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Cuando el año pasado Netflix estrenó las breves temporadas de Criminal, la apuesta por un formato muy específico parecía clara: una sala de interrogatorio, el cuarto de las escuchas y el pasillo/hall que une ambas. Era todo. Y los policías y los criminales, claro. Cuatro capítulos por país, cuatro países distintos: Inglaterra, Alemania, Francia y España. En términos de lo que se conoce como procedimiento policial, ese subgénero de la ficción policial que se centra en el procedimiento de las fuerzas del orden, ese total de 16 capítulos fue un golazo. Despojado de todo adorno, de todo giro argumental por fuera de lo que aparecía en esos interrogatorios, la agudeza de los diálogos y la solidez de las actuaciones dieron como resultado una muy serie policial potente en la que el procedimiento lo era todo.
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Claro, también quedaban en evidencia las diferentes idiosincrasias de las policías de cada país. Y, más en general, la idiosincrasia de las personas de esos países, con su mayor o menor tendencia al drama o al pragmatismo, su mayor o menor apego a las reglas comunes, su mayor o menor búsqueda de la empatía o del choque con el otro. Todo siempre reducido a un puñado de estupendos diálogos y actuaciones, con los aspectos de la vida real que acompañan a esos personajes que solo se introducen en la trama en la medida en que tienen sentido para la resolución del conflicto. La excepción en la nota alta de calidad de aquella primera temporada fueron los capítulos de España, en donde los diálogos y el cuidado por el realismo del procedimiento que se narraba no resultaron especialmente elevados.
De alguna manera, Criminal recuperaba el camino que había iniciado Law and Order hace muchos años: concentrarse en la acción policial/judicial sin dar muchas más pistas sobre el mundo exterior. Un camino que la longeva franquicia del productor Dick Wolf había abandonado en tiempos más o menos recientes con el spin off Law and Order Special Victims Unit, en donde la vida personal se entrometía de manera sistemática en el accionar de los policías hasta el punto en que uno a veces se preguntaba si eso seguía siendo una serie policial o si era un servicio de ayuda a la comunidad, una suerte de campaña realizada por alguna noble ONG. Criminal recupera esa vieja línea por la vía de concentrarse en el procedimiento: arrestar, interrogar, conseguir pruebas, buscar contradicciones, corroborar datos. Trabajo policial puro y duro.
Pues bien, la segunda temporada de Criminal (Reino Unido), la primera en salir en Netflix, parece dar una nueva y bienvenida vuelta de tuerca al parco registro proporcionado por esos interrogatorios, en donde los polis intentan capturar a los malos. Ese giro pasa por el cuestionamiento de quiénes son realmente los buenos y los malos. Y es que para la policía no cuentan (o no deberían contar) el carácter del investigado o las intenciones que se le suponen. El sistema de garantías que hemos desarrollado a lo largo de los últimos 200 años dice que la inocencia se presume a todos y cada uno de los ciudadanos y que es quien acusa el responsable de probar su culpabilidad. Por eso siempre escuchamos quejas sobre la lentitud de la Justicia (que, es verdad, a veces resulta exasperantemente lenta por problemas de presupuesto) cuando en realidad la propia naturaleza de nuestra idea de justicia trae implícita la lentitud: se debe interrogar a las partes, recoger pruebas, contrastar testimonios y luego llevar todo eso a una corte en donde sigue operando la misma presunción de inocencia.
En tiempos en que cada vez con mayor frecuencia vemos a las autoridades cobrando al grito, especialmente al grito de las redes morales, esas mismas redes morales que “resuelven” las cosas linchando sin pruebas de ninguna clase, solo apelando a la aplastante violencia simbólica que el invento es capaz de generar, la segunda temporada de Criminal (Reino Unido) se planta como una roca en medio de la corriente y nos recuerda que la única forma que hemos encontrado para que la Justicia sea, valga el ripio, justa, es no hacer caso ni a las apariencias ni a las intenciones declaradas o presumidas. Nos recuerda en qué consiste el procedimiento policial en un sistema garantista, es decir, en un sistema en donde hasta el tipo más detestable tiene derecho a una defensa justa y en donde para que alguien sea llevado a la cárcel se necesitan pruebas. O una confesión obtenida en un interrogatorio que se lleva a cabo con todas las garantías.
Es en ese punto en que la serie revela toda su sutileza, poniendo el foco en el matiz y el detalle, algo que puede parecer contradictorio en una serie de policías, un programa que por definición tiene la violencia social más cruda en el centro de su mirada. Ocurre que los policías son detectives, no policías de calle. Son tipos especializados que hacen una tarea calificada y fina, consistente en encontrar grietas y contradicciones en las declaraciones de los acusados. O en confrontarlos con las pruebas que se han encontrado. O en intentar asustarlos con las que seguramente van a encontrar. Mezcla de abogado con psicólogo forense, los oficiales no son como los policías que ponen una multa en un control de alcoholemia.
Y es justamente ese perfil el que hace que las reacciones de los acusados sean clave para el hilo del interrogatorio y para testear la validez de la acusación. No estamos ante un policial al estilo Arma mortal, en donde pesan más las explosiones y las carreras en auto que el procedimiento de investigación. Es, por el contrario, un policial absolutamente estático, en donde lo que mueve la acción es el interrogatorio y sus idas y venidas en función de las reacciones o declaraciones del acusado.
Las actuaciones de Katherine Kelly (inspectora jefa Natalie Hobbs), Lee Ingleby (inspector Tony Myerscough), Mark Stanley (detective Hugo Duffy), Rochenda Sandalf (detective Vanessa Warren) y Shubham Saraf (detective Kyle Petit) son ejemplares, logrando construir un puñado de personajes creíbles, con los vaivenes interiores que se le pueden presumir a unos policías haciendo su trabajo. Capítulo aparte son los acusados, interpretados de manera excelente por distintos actores invitados, entre ellos Kit Harington (conocido por su rol como Jon Snow en Game Of Thrones) y Kunal Nayyar (popular por su Rajesh Koothrappali en The Big Bang Theory).
Sólida, muy bien actuada y mejor escrita, la segunda temporada de Criminal (Reino Unido) nos muestra para qué sirve la presunción de inocencia y por qué la Justicia solo es tal cuando logra probar de manera fehaciente la culpabilidad del acusado. En estos tiempos de linchamiento colectivo emocional, plantarse en ese lugar es un acto de valentía intelectual radical y muy a contramano de las ñoñerías oportunistas que Netflix viene difundiendo como norma. Y lo hace sin subestimar jamás al espectador, a quien siempre trata como adulto. Ficción televisiva del más alto nivel.