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Dentro del amplio espectro de los directores de cine se encuentran los artistas, los que tienen una habilidad probada para desarrollar el trabajo y los funcionarios que resuelven las tareas mecánicamente y son intercambiables. Es cierto que el británico Alan Parker, fallecido en Londres el viernes 31 a los 76 años, no está en el muy reducido grupo de los primeros, pero tenía un sobrado oficio en el campo cinematográfico. Por lo general el oficio es capaz de llegar a un público muchísimo más amplio que el de la obra de arte. Y esto es una enorme virtud. Parker tuvo una audiencia mayor que la de Ingmar Bergman, Akira Kurosawa, Robert Bresson y Satyajit Ray… juntos. El británico, además, logró lo que pocos cineastas consiguen, incluso aquellos que son indiscutidos artistas: tener en su filmografía películas emblemáticas, de alto impacto para la cultura audiovisual de una generación y que serán recordadas a pesar del paso del tiempo.
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Tal vez The Wall (1982) no destaque en la historia del cine como una obra maestra, pero sí es seguro que lo hará como un mojón cultural y musical para un enorme sector del público que siempre volverá a ver la película agradecido. Tampoco las obras maestras necesariamente alcanzan un reconocimiento universal. The Wall, con música de Pink Floyd y envolventes escenas de animación, ha dejado un remanente como Woodstock. A nadie se le ocurre discutir si Woodstock es o no una pieza magistral del documental. Está allí y nadie la mueve, igual que The Wall, con esas imágenes y esa música que no han perdido al día de hoy, casi 40 años después, un ápice de su emoción.
Un par de años antes había rodado Fama (1980), sobre un grupo de jóvenes que dejan la vida por la creación en materia de música y danza, ambientes por los que Parker siempre sintió atracción y donde se movió con comodidad. Su primer llamado de atención fue como guionista de Melody (1971, con música de los Bee Gees), otra acertada película pop sobre el romance de dos niños. Luego debutó en el largometraje con un curioso musical donde los gánsteres eran niños y las ametralladoras disparaban balas de crema: Bugsy Malone (1976), que tenía a Jodie Foster en un papel bastante menos sórdido que el de Taxi Driver. Debe ser el caso único de un cineasta que fundó un género y lo cerró él mismo: el musical infantogansteril.
A veces las películas no salen bien y únicamente son un vehículo para los actores. Así ocurrió con Evita (1996), de la cual se recordará por estas latitudes el fastidio de las tribus peronistas, que no estuvieron de acuerdo con el tratamiento que Parker hacía de Eva Duarte y del general Juan Domingo Perón. Sin embargo, no debe haber nadie que pueda encarnar mejor a la primera dama de los descamisados que Madonna, y en especial acertar en el punto G con su tremenda versión de Don’t Cry for Me Argentina, canción que pertenece al musical de Andrew Lloyd Weber. Hagan la prueba: pongan y saquen actrices y cantantes argentinas o de donde sea, ensayen lo que quieran. Así como Sean Connery será siempre James Bond, no habrá mejor Evita que Madonna. El Che Guevara de Antonio Banderas, el Perón de Jonathan Pryce, Alan Parker incluido y la película misma, todo queda en segundo plano al lado de la fuerza natural y sin estridencias de Madonna. Pero bueno, que Madonna esté allí es mérito de Parker.
Siempre inquieto y ecléctico, también irregular (en dramas y comedias no era tan eficaz), es responsable de dos estupendos policiales: Corazón satánico (1987) y Mississippi en llamas (1988), ambos ambientados en el sur de los Estados Unidos, en el primer caso con un tratamiento fáustico para encarar el tema del otro y en el segundo denunciando el crónico racismo que azota a esa zona y a gran parte de los Estados Unidos. Se mantienen imperecederas algunas imágenes, como el ascensor que desciende hacia los infiernos comandados por Robert De Niro o la estampa de Mickey Rourke con las ropas ensangrentadas y el cigarrillo apretado entre los labios mientras maniobra naturalmente las tripas de un cadáver en Corazón satánico, una película oculta en la filmografía parkeriana. El director, siempre atento al mejor efecto, pidió un corazón humano real, verdadero. Cuando se lo trajeron quedó decepcionado: la realidad era menos intensa visualmente que la imaginación. Resultado: filmaron el corazón de un ternero.
Más recordada y con un elenco multiestelar (Gene Hackman, Willem Dafoe, Frances McDormand, Brad Dourif, Michael Rooker, Stephen Tobolowsky) resultó Mississippi en llamas, que tuvo cantidad de nominaciones (incluida película, dirección y actores para Hackman y McDormand), pero solo se llevó el Oscar a la Mejor fotografía, responsabilidad del galés Peter Biziou. Es difícil olvidar las actuaciones y la meticulosa y obsesiva búsqueda de los cuerpos de los activistas civiles desaparecidos por los campos, las ciénagas y los pantanos, con los funcionarios del FBI de riguroso traje y corbata negros y metidos hasta el barro sin perder la compostura. Una perla aparte es la secuencia en la barbería, donde el gran Gene Hackman le pega una rasuradita y lo hace girar en la silla a un odioso Dourif, que no se la ve venir. Violenta y políticamente incorrecta, esta película hoy tiene más vigencia que nunca.
Expreso de medianoche (1978), el segundo largometraje de Parker, aún conserva su energía. El personaje que interpreta Brad Davis, un muchacho que intenta contrabandear un alijo de hachís en su cuerpo y es detenido en el aeropuerto y después sometido a brutales torturas en una cárcel turca, está basado en un caso real ocurrido en 1970. El encierro en una mazmorra y el más siniestro tratamiento de la policía con los presos generaron duras críticas de las autoridades gubernamentales a Parker y le prohibieron la exhibición de la película en Turquía. Hay una estupenda persecución por las estrechas calles y los atiborrados bazares de Estambul y una gran actuación de John Hurt. Con muchos efectos y alejada de sutilezas, igualmente es otra realización que se gana un lugar y queda clavada en la pared de las películas removedoras. De seis nominaciones se llevó dos estatuillas: Mejor guion adaptado para Oliver Stone y Mejor música para Giorgio Moroder.
Birdy (1984), que relataba la historia de dos amigos interpretados en aquel entonces por los desconocidos Matthew Modine y Nicolas Cage, fue Gran Premio del Jurado en Cannes, el principal galardón en la carrera de Parker. Es su visión de la guerra de Vietnam y la locura consecuente, y puede integrar con decoro la extensa lista de películas antibélicas.
Destacado en el ámbito de la publicidad, donde hizo sus primeras armas —y en especial como redactor—, Parker fue el fiel representante de un cine más vistoso que artístico e intelectual, más atractivo que reflexivo y casi siempre sólidamente confeccionado. Para nosotros, los cinéfilos, alcanza y sobra.