La calva negra tan redonda como un aro de básquetbol, el arito colgando en la oreja izquierda, la mueca soberbia y relajada de su boca, el bigote fino apenas afeitado, los pequeños ojos brillantes inyectados en sangre y la lengua siempre a punto de remojar los labios. Quienes pasaron la década de los 90 mirando la NBA tienen el rostro de Michael Jordan dibujado en su mente. Quienes no, también. La popularidad de Jordan atravesó todos los países, gustos y edades, por eso es difícil no magnetizarse cuando, dos décadas después, aparece intacto en el primer plano de una pantalla.
Ese protagonismo —en contraste a su habitual discreción pública— era suficiente para que la serie documental The Last Dance tuviera suceso. Pero el contexto en el que fue colocado ese protagonismo lo potenció: el material de la última temporada de Jordan en los Chicago Bulls y un archivo delicioso que recogió la intimidad de aquel momento. El trabajo, logrado en asociación entre Netflix y ESPN Films, detalla por qué Jordan es Jordan, en 10 capítulos que también describen, con mayor y menor profundidad, a fascinantes personajes secundarios cuyas historias son igual de interesantes.
“Con ustedes, la persona más famosa del mundo”, dice Oprah Winfrey al invitar a Jordan a su programa de televisión. Corría 1997 y los Bulls iban por su tercer título consecutivo de la NBA, el sexto en ocho años. Un equipo antes conocido como “el circo itinerante de la cocaína” por el desborde y la mediocridad de sus jugadores era ahora la viva imagen del éxito. Y Jordan, su símbolo. “El macho alfa alfa entre los machos alfa alfa”, lo describe Brian McIntyre, por entonces jefe de Relaciones Públicas de la NBA.
Alcanzar ese estatus le llevó mucho esfuerzo. Lejos de ser un prodigio natural, la serie muestra cómo Jordan se construyó con un enfermizo espíritu competitivo que aún permanece. “Los sigo odiando hasta el día de hoy”, dice muy serio sobre los integrantes de los Detroit Pistons, acérrimo rival en el cierre de los 80. Un fuego interno generado en la infancia por atraer la atención de su padre en partidos de patio trasero con su hermano mayor Larry, que habitualmente terminaban a las piñas. “Si querés sacar lo mejor de Michael, decile que no puede hacer algo”, explica socarrón su padre sobre el carácter de su hijo.
Como profesional, cualquier excusa le servía de combustible emocional: humillar a Clyde Drexler en las finales de 1992 porque la prensa decía que estaba a su nivel o sumar ocho kilos de músculo en apenas semanas para “administrar dolor” a los pivotes cuya táctica para detenerlo era simplemente golpearlo. Pero la verdadera profusión de ese animal competitivo la conocieron sus compañeros. “Todavía veo a un demonio gritando. Si cometías un error te iba a despreciar”, recuerda el ala-pivote Horace Grant. “Nosotros solo conocíamos al Jordan para el cual era ganar o nada. La única emoción que le veíamos era rabia o frustración. A veces nos preguntábamos si tenía sentimientos”, agrega sincero Will Perdue, quien dice que los integrantes de los Bulls quedaron “anonadados” cuando vieron a Jordan llorar en el vestuario tras ganar en 1991 su primer título.
Esa personalidad fue una de las razones para que esta serie tardara tanto en ver la luz. Todo empezó en 1997 cuando Adam Silver, hoy el mandamás de la NBA, dirigía el brazo audiovisual de la liga, NBA Entertainment. Uno de sus productores le propuso registrar la interna de la temporada de los Bulls que se avecinaba, que por desencuentros gerenciales estaba destinada a ser la última de Jordan en el equipo. Un visionario, Silver comprendió el valor histórico de la situación y persuadió a Jordan con concesiones: le dijo que el material solo iba difundirse con la autorización directa del propio Jordan, tanto que no se iba a guardar en el archivo que la liga tiene en Nueva Jersey.
La ambición era significativa: nueve meses grabados en películas Súper 16 mm con el objetivo de un estreno cinematográfico en Hollywood. Pero el cajón permaneció cerrado hasta 2016, cuando Michael Tollin, un productor especializado en contar historias deportivas reales y de ficción, fue hasta la casa de Jordan para convencerlo de usar el contenido. Una de las principales reticencias de Jordan era que la gente podía formarse una opinión negativa de él al ver sin censura su costado de gran hijo de puta, desconocido para el público sin tanta expertise de NBA.
“Todos los días hay chicos que vienen a mi oficina usando tus zapatillas y jamás te vieron jugar. Es hora”, le escribió Tollin en una carta. Jordan dio el sí y el trabajo de entrevistas y edición, con más de 500 horas de filmación original, se inició en 2018 comandado por Jason Hehir, un director empapado en los documentales y las series de televisión deportivas.
El estreno estaba previsto para julio, pleno verano de Estados Unidos y un momento de sequía deportiva en ese país ante el fin de la temporada de básquetbol y el tímido arranque del béisbol, pero Netflix lo adelantó para el 19 de abril por el clamor de las redes sociales en la desesperación del coronavirus.
Los seis capítulos iniciales —de 50 minutos cada uno, a los que se sumarán el séptimo y octavo el lunes 11 y los últimos dos el lunes 18— lentamente sirven el material original, azucarado con una lista interesante de individuos que vivieron entre 1984 y 1998 la dinastía de los Bulls en primera persona, entre ellos Barack Obama, nativo de Chicago. Un punto fuerte es la conexión directa entre las imágenes y detalles muy específicos que los entrevistados comentan. Otro es la música —The Notorious B.I.G., LL Cool J, Prince, Beastie Boys, la intro de Sirius de The Alan Parsons Project—, un sonido tan noventoso, tan NBA, que habría que pintarlo de naranja. Y otro es el sutil ensamble de historias, con un relato que mediante flashbacks y sin que el espectador se percate, pasa de hablar de Jordan a Scottie Pippen, de Pippen a Dennis Rodman y de Rodman a Phil Jackson.
Por aquí pasa lo mejor de la serie: la vida de quienes acompañaron a Jordan a formar este glorioso equipo de básquetbol, que merece documentales separados. Está Pippen, el más chico pero el más alto de una familia rural de 12 hermanos, un escudero que encarna como nadie el Robin que DC Comics soñó para Batman, un tipo valiente, fiel y tan físico y dedicado como Jordan; está Rodman, un rebelde pionero de los tatuajes, los piercings y el pelo platinado, gags que buscan esconder a un gigante sensible capaz de quedarse dormido cuando pensaba suicidarse, y al cual Jordan debe arrancar de la habitación de un hotel de Las Vegas mientras la bomba sexual Carmen Electra se esconde detrás de las sábanas; y está el maestro zen Phil Jackson, el entrenador más ganador de la NBA, un gurú del manejo de los egos forjado en su admiración a los nativos americanos, la práctica del yoga, los experimentos introspectivos con ácido y el caos de la liga de básquetbol de Puerto Rico.
Como en toda historia hay un antihéroe, en este caso el único que no está vivo para contar su versión. Es Jerry Krause, gerente general de los Bulls y señalado como quien desde dentro hizo implosionar la dinastía al obligar la salida de Jackson cuando culminara la temporada 1997/98. Krause es un hombre con complejo napoleónico opuesto a los atletas de elite que lo rodean: un blanquito gordo y bajo, un ejecutivo con forma de flan, papada prominente, mirada torcida, manos inquietas y pasos escurridizos al que los basquetbolistas burlan constantemente.
“Era increíblemente dulce, pero no podía dejar de complicarse la vida”, lo recuerda el exbase Steve Kerr. Pese al fardo que le tiran, está claro que Krause también era increíblemente capaz, porque sus arriesgadas decisiones le permitieron a Chicago armar planteles para que Jordan sobresaliera: hizo un trueque para quedarse con Pippen cuando aún no era nadie, mandó a mudar a Charles Oakley —preferido de Jordan— y prácticamente inventó a Jackson al despedir de imprevisto a su antecesor e insistirle en que aprendiera el triángulo ofensivo, un sistema de juego que revolucionó la liga y con el cual Jackson hizo su leyenda. “Hay que tener huevos”, lo valoró Jordan.
Krause, Jackson, Rodman y Pippen son mojones que colaboran en describir la vida y la carrera de Jordan, y la evolución de la NBA marcada por el antes y el después de su aparición en Chicago en 1984. Con una estética y un lineamiento muy similar al 30 for 30, la serie de documentales creada por ESPN Films en 2009, The Last Dance mecha aceitadamente el básquetbol puro con lo que sucede a la salida de la cancha. Una combinación probada que engancha tanto al fanático como al que solo busca buena televisión.
Están los highlights minuciosos que repasan las jugadas más emblemáticas de Jordan y los elogios de sus contemporáneos, que describen la clase de atleta que enfrentaban. “Apenas toque la pintura, péguenle”, era la estrategia de los Pistons y los New York Knicks, pues “no era realmente una falta hasta que había sangre”. Hasta Magic Johnson se maravilla mientras cierra los ojos en negación: “Su balance, sus movimientos, sus fundamentos…”.
Por cada volcada de Jordan hay también un habano cubano, partidos de golf, trajes a medida, aviones privados, una colección lujuriosa de coches deportivos, diamantes, relojes suizos, enjambres de periodistas haciendo preguntas tontas y miles de personas gritándole y pidiéndole autógrafos en cualquier lugar que visitara, desesperados detrás de vallas mientras Jordan navega la locura con su grupo de seguridad. Un carisma —“swag”, lo define Adam Silver— sin precedentes en el deporte.
En su primer año en la liga, Converse rechazó las pretensiones del agente de Jordan para patrocinarlo y Adidas le reconoció que no estaba en condiciones de crearle un modelo exclusivo. A regañadientes Jordan aceptó la oferta de Nike, sin saber que se iba a convertir en la relación insignia del marketing deportivo. La marca Air Jordan fue catapultada de un calzado de básquetbol a un elemento de distinción dentro de la comunidad del hip-hop y un producto masivo de la cultura urbana. “Los republicanos también compran zapatillas”, argumentó Jordan en 1990 para no apoyar a un demócrata negro en las elecciones a gobernador de su Carolina del Norte natal.
La frase refleja su indiferencia al activismo social, al punto que en la serie casi ni se menciona el racismo. “Yo no era un político, estaba concentrado en mi arte”, se defiende.
Al artista los problemas le llegaron por su amor al blackjack y a las apuestas deportivas, que desembocaron en una investigación de la NBA, citaciones a la Justicia y una atención pública no deseada por sus relaciones oscuras con estafadores de poca monta. Ya con 30 años Jordan se había retirado provisoriamente y con 34 estaba listo para el adiós definitivo. “¿Viste cuando sabés que llegaste a ese estado? Estoy ahí”, se confiesa ante un camarógrafo. Es un Jordan agobiado por la celebridad extrema, que ni siquiera tiene intimidad en un sector recluido del vestuario donde siempre lo debe proteger su grupo de cinco veteranos y ocurrentes guardaespaldas con los que toma café y juega a la arrimadita.
Algunos creen que, casi 20 años después, Jordan abrió el cajón y liberó las inéditas imágenes de archivo para que las nuevas generaciones sepan quién es el deportista más grande de la historia. A pesar de lo que muestra el documental, el debate permanecerá eterno e inconcluso, pero The Last Dance sí es contundente en algo: fue Jordan quien por primera vez logró convergir en un atleta el talento superdotado y la mentalidad ganadora con la idolatría global y un poderío económico que hasta entonces solo alcanzaban unos pocos empresarios. Tal vez no sea el mejor de todos, pero todos han querido ser como él.
Vida Cultural
2020-05-07T00:00:00
2020-05-07T00:00:00