitre, el lector sentirá la hipnosis de Herman Melville (Nueva York, 1819-1891, también con experiencia como ballenero). Que la presente edición de Moby Dick (Penguin Clásico, casi 700 páginas) tiene ilustraciones al final (equipamiento de los balleneros, tipos de arpones, ruta del Pequod) y una introducción de Andrew Delbanco, especialista en Melville, y nos demuestra una vez más —lo dijo Borges— que el blanco también puede ser un color infernal.


