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    Cárceles prohíben a las mujeres que visitan presos usar shorts, escotes o pantalones ajustados para “evitar conflictos entre varones”

    En su último informe sobre la situación carcelaria, el comisionado penitenciario, Juan Miguel Petit, cuestionó que esa medida “culpabiliza a la mujer por su forma de vestir y no al varón por su forma de comportarse”

    Las cárceles tienen rostro de hombre. Las mujeres son menos del 10% de los cerca de 11.000 reclusos que acumula el sistema carcelario. Esto lleva a que la situación de las presas esté condicionada por sus pares masculinos. En lugar de diseñarse cárceles contemplando las particularidades de la población femenina, en general se acondicionan módulos que antes fueron para hombres. O se aplican medidas que priorizan evitar conflictos entre los varones antes que garantizar la libertad de las mujeres.

    En algunas cárceles mixtas “se procura que a la hora de patio de los varones las internas se encuentren encerradas ya que pueden generarse vínculos que deriven luego en fricciones entre varones”, señala el comisionado parlamentario para el sistema penitenciario, Juan Miguel Petit, en su último informe sobre la situación carcelaria de 2019.

    Esa medida, continúa el comisionado en su análisis, repercute en que las mujeres tengan un mayor encierro y sean excluidas de tareas al aire libre como los trabajos de chacra e incluso de cocina, ya que quedan relegadas a las tareas de limpieza y alimentación en su propio pabellón.

    Otro ejemplo de un abordaje que prioriza el enfoque sobre lo masculino son las reglas que se imponen a la vestimenta de las mujeres cuando visitan cárceles de varones o mixtas. “Se prohíbe el uso de pantalones ajustados y de colores claros, polleras, shorts, zapatos con tacos o plataformas, escotes o musculosas o ropa que pueda ser transparente como forma de evitar conflictos entre varones”, indica Petit en su informe, que presentó días atrás a los legisladores y al cual accedió Búsqueda.

    “Las instituciones penitenciarias —reflejando a su manera lo que también ocurre en otros ámbitos de la sociedad— no trabajan sobre la mirada del varón hacia el cuerpo de la mujer, sino que se evita que la mire tapándola o evitando que se muestre. Esto, de alguna forma, culpabiliza a la mujer por su forma de vestir y no al varón por su forma de comportarse”, agrega.

    Para Petit “la violencia o discriminación contra la mujer todavía contamina las relaciones sociales y la misma también se constata tanto en el cotidiano de la privación de libertad como en la estructura física y normativa que la contiene”. En la cárcel incluso “pueden potenciarse”, según el comisionado, “si el sistema no intenta visualizarlo y corregirlo proactivamente”.

    Las condiciones

    Es lógico que los presos hombres tengan mayor visibilidad que las mujeres. En el sistema penitenciario hay 10.907 reclusos y 628 presas. Sin embargo, la prisioneras enfrentan las mismas carencias y obstáculos para la reinserción social que los varones.

    Las cárceles donde pasan sus días las reclusas, al igual que sucede con los hombres, pueden ser lugares que faciliten una posterior reinserción o que la hagan más difícil, por sus condiciones inhumanas. Por ejemplo, dos módulos de la unidad 5, la unidad 9 para mujeres con hijos y la unidad 26 de Tacuarembó están catalogadas como espacios con “oportunidades de integración social”. Sin embargo, en varios sectores de la unidad 24 de Soriano existe “trato cruel, inhumano o degradante”. Y otros módulos de la unidad 5 tienen mejores condiciones pero siguen siendo “insuficientes” para lograr la integración social.

    Son pocos los centros penitenciarios —unidades 5 y 13— que cuentan con más de un área para distribuir a las mujeres, ya que el resto de las unidades poseen uno o a lo sumo dos sectores para alojamiento. Esto anula, según Petit, la progresividad, porque no sienten que avanzan y eso se convierte en “un factor de desmotivación”.

    Además, se agrava en momentos de conflicto, ya que si hay problemas de convivencia entre internas la única alternativa es trasladarlas a otro centro. Eso genera ocasiona problemas. Por un lado, no hay cárceles en todos los departamentos. Y por otro, “es un castigo adicional para los más pobres” porque “sus familias no tienen la posibilidad de viajar a otros departamento a visitarlas”, dejando a las internas que son madres aún más alejadas de sus hijos.

    Madres con hijos

    El año pasado las cárceles albergaron un promedio de 41 niños y niñas que acompañaron a sus madres mientras cumplían condena. Los desafíos para esos pequeños son enormes: condiciones de vida en encierro, trato recibido por el personal, falta de vínculo exterior, acceso a la educación, entre otros. Y si bien la unidad 9 está especializada en madres con hijos, solo la mitad se hospedó allí. El resto lo hizo en cárceles repartidas en todo el país.

    Otra situación de particular atención es el caso de las reclusas embarazadas, que en 2019 fueron un promedio de nueve cada mes. Ante este escenario Petit plantea que en todos los centros deberían existir espacios reservados para ellas. Y pide para las mujeres privadas de libertad con hijos “una atención especializada” con una política específica.

    “Lo que se requiere no es adecuar un alojamiento momentáneo o adaptar lo existente para contener la situación”. Se necesita, según el comisionado, un Programa para Mujeres con Hijos de alcance nacional que “evite la institucionalización de menores de edad a partir de la aplicación de prisión domiciliaria” y cuando no sea posible “dar asistencia en unidades pequeñas, personalizadas, con el clima comunitario de un hogar de amparo”.

    Recuadro de la nota

    El camino de Estados Unidos

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