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    Cambalachismo

    En 1900 nacieron “Ariel” (que generó en toda América Latina una nueva especie: los arielitos) y Carlos Quijano, legendario periodista, político y ensayista uruguayo. El mismo año que murió Rodó (1917), Quijano creó el Centro Ariel y lanzó la revista del mismo nombre. Ya por entonces, Ariel se había convertido en el libro de cabecera del joven intelectual uruguayo.

    Según sus propias declaraciones de 1924, estando en París, Quijano descubrió a Marx y a partir de ese momento nunca lo abandonó. El resultado de esa combinación de ideas (Ariel siguió siendo para él una Biblia) fue una fecunda actividad literaria, periodística y política. No en vano se le nombró el tercer mayor pensador nacional del siglo XX, luego de Rodó y Vaz Ferreira.

    En 1927, Quijano publicó “Nicaragua”, un ensayo sobre el imperialismo de los Estados Unidos y apostó por una carrera parlamentaria, siendo elegido diputado en 1929 por la divisa blanca del Nacionalismo Independiente. En 1939, como etapa superior en su vida, Quijano fundó “Marcha”, semanario legendario y principal vivero ideológico en la historia intelectual rioplatense. Paradójicamente, hasta 1958, es decir a 34 años de la conversión de Quijano al marxismo, su semanario “Marcha” circuló en la esfera del Partido Nacional.

    Blanco radicalizado —como luego lo serían Enrique Erro (“jefe político de los Tupamaros”), Alberto Methol Ferré, Mujica, Almagro y otros—, Quijano adoptó temprano una postura latinoamericanista y antiimperialista con claros tonos socializantes. El antiimperialismo, según dijo temprano, “es el socialismo de los subdesarrollados”. Por eso, concluiría años más tarde, “la integración sólo podría ser antiimperialista”.

    Al desaparecer de la escena regional Francia e Inglaterra, luego del desgaste sufrido en la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos pasaron a monopolizar el rol del Imperio del Mal. Los muros latinoamericanos se llenaron de Yankis go home. Sin embargo, el antiestadounidismo que creció en la estela de Groussac, Darío y Rodó se hizo claramente menos aristocrático y más proletario. La crítica al materialismo, al utilitarismo, al consumismo y a la falta de vocación humanística firmada por esos tres “próceres”, se mezcló con la condena al capitalismo, al imperialismo y al sistema de explotación que Estados Unidos, potencia planetaria, representaba más y mejor que nadie. Desapareció, en ese lavado de cara, el anterior desprecio al igualitarismo social, al pueblo omnipresente y al “ruido de urnas electorales” propios de la sociedad norteamericana, que tanto había indignado a las plumas citadas.

    El latinoamericanismo, como sinónimo de antiestadounidismo, fue definido por Quijano en una conferencia de solidaridad con México realizada en París en 1928 de la siguiente manera: se trataba de “un sistema y una doctrina económica; o mejor dicho, una forma o aplicación de una doctrina que nos permita estudiar y resolver con espíritu científico, los problemas particulares y los que son generales al continente. El imperialismo yanqui es una cuestión económica, un sistema económico; el latinoamericanismo debe serlo también, pero un sistema opuesto al yanqui”.

    Sumándose a las filas de los precursores de la unión latinoamerican, Quijano agregó: “En el pueblo está nuestra salud y es un deber colaborar a su redención. Ese es el único patriotismo verdadero, patriotismo continental que rebasa los límites de la patria chica. Orientación económica anticapitalista; patriotismo continental, he ahí nuestras palabras de orden”.

    De regreso en Montevideo, Quijano fundó, en 1928, la Agrupación Nacionalista Demócrata Social. En la declaración constitutiva de la misma, escribió: “Un grave peligro amenaza a estas repúblicas del Nuevo Mundo. El capitalismo moderno se ha hecho netamente imperialista. No es el suyo un imperialismo idéntico al antiguo, conquistador de tierras simplemente, sino un imperialismo económico que deja a los pueblos más débiles una apariencia de libertad y de gobierno propio, y los va vaciando de sus riquezas para provecho de una oligarquía de grandes financieros internacionales”.

    Dentro de esa perspectiva, “ningún capitalismo (es) más imperialista en la actualidad que el de Estados Unidos. Es además, por razones geográficas, el único que verdaderamente hoy hace peligrar la independencia de estos pueblos de América Latina. Más que peligrar: una gran parte de nuestro continente está en sus manos”.

    Como conclusión lógica de este planteo, la lucha de los pueblos latinoamericanos se debía concentrar contra Estados Unidos, como ya lo había previsto Bolívar y como ya lo había formulado el autor de “Ariel”, apelando a elementos de la mitología griega, la filosofía francesa y la literatura inglesa. Uno de los militantes que la Agrupación Nacionalista Demócrata Social, blanca y marxista llegó a tener se llamaba Wilson Ferreira Aldunate.

    Los norteamericanos seguían pues siendo “una raza inferior”, deshumanizada, tal como lo habían esclarecido Groussac, Darío y Rodó. Pero a esas características de inferioridad humana se le sumaban ahora las veleidades de superioridad económica y militar. En esas aguas cambalachescas chapuzaban restos de naufragios ideológicos con naves recientemente botadas. Una de estas fue el neopopulismo, cuya mejor expresión se dio en el peronismo.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor