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    Boca abierta y lengua afuera

    Kiss dio cátedra de rock en el Parque Central y Voca People se comió el Sodre

    El sábado 18 fue un día intenso para la música en vivo en Montevideo. De esas fechas en que los indecisos sufren porque hay demasiado para ver. Una noche agitada dentro de un mes en que las propuestas musicales al aire libre se superponen y llevan el mercado al límite. Y mientras algunos gozan a pleno frente a su espejo, otros mastican la bronca del fracaso económico.

    Mientras que en el Velódromo el Cuarteto de Nos congregaba a diez mil personas, mayormente parejas jóvenes con hijos pequeños —la tercera generación de seguidores de la histórica banda—, en la explanada municipal Ana Prada cantaba a carpa llena; en la Plaza Seregni miles de ciclistas festejaban su día con un concierto a pedal; en el Palacio Peñarol Daddy Brieva hacía reír a tres mil personas; en la Ciudad Vieja se inauguraba El Bajo (siete casonas coloniales restauradas y con fiesta electrónica) y en el Sodre el octeto vocal israelí Voca People completaba cuatro funciones de un show que repasó gran parte de la historia de la música, desde Bach a Bruno Mars y el coreano Psy, pasando por Beethoven, Mozart, los Beatles, Queen y las más famosas bandas sonoras cinematográficas. Todo con sus prodigiosas cuerdas vocales: canto, arreglos y percusión. Fue tan deslumbrante desde lo técnico como simplón y hasta soso en lo relativo a la comedia, pero es cierto que en ese formato de casino que no deja afuera a niños ni adultos mayores, y sin pretensiones discursivas ni simbolismos complejos, radica la clave del éxito de este grupo aclamado en todo el planeta.

    El plato fuerte, por la trascendencia de los protagonistas, estuvo en el Gran Parque Central, donde la banda norteamericana de glam rock Kiss —por primera vez en Montevideo, en su gira 40º aniversario— desplegó un show impecable, que exhibió las mejores joyas de su repertorio: Detroit City Rock, Creatures of the Night, Psycho Circus, Calling Dr. Love, God of Thunder, Black Diamond, y la trilogía inoxidable Shout It Out Loud, I Was Made for Loving You y Rock and Roll All Nite. Con los veteranos Gene Simmons (65) y Paul Stanley (63) al frente, el cuarteto formado en Nueva York —completado por el baterista Eric Singer (56) y el guitarrista Tommy Thayer (54)— demostró en cada uno de los 17 temas, por qué son uno de los pioneros del rock de estadios. Conscientes de sus limitaciones —Kiss no es una de las influencias clave desde lo estrictamente musical—, los viejos neoyorquinos hicieron gala de mil recursos visuales para adornar los temas con luminarias, láseres, flashes, fuegos, bombas de estruendo, chispazos y toda la pirotecnia disponible, además de sus trajes galácticos, sus guitarras espejadas y bajos con forma de hacha, sus caras pintadas, lengua larga, sangre falsa y el certero aporte de las pantallas gigantes. Están en buena forma vocal, tocan como hace 30 años, y mantienen una buena condición física como para ser izados por arneses hasta el techo del escenario (Simmons en God of Thunder) o para volar sobre el público en una tirolesa de acero hasta una plataforma en lo alto del mangrullo, en el medio de la cancha (Stanley en Love Gun). Pusieron todos los condimentos en la olla y ostentaron un magistral manejo de los tiempos, en un show muy bien guionado, sin nada librado al azar.

    En el rock de estadios la banda propone y el público completa el espectáculo. Y lo que faltó aquí para redondear la fiesta fue más gente. Unos seis mil quinientos espectadores repartidos en un estadio para 25.000 generan una sensación de frialdad que conspira contra un buen clima rockero. No es que el público no haya respondido a las constantes arengas de los oficiosos maestros de ceremonias que son Simmons y Stanley, sino que los espectadores estaban demasiado separados por las vallas, esparcidos en corrales semillenos (y semivacíos). Es inevitable la comparación con este tipo de shows en Buenos Aires, cuyo público es el campeón mundial de audiencias de rock, pero también es cierto que frente a las 28.000 personas que fueron a Vélez, resulta coherente la cifra congregada en La Blanqueada. Somos pocos, pero buenos. Buenos, pero pocos.

    En aras de proteger el mercado local para este tipo de shows sumamente riesgosos en lo económico —los promotores por lo general contratan a ciegas y pagan por adelantado—, sería bueno que existiese algún mecanismo de coordinación entre los productores para evitar que se superpongan eventos masivos, como sucedió el sábado 18.