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A quien ya vio las creaciones de Daniele Finzi Pasca montadas en Montevideo en los últimos años, esta superproducción del Cirque Du Soleil en cartel en Buenos Aires seguramente resulta una especie de déjà-vu. Vistoso, agradable, llevadero y por momentos impactante. Pero déjà-vu al fin. El universo del clown, la poesía de los sueños, imágenes deslumbrantes que juegan con el mundo inconsciente, como la fascinante irrupción de un equilibrista boca abajo, sutiles y bien dosificados toques de absurdo, y dosis adecuadas de humor inocentón. Todo muy bonito, todo ya visto en “Ícaro”, “Rain”, “Donka” y “La Verità”.
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Da la sensación de que Finzi tuvo que negociar bastante con Guy Laliberté, fundador y director de la mayor multinacional circense. Las escenas netamente finzipasquianas que recrean la evocación de este payaso de su propio cortejo fúnebre, quedan notoriamente divorciadas de los pasajes de circo puro, que obligatoriamente deben estar en todo show del CDS. Por más que Finzi cuelgue angelitos por sobre el virtuoso elenco acrobático, no hay en Corteo una fusión armónica de ambas estéticas.
Como es natural, el espectáculo entrega los habituales —y no por eso menos increíbles— momentos de asombro por las proezas que estos tipos resuelven como un mono pela una banana. Y por supuesto que quien asiste por primera vez a un show de este rango resulta deslumbrado. Pero, ante la inminente visita de “Donka” (ver recuadro en esta página), ni lo piense y ahorre dinero: vaya al Auditorio.