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    Con “sentido de urgencia” en la pospandemia, América Latina deja “pensamientos tradicionales” y puede “dar saltos importantes”

    Aunque la economía mundial “no está ayudando mucho” a la región y la única buena noticia podría ser, si afloja la inflación, que se frene la suba de las tasas de interés, el secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), José Manuel Salazar-Xirinachs, transmite un mensaje de cauto optimismo. Piensa que la pandemia “creó un sentido de urgencia”, de menos ideología y más pragmatismo entre la dirigencia y las sociedades latinoamericanas. “Veo ganas de abandonar pensamientos tradicionales, posiciones convencionales, reexaminar, salir de la cajita y pensar fuera de ella, porque la realidad se nos ha deteriorado tanto… Y, por otro lado, hay tanta conversación nueva” sobre “cómo aprovechar la revolución digital para avanzar que, siendo yo optimista, pensaría que en algunos países o dentro de ciertas áreas (...) se pueden dar saltos importantes”, sostiene.

    La crisis por el Covid provocó, también, un viraje de la “globalización a más regionalismo” que podría terminar en “proteccionismo fuerte. Eso sería preocupante”, señala. Más allá de eso, cree que negociar un tratado de libre comercio (TLC) con China —como hizo su país, Costa Rica, al terminar la primera década de este siglo— podría “darle un impulso muy grande a las exportaciones y a las inversiones en Uruguay”.

    Salazar-Xirinachs, un doctor en Economía por la Universidad de Cambridge que fue ministro costarricense de Comercio Exterior, es nuevo en la Cepal: en octubre asumió el máximo cargo de este organismo de Naciones Unidas con sede en Santiago de Chile. Anfitrión la semana pasada en Montevideo de la Octava Conferencia sobre la Sociedad de la Información de América Latina y el Caribe, conversó con Búsqueda y lo que sigue es una síntesis de la entrevista.

    —Para la región, el 2023 perfila como un año todavía más complejo que el que termina, con crecimiento de menos de la mitad según la proyección de la Cepal, tasas de interés más altas, persistente incertidumbre por la guerra y el Covid. ¿Se podrá transitar este escenario sin que se agrave la inestabilidad política ya instalada en varios países?

    —Estimamos un crecimiento de 3,2% para 2022, en promedio, y 1,4% el próximo año. Y parte de la explicación es que también los socios comerciales crecen menos: Estados Unidos pasará de 1,6% a 1,0%. La eurozona, un mercado importante para varios países sudamericanos, pasará de 3,1% a 0,5%, y de hecho habrá recesión en algunos. La economía mundial no está ayudando mucho. Tampoco tenemos el efecto de China, que estará creciendo 4,4%, pero eso es bajo comparado con el 8% o 9% de 2008 o 2009.

    Entonces, una prioridad para la región en el manejo de corto plazo es reactivar las economías. Cada punto y fracción de punto de crecimiento ayuda a la creación de empleo, a la reducción de la informalidad y de la pobreza, además de generar más ingresos, tan necesarios para financiar las políticas sociales. En ese sentido, ampliar el espacio fiscal es un reto; reestructurar deuda es una forma. Otra es que la subida de tasas de interés se revierta; hay varios indicadores de que podría haber un quiebre y que ya en el primer trimestre los bancos centrales de los países desarrollados no sigan aumentándolas en la medida que la inflación baje. Eso sería una buena noticia, pero serían cambios que ocurrirían lentamente.

    Mientras tanto, hay que seguir haciendo todo el esfuerzo en materia de políticas sociales porque se ha deteriorado la situación. Otra área muy importante para evitar una cicatriz de largo plazo es la educación: el apagón educativo afectó muchísimo —no tanto a Uruguay— y puede haber una generación muy afectada en su trayectoria laboral de futuro.

    —Usted ha planteado para la región un cambio en el “modelo” de desarrollo y una estrategia que se enfoque en sectores “promisorios”, como la electromovilidad, la bioeconomía o la economía del cuidado. ¿Cómo encuadra eso para el caso de Uruguay?

    —Uruguay encuadra de lleno. Si uno ve los temas y las 10 áreas prioritarias de trabajo para transformar el modelo, todos los países de América Latina tienen una aspiración a irse desarrollando, producir prosperidad y bienestar para su población, entrar de lleno en el siglo XXI y moverse en el camino para ser economías de ingresos altos, pero no a cualquier precio y a toda costa, sino con una visión de sostenibilidad e inclusión. Entonces, los temas que planteamos, que se refuerzan entre sí, incluyen la productividad, el saber productivo y el empleo, la educación, la reducción de la desigualdad, las políticas sociales, la transformación digital, las migraciones y otros que son características del modelo de desarrollo que, cuando uno las ve, encuentra que hay mucho por mejorar. Partimos de grandes brechas; Uruguay tiene un punto de partida que, depende con quién se compare, es mejor que varios en América Latina, pero no es tampoco el lugar en el que se quisiera estar y hay muchísimo por mejorar. Esas áreas y temas marcan un norte.

    Lo otro son los sectores, porque en materia de desarrollo productivo nuestra percepción es que en las últimas décadas América Latina ha enfatizado mucho la reducción de la pobreza y la desigualdad, y eso está bien. Pero hay un área que es de grandes brechas y retos y que no hemos aprendido a hacerlo; la evidencia es que en 30 años nuestra línea de crecimiento de la productividad está prácticamente fija, no hay ni siquiera una curva de convergencia con los desarrollados. Si fuera una carrera, hay otros países que nos están pasando… Hay todo un nuevo paradigma casi de cómo hacer políticas de desarrollo productivo, y no es la discusión de la política industrial de vieja data, de subir aranceles o de picking winners. ¡No! Ahora hay toda una visión que mucha es de cómo movilizar la acción colectiva de los empresarios, la academia, los centros de formación y de innovación, de las instituciones públicas concentrando esfuerzos en determinados sectores. Esto debe definirlo cada país; son sectores de futuro. Todo el tema de la transición energética, la electromovilidad —América Latina es de los continentes más urbanizados del mundo—, toda la economía circular, la bioeconomía, la transformación digital, la salud y la economía del cuidado. Solo por decir un número: la brecha entre mujeres y hombres en su participación en el trabajo es de 24 puntos porcentuales, ¡y ese es el promedio! Ni hablar que hay países que están muy por encima de eso. Solo mover esas agujas y que la brecha se cierre 10 puntos sería más crecimiento económico y más justicia de género. Para eso hay que construir redes de cuidado e invertir en talento humano femenino. Hay mucho que hacer, y si hubiera los acuerdos políticos, la voluntad y el financiamiento creativo…, el qué hacer está bastante claro.

    —Ha dicho que “no es un momento para cambios graduales ni tímidos, sino ambiciosos y transformacionales”. ¿Es posible con liderazgos frágiles como hay actualmente en varios países?

    —Dependiendo de qué ejemplos uno tenga en la cabeza, se puede ver el vaso medio lleno o medio vacío. Yo, un poco por ser optimista por naturaleza y por estar en la Cepal conversando todos los días con colegas, detecto mucho deseo de cambio y de mejoras. Por supuesto que esto pasa por los acuerdos políticos en cada país. Es muy difícil decir que la pandemia trajo beneficios o cosas buenas, pero en algunos países se puede ver tal vez como un impacto positivo que creó un sentido de urgencia. Veo ganas de abandonar pensamientos tradicionales, posiciones convencionales, reexaminar, salir de la cajita y pensar fuera de ella, porque la realidad se nos ha deteriorado tanto… Y, por otro lado, hay tanta conversación nueva sobre las políticas, sobre cómo aprovechar la revolución digital para avanzar que, siendo yo optimista, pensaría que en algunos países o dentro de ciertas áreas se pueden dar saltos importantes.

    —¿Ve a la región más pragmática y menos ideologizada que en el pasado?

    —¡Perfecto, le firmo esas palabras!.

    —Fue ministro de Comercio Exterior a fines de los años 90, antes de que Costa Rica firmara un TLC con China. ¿Qué rol tiene el comercio en ese nuevo modelo de desarrollo que propone?

    —Tiene un papel absolutamente central. ¡Es impresionante la interdependencia que hay ahora en el mundo comparado con hace 20 o 30 años! Lo vemos en las comunicaciones, en el transporte de mercaderías. Ahí sí estamos entrando en una globalización cambiada: ya no es lo mismo, sobre todo lo que fue el costo del transporte en contenedores, en parte por cambios en la industria marítima. Estamos pasando de globalización a más regionalismo. Esto no necesariamente es malo, siempre que ese regionalismo no se convierta en proteccionismo fuerte. Eso sería preocupante.

    Otro cambio en la globalización es que antes se hablaba de seguridad nacional respecto a lo militar o al narcotráfico; ahora es seguridad alimentaria o energética.

    Muchos países se han desarrollado, ciertamente los asiáticos, a través de una inserción a la economía global y también con políticas locales adecuadas. Mucha de la transformación económica en América Latina ocurrió a través de cadenas de valor potentes y México, por ejemplo, se ha integrado a la industria automotriz, hay un cluster de dispositivos médicos enorme en Tijuana, hay del software, todo un sector moderno. Mi país, Costa Rica, tiene muchos problemas, pero ahora una cuarta parte de sus exportaciones de bienes y servicios son dispositivos médicos, otra cuarta es turismo y otra cuarta parte son servicios empresariales modernos. O sea, lo que era banano, café, azúcar y carne hace 30 o 40 años, hoy son solo una fracción. Gracias a la inserción en las cadenas de valor, eso es una transformación enorme, también en empleos y calidad de recursos humanos. El tema es cómo los países aprovechan las oportunidades comerciales en la economía mundial.

    —Para Uruguay, una economía chica como la costarricense, ¿es una buena estrategia negociar ahora con China?

    —Diría que sí, en el sentido de que China es una economía emergente que pronto será la más grande del mundo, es un quinto de la humanidad y tiene la clase media más grande, con más de 400 millones con un gran poder adquisitivo. Es un acuerdo que podría darles un impulso muy grande a las exportaciones y a las inversiones en Uruguay.

    • Recuadro de la entrevista

    La evolución demográfica como riesgo de “tragedia humana” y la agenda ambiental

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