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El cambio de década de los 60 a los 70 vio varias revoluciones en el mundo del cine. Las más visibles fueron los surgimientos correlativos, no relacionados, del porno y el gore (sangre, tripas, desmembramientos, esas cosas), que comenzaron una movida en la industria de películas que mostraban lo que antes era impensable mostrar. El gore pronto se enredó con la producción mainstream, el porno desarrolló sus propios caminos, aunque en un momento pareció que también podría saltar la brecha y volverse un tópico hollywoodense más. No pasó, pero faltó poco. Al día de hoy ambos prosperan. El gore es casi una sinécdoque, ya que prácticamente toda película de terror es gore o incluye elementos gore. El porno armó sus propios circuitos y fue acompañando los cambios técnicos, desde el VHS a Internet. Lo que ambos comparten es que se ven limitados por sus propias esencias. Década tras década, ambos muestran lo mismo, basado en lo mismo, aunque de apariencia novedosa. Así como hay un número finito de permutaciones sexuales posibles, también hay un número finito de partes corporales que puedan extirparse. Llegado a ese límite, la única solución es aplicar mejoras técnicas (en el caso del gore) o narrativas (en el caso del porno, por raro que suene) para mantener el interés del encallecido espectador. Y este constante falso redoble tiene como consecuencia que lo visto anteayer, más que anticuado, hoy parece perimido y ridículo. Ver porno o gore de los primeros años, salvo para espectadores muy pacatos y ajenos, es una experiencia hilarante. Nadie, o casi nadie, se sentiría hoy interpelado por efectos especiales de costo cero y sangre falsa casera, o por sementales de mostacho y música aberrante.?No fueron esas las únicas revoluciones de la época. Pocas mantienen su vigencia, y las de shock values no provocan ni la sombra de lo que provocaron en su estreno. Salvo las películas de John Waters, el papa del trash.
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Baltimore a fines de los 60 no era un lugar particularmente fermental. Y sin embargo uno de los hijos más reconocidos de la ciudad (el principal fue Edgar Allan Poe) se las ingenió para crear una obra que al día de hoy sigue funcionando tan bien como entonces. Si se habla de una película que pretende impresionar a su audiencia, asquearla, incomodarla y en definitiva lograr que la mitad de la sala se vacíe antes del final, poco se puede hacer para superar una escena en la que un travesti de 120 kilos come caca de perro fresca, recién producida. En un solo plano, sin cortes ni trucos. Así termina Pink Flamingos (1971), la más afamada película de John Waters. No hace falta decir que sus películas no son para todos los gustos. En los 70 filmó lo que se conoce como Trilogía del trash (que le ganaron el apodo de papa del mismo género), compuesta por, además de la mencionada, Female Trouble (1974) y Desperate Living (1977). Las reglas del juego eran impactar y ofender al público todo lo posible. Para lograrlo se rodeó de un grupo de inadaptados de calibre similar al suyo a los que llamó Dreamlanders, entre los que destacaba su estrella principal, el travesti, o más precisamente drag queen, conocido como Divine. Fuera de su actividad artística se llamaba Harris Glenn Milstead, desarrolló una carrera propia como performer, cantante, actriz y también actor. No solo tuvo papeles en películas de Waters, al momento de su muerte, en 1988, estaba en Hollywood a punto de filmar una aparición especial en la serie Casado con hijos(Married… With Childern) como el tío Otto. Tenía 42 años, y la revista People lo designó “la drag queen del siglo”. La popularidad de Divine corría parejo a la de Waters. Solo en los 70 alguien que filmara obras como las suyas pudo pegar el salto al mainstream. Ya en los 80 sus películas, aunque igual de irreverentes, se volvieron menos salvajes. Las deposiciones caninas y otros elementos inolvidables (por jocosos o por traumáticos, dependiendo de la sensibilidad del espectador) fueron reemplazados por apuntes sociales igual de feroces y disparatados, que apuntaban a lo mismo: la glorificación del freak, del distinto, del marginal. Hairspray de 1988 fue su último film con Divine. Se trata de una comedia ambientada en los 60 donde Tracy Turnblad (Ricky Lake), una joven energética y con sobrepeso, se impone a los prejuicios de un programa televisivo de baile en vivo. Fue tan popular y de culto que la adaptaron en Broadway en 2002 (ganó ocho premios Tony) y la reversionaron en el cine en 2007. El papel original de Divine como la madre de Tracy lo interpretó John Travolta. En la misma línea, Cry-Baby (1990) es también una comedia musical, ambientada en los 50, donde se enfrentan squares (chetos, se les diría hoy por acá) con freaks. El personaje central lo interpreta Johnny Depp en su primer papel protagónico.?Waters filmó cuatro películas más, ya dentro de Hollywood y con posibilidad de dirigir a estrellas como Kathleen Turner o Melanie Griffth. Y ahí, de golpe y porrazo, su carrera cinematográfica se detuvo. Los motivos son bastante abstractos, casi incomprensibles. Sus atrocidades iniciales no le impidieron ir ganando popularidad en plena era Reagan y prosperar en lo que quedaba del siglo XX. Sin embargo, a principios del XXI ya no hubo más lugar para él. En varios de sus libros (tiene unos cuantos) analiza su propia carrera y disecciona, sin un gramo de rencor o mala entraña, su salida de Hollywood: básicamente, cayó por el margen.?Además de socarrón y provocador, Waters es dueño de una lucidez e inteligencia notables. El “apóstol de la basura” es dueño de un gusto exquisito, que transforma su adoración por lo más marginal y despreciable de la cultura popular en una acción artística en sí misma. Sus libros están repletos de observaciones ajustadísimas sobre el cine, la cultura popular, la sociedad estadounidense, el arte marginal y la comunidad gay, de la que es orgulloso miembro, defensor y crítico cuando le parece. No es nada exagerado decir que, a pesar de su sentido del humor retorcido y tirando a grotesco y de su eterno bigotito (pintado con delineador de ojos), Waters es una de las figuras más lúcidas del panorama artístico estadounidense actual.
Que no le hayan dejado filmar más películas no le impidió seguir creando. Saliendo de su línea de textos satíricos o de non-fiction publicó en 2022 su primera novela, Mentirosa (Caja Negra, 2023). El libro es cien por ciento Waters, alocado, irreverente, descacharrante para el que le siga el sentido del humor. Un nexo directo con sus primeras películas, que si a algo recuerda es a novelas como La conjura de los necios o a las historias lisérgicas de Richard Brautigan, pero sin ningún filtro, contención o deuda con la verosimilitud. El relato sigue a Marsha Sprinkle, una estafadora, ladrona de valijas y mentirosa compulsiva que, cuando un asunto aeroportuario termina mal, abandona a su socio Daryl y huye. Primero, roba todo el dinero de su hija Poppy, a la que odia (en realidad odia a todo el mundo, pero más a Poppy por haberle estropeado su canal de parto luego de haber sido concebida en circunstancias muy curiosas). Poppy es la líder de una secta de fanáticos de los saltos en cama elástica, y con sus acólitos (freaks todos ellos, claro) salen rebotando en su persecución. Pronto se les une Daryl, igual de furioso con Marsha y cuyo pene, luego de una serie de desafortunados y dolorosos incidentes, cobra conciencia propia y la capacidad de hablar. Marsha va a robarle a su madre Adora, a quien odia tanto como a Poppy, una cirujana plástica clandestina de mascotas, cuya perra Sorpreza recibió tantas cirugías innecesarias que ahora se autopercibe gato. Ambas se suman a los perseguidores. Marsha se dirige a vengarse de su ex marido, el padre de Poppy. La conflagración final se produce en una ciudad vacacional (Provincetown, donde veranea Waters) en medio de una colorida y bulliciosa convención mundial de fanáticos del anilingus. Claro que antes de la confrontación hay incontables eventos grotescos y delirantes, durante los cuales los protagonistas y una serie de secundarios descangallados se cruzan y entrecruzan, con la ausencia de lógica y el abandono gozoso de un corto de Los tres chiflados. Mentirosa es tan reconocible obra de Waters como sus primeras películas. La industria del cine lo habrá abandonado, pero él no renunció a ninguno de sus disparatados y mordaces principios. Y al parecer la resistencia dio sus frutos. La productora Village Roadshow adquirió los derechos de la novela y acordó con Waters para que escriba el guion y dirija la película. A dos décadas de su último rodaje el mundo siguió girando, los misteriosos engranajes de la industria volvieron a cambiar de posición y una nueva oportunidad se le abre al papa del trash para seguir shockeando y divirtiendo a aquellos que tengan el temperamento adecuado. Porque 50 años después de su debut ya es hora de reconocer que Waters no es un simple provocador, sino un verdadero vanguardista. Durante los 70 y los 80 una de sus obsesiones fueron los crímenes famosos, desde los del Clan Manson hasta el secuestro de la heredera Patty Hearst (quien luego se unió a los Dreamlanders). Su afición le trajo inconvenientes en los 90, y hasta debió retractarse de algunas declaraciones y artículos. Hoy se puede imaginar a su falso bigotito fruncido en una sonrisa socarrona al contemplar la oferta de cualquier streaming, repleta de documentales sobre true crimes. Waters, como siempre, obsesionado anteayer con las tendencias de hoy.