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El “año Verdi” convocó a un quinteto de solistas acompañados por el coro y la orquesta sinfónica del Sodre bajo la dirección del maestro chileno Víctor Hugo Toro. Entre oberturas y arias se abarcaron cincuenta años de la producción verdiana, desde “Nabucco” (1842) hasta “Falstaff” (1893). Una sala repleta confirmó que hay un público de ópera al firme, máxime si se trata de un repertorio verdiano.
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Si tuviéramos que puntuar, a la manera de un concurso, daríamos empatados en un primer lugar a la orquesta y el coro del Sodre. Víctor Toro es un tipo de director vehemente y sanguíneo que supo obtener una respuesta vibrante en las partes puramente orquestales (obertura de “Luisa Miller” y preludio de “Ernani”), pero también acompañó con notable flexibilidad a todos los cantantes, respetando las respiraciones de cada uno y cuidando en todo momento el equilibrio entre la voz y el tutti orquestal. También descollante fue el coro, lo que felizmente ya no es sorpresa. El joven maestro Esteban Louise, de 26 años, tiene al conjunto notablemente entrenado. Las intervenciones del conjunto en el coro de gitanos de “Il Trovatore”, en el aria de “Un ballo in maschera” y en el maravilloso “Va pensiero” de “Nabucco” fueron puntos altísimos de la velada: emisión abierta, sonoridad compacta y buena dicción en todo momento.
Entre los solistas descolló la soprano chilena Maureen Marambio, dueña de una voz caudalosa que llenó cada rincón de ese recinto de maravillosa acústica que es la sala Eduardo Fabini. El aria “Pace, pace, mio Dio” de “La forza del destino”, en la primera parte, fue un momento de torbellino dramático que provocó una justificada ovación con el público de pie. Con un carácter menos trágico y más dulce también lució sublime en el aria “Comme in quest’ora bruna” de Simon Boccanegra.
Nuestra mezzosoprano Raquel Pierotti en “Stride la vampa” (“Il Trovatore”) cantó con la seguridad y soltura de siempre, luciendo un timbre acerado en la zona más baja de su tesitura, muy apropiado para el aria que estaba haciendo. No pareció tan cómoda en el dúo “Reverenza” (“Falstaff”), pero la veteranía que da una larga trayectoria disimuló estas incomodidades.
El excelente bajo Marcelo Otegui no tuvo oportunidad como solista y donde más pudo destacarse fue en el dúo “Due vaticini” (“Macbeth”) en compañía del barítono Fernando Barabino. El tenor Juan Carlos Valls fue en general correcto en los tríos, cuartetos y quintetos aunque en las conocidísimas “La mia letizia infondere” (“I lombardi”) y “La donna e mobile” (“Rigoletto”) se le vio forzado y tenso, lo que le impidió adentrarse en una verdadera interpretación.
La veteranía y la trayectoria también fueron lícitos auxiliares del barítono Fernando Barabino, quien al oficio que dan los años, agregó una emisión más franca y abierta, menos encajonada que la que le hemos escuchado en otras oportunidades. Tuvo dos pruebas de excelencia vocal e interpretativa: en el “Di Provenza il mare il suol” (“La Traviata”), ese canto dulce y dolorido de un padre al hijo que se aleja y luego en el “Credo” de Iago (“Otello”), una pieza de bravura trágica llena de odio y resentimiento, algo así como la antítesis del aria de “La Traviata”. Fue especialmente disfrutable en el “Credo” el contrapunto del solista con la teatralidad y la fuerza dramática del acompañamiento orquestal comandado por Toro. Una estupenda complicidad de ambos artistas en uno de los números de mayor compromiso del programa.