Cuando todo el mundo terminaba boca abajo

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Nº 2082 - 30 de Julio al 5 de Agosto de 2020

escribe Javier Alfonso

“El clima estuvo lluvioso lunes y martes, y esa misma mañana de miércoles amaneció con llovizna y mucha niebla. Algunos de los miles de hinchas argentinos que iban a venir quedaron detenidos en el río o en el puerto, sin poder navegar. Hubo barcos que pasaron el día entero en la niebla del río, con hinchas que habían pagado su entrada y ni siquiera podrían enterarse del resultado del partido que no verían”. Así comienza el capítulo “El partido definitivo”, del libro Del ferrocarril al tango (Taurus, 2019), en el que Aldo Mazzucchelli describe la evolución del fútbol uruguayo durante los 40 años previos al primer Mundial, de cuya final el jueves 30 se cumplieron 90 años.

A las 14.15, con casi 70.000 personas abarrotando un Centenario inaugurado apenas 12 días antes (había entre 10.000 y 20.000 argentinos) y con parte de sus tribunas aún sin terminar, comenzó la final. Con toda la etiqueta posible, vestido de saco, camisa, corbata, bermudas y zapatos de fútbol, el juez belga Jean Langenus reunió en la mitad del campo a los capitanes, el uruguayo José Nasazzi y el argentino Manuel Nolo Ferreira. Dos horas después, el miércoles 30 de julio de 1930, la selección uruguaya se convertía en la primera en ganar la Copa del Mundo de la FIFA, tras vencer al combinado argentino por cuatro a dos —tras remontar un dos a uno en contra— con goles de Pablo Dorado, José Pedro Cea, Victoriano Santos Iriarte y Héctor Castro.

Contando los oros de Colombes y Ámsterdam —homologados por la FIFA como copas del mundo— en solo seis años, los celestes ganaron en forma invicta los tres principales torneos, dos de ellos en Europa y con todas las potencias locales en cancha, y otro en casa, con las ausencias de Inglaterra, Italia, España y Alemania, que boicotearon el Mundial por considerar que se jugaba en territorio indigno para la jerarquía de la nueva copa.

Es notorio que la mayor parte de la frondosa producción cultural vinculada al fútbol uruguayo (ensayos, biografías, relatos ficcionales, documentales) es hija de Maracaná y de esa gran construcción simbólica llamada “garra charrúa”, de la que se empezó a hablar en los 50 y se popularizó en los 60. Sin embargo, el período fundacional del fútbol uruguayo, mucho más relegado en el tiempo, es bastante menos recordado. Pareciera que siempre ganamos “a huevo” o “metiendo la bañadera”. Pero no es así. Por el contrario, parafraseando a otros grandes equipos de la historia, el uruguayo fue el primer jogo bonito y el más rotundo fútbol total que el mundo haya conocido en la primera mitad del siglo XX.

Uruguay mantuvo un invicto de 24 años en copas del mundo (no asistió en 1934 y 1938) hasta que sucumbió en el alargue con Hungría, en el legendario “partido del siglo”. Quienes se han dedicado a investigar en los archivos ya centenarios han comprobado que aquellos futbolistas, con el soporte de un Estado que potenció la educación física y la práctica deportiva como política pública, desarrollaron una nueva manera de jugar, tanto en lo técnico como en lo táctico. Como resultado, a partir de las giras europeas de los clubes y del desembarco de aquellos seleccionados, los jugadores y el público del viejo continente descubrieron que los uruguayos jugaban “a otra cosa”. Y se comieron bailes y goleadas verdaderamente humillantes. A tal punto fue disruptivo el ascenso celeste que la selección de Inglaterra recién aceptó disputar un partido amistoso con Uruguay dos años después de Maracaná. Un éxito de estas dimensiones en un país como Uruguay no podría haber sucedido de manera espontánea. En las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX sucedieron muchas causas que lo explican. Esos sucesos alimentan las páginas de dos libros de reciente publicación, en los que experientes académicos uruguayos diseccionan el proceso deportivo, social, económico y político que llevó, en pocas décadas, a una pequeña nación de dos millones de habitantes a convertirse en la principal potencia futbolística del planeta.

Se trata de Orígenes y desarrollo del fútbol en Uruguay. Nuevas miradas (1870-1920), del historiador Juan Carlos Luzuriaga (Alter Ediciones, 2019), y Del ferrocarril al tango. El estilo del fútbol uruguayo, 1891-1930, del ensayista Aldo Mazzucchelli. Ambos trabajos se centran en la consolidación local del “nuevo sport”, como se llamó al fútbol a principios del siglo XX, y abordan tanto lo estrictamente deportivo como su contexto histórico y regional, pues el auge futbolístico coincide con los 30 años de la era batllista, y se dio en paralelo con la evolución del fútbol argentino. De hecho, ambos países se convirtieron rápidamente en acérrimos rivales en múltiples ediciones de las copas Lipton y Newton y, así como Nacional y Peñarol es el partido clásico más antiguo fuera de las Islas Británicas, el duelo del Río de la Plata es el partido internacional con más ediciones en la historia de la pelota.

Los pioneros

“El deporte en general y el fútbol en particular fueron una válvula de escape para liberar las tensiones de la vida cotidiana. En momentos de cambios importantes dejaron de ser una moda de las elites para ser practicados por jóvenes de todos los sectores sociales y de todo el país, facilitados por numerosas concentraciones urbanas. Progresivamente transformado en espectáculo, el fútbol convocaba, como actores o como espectadores, a cientos, miles, decenas de miles de compatriotas”, dice Luzuriaga, montevideano nacido en 1956, quien actualmente coordina en la Facultad de Humanidades el Grupo de Estudios de Fútbol del Uruguay.

Su libro comienza con una breve reseña del origen del fútbol moderno en Gran Bretaña y cómo se extendió de las universidades a las clases trabajadoras, ámbito en el que ocurre la muy recomendable serie británica Juego de caballeros, disponible en Netflix. Detalla la evolución de la táctica desde la inicial estrategia “todos corriendo atrás de la pelota”, en la que solo los muy fuertes o muy habilidosos lograban llegar al área rival para definir, y cómo surgió el pase como táctica y luego el ordenamiento en líneas (arco, defensa, mediocampo, delanteros). También describe cómo se depuraron los estilos en Inglaterra y Escocia. “Los escoceses practicaron un estilo más colectivo, basado en la combinación en triangulación, el pase a corta distancia y rasante, y más orientado a eludir al adversario que a superarlo en fuerza al llevar la pelota al pie”.

Cada capítulo incluye ilustraciones originales extraídas del “periódico festivo” La semana, publicadas entre 1909 y 1910. Figuran pioneros británicos como William Poole (mentor del club Albion), quien “cumplió un papel decisivo en la difusión del fútbol en Montevideo de fines del siglo XIX” y los uruguayos Cayetano Saporitti (guardameta de Wanderers), Butista Besuzzo (capitán de Colón), León Peyrou (jugador y presidente de River Plate en simultáneo, y luego presidente de la AUF), y el mítico Héctor Scarone, quien en la década de los 20, tras el paso triunfal de las selecciones celestes por los campos europeos fuera considerado unánimemente como el mejor jugador del mundo.

Tras describir la primera expansión del balompié en Uruguay, a raíz del conocido impulso ferroviario británico, y luego de un muy interesante desarrollo sobre el avance del nuevo sport en el interior del país, tanto Luzuriaga como Mazzuchelli describen el fenómeno denominado amateurismo marrón, que también se dio en la región y especialmente en Argentina, donde los académicos Pablo Alabarces y Julio Frydenberg (citados por el autor) estudiaron cómo el mito del amateurismo puro, el honorable juego de caballeros, fue mutando temporada a temporada, bajo el influjo de un concepto clave: la competencia. “El ideal de juego leal y fuerte, de respeto entre vencedores y vencidos tenía diferencias visibles con la práctica real en el juego de la élite, y aún más con la de los sectores populares. Los clubes-equipos de barrio reafirmaban una identidad significativa al menos para la pléyade de desplazados por razones económicas de su patria lejana o de un entorno rural”, afirma Luzuriaga, y describe la génesis de cómo ese mito del amateurismo puro e impoluto de los primeros tiempos fue justamente eso, un mito, un poco verdadero y, de a poco, cada vez más falso: “Debían además disputar el espacio de juego y las influencias y simpatías en el barrio. Si lo conseguían, el siguiente paso era representarlo ante otras comunidades. A esta situación se le debe agregar la competencia, tanto estrictamente deportiva como la pugna por las promesas de buenos jugadores que surgían aquí y allá. El honor caballeresco de dar todo de sí y de jugar con limpieza ante el rival se fue sustituyendo por el otro sentido del honor: el de no perder”.

Ambos autores narran como Nacional, el Curcc y luego Peñarol comienzan a remunerar en forma opaca a sus mejores figuras (especialmente a quienes trabajaban en otras ocupaciones y necesitaban imperiosamente un sustento económico), lo que alimentó mil y un conflictos entre clubes. A modo de ejemplo, Luzuriaga cita un pasaje del libro Del fútbol heroico, de los hermanos Magariños, sobre una de las estrellas de un efímero equipo de barrio llamado Dublín: “El pobre Zanezzi tenía que trabajar para vivir y por su trabajo (vendedor puerta a puerta) tenía que caminar con el cajón a cuestas varios kilómetros diarios. Los lunes, a consecuencia del cansancio del partido, no le era posible ponerse al frente de su negocio ambulante. Cuando el presidente del club, Ángel Colombo, se negó a pagarle dos pesos por domingo para cubrir el jornal del lunes, varios hinchas, entre ellos Genninazi, Platero, Barbatt, Pepete y Enrique Pochintesta, nosotros y algunos más, a ocultas de Colombo, poníamos dos reales por cabeza para juntarle los dos pesos a Zanezzi”.

Ante las acusaciones de inmoralidad por el pago oculto a los jugadores, el presidente de Nacional en los años 10, José María Delgado, decía, citado por Luzuriaga: “Era la época brava del football en la que campeaba la viveza, poco amiga de las morales estrictas, y se representaba la comedia del amateurismo. (…) Aquello no representaba un atentado a la moral, sino al código vigente, que iba quedando vetusto por fuerza no de la prostitución sino de una evolución fatal”. Delgado menciona una “hipocresía forzosa” en la que “el profesionalismo no se puede imponer aun a carta abierta” y el amateurismo no puede ya satisfacer los deseos de una afición cada vez más vasta y exigente”. Recién tras la sucesión de éxitos mundiales, en 1932 el fútbol uruguayo se volvería, finalmente, profesional.

Orígenes y desarrollo del fútbol en Uruguay contiene un segmento final con medio centenar de hermosas ilustraciones de la indumentaria de aquellos teams pioneros, a cargo de Hernán Mengod, incluidas en los anexos, tras una tabla cronológica de torneos y competencias. Allí se aprecian los diseños y colores de las camisetas de invierno y verano de equipos británicos como Harrow School, Wanderers, Queen’s Park y Royal Engineers, y de los primeros clubes uruguayos como Montevideo Cricket, Albion F.C., Curcc, Deutscher Fussball Klub, Uruguay Atletic y el Club Nacional de Football.

El primer Mundial

Tras el extenso análisis histórico de la génesis del fútbol en Uruguay, que ocupa el primer tercio de las 600 páginas de Del ferrocarril al tango, Mazzucchelli, académico graduado en la Universidad de Stanford y grado 5 en la Facultad de Humanidades de la Udelar, dedica tres extensos capítulos a los tres grandes logros celestes, titulados “París”, “Ámsterdam” y “Montevideo”. Los dos primeros constituyen un contundente alegato sobre la superioridad que logró el seleccionado uruguayo en todos los planos: físico, técnico y táctico. “Entran en escena los artistas”, se titula uno de los capítulos. “Nos tiraban flores”, se llama el que narra la final olímpica frente a Suiza, ganada con un contundente 3 a 0. El tercero describe minuciosamente el proceso de la gestación del primer mundial, una idea original de los dirigentes de Nacional José Usera y Roberto Espil, propuesta en 1929 tras el bicampeonato olímpico de Ámsterdam y adoptada por el diplomático uruguayo Enrique Buero, cuya figura es reivindicada enérgicamente por Mazzucchelli como factótum del Mundial del 30, ya que lideró la ardua presentación del proyecto del torneo y la dificultosa negociación llevada a cabo en el congreso de la FIFA en Barcelona en 1929.

Con agilidad y sin complejos academicismos, Mazzucchelli narra cómo, sobre la base del doble laurel olímpico, y con argumentos de peso, se dio la construcción financiada por el Estado en tiempo récord (menos de un año) del mayor estadio de fútbol existente en el mundo en esa época, y la financiación estatal de pasajes y estadías de todos los seleccionados. Uruguay le arrebató la sede a Italia por un voto, lo que provocó el famoso boicot de las principales potencias europeas, que no vinieron a jugar. “Es sorprendente el escaso lugar que el relato del Mundial difundido en Uruguay le concede”, dice el autor en referencia a Buero. “Sin él, no habría ocurrido el campeonato porque nadie en Montevideo tenía la estatura de diálogo e influencia, ni la comprensión de los detalles de lo que ocurría con cada federación, ni la ubicación para llevar adelante la estrategia definida”.

Finalmente, por demás interesante y revelador, el capítulo “El inicio del discurso equivocado” expone la tesis de que “el mito de la garra charrúa” es una construcción cultural autoimpuesta, en la que colaboró inicialmente la poderosa influencia de Argentina como sociedad constructora y exportadora de discursos, y que luego de Maracaná fue defendida a capa y espada por el mundo futbolístico uruguayo. “Una vez que el mito se ha instalado, se vuelve conservador y se traiciona a sí mismo. Así los uruguayos han olvidado que ganaron con excelencia y creen que lo hicieron con ‘garra charrúa’ y, por qué no, con juego sucio”. Así, el libro defiende la visión de que la exacerbación de la mentada garra es producto de un reduccionismo deliberado, “una maniobra de revisionismo histórico impulsada en los años 60”, que “coincidió con la crisis cultural del país y resultó una simplificación tardía y empobrecedora”.

Tras una década en la que el fútbol uruguayo (mejor dicho, la selección uruguaya) recuperó buena parte de aquel prestigio mundial y volvió a situarse entre las diez protagonistas a escala mundial, estos dos ensayos aseguran una experiencia de lectura muy estimulante, tanto para futboleros como para escépticos del balón, y tanto para coincidir como para polemizar. Ideal para celebrar nada menos que 90 años de aquella primera vez.

Vida Cultural
2020-07-30T00:00:00