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El lunes 10, Edward “Edy” Kaufman recibió el título de doctor Honoris Causa de la Universidad de la República. Para mucha gente, Kaufman tal vez sea un desconocido. Sin embargo, tuvo un papel destacado durante la dictadura, cuando reclamó desde el exterior que en Uruguay se respetaran los derechos humanos y se reinstalara la democracia.
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Fue responsable de una campaña de Amnistía Internacional contra la tortura en el país y organizó y brindó testimonios en las audiencias de la Enmienda Koch, que prohibió la ayuda fiscal del gobierno de Estados Unidos a las Fuerzas Armadas uruguayas. Asimismo, es conocido porque logró rescatar al caudillo blanco Wilson Ferreira Aldunate y a su hijo Juan Raúl cuando iban a ser asesinados en Argentina junto con los legisladores Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz.
Por eso, Kaufman dijo en entrevista con Búsqueda que el título que recibió es “especial” y que no se lo otorgan por su actividad académica sino por su lucha por la paz. En ese contexto, este argentino que da clases en la Universidad de Maryland (Estados Unidos), en la Universidad de Haifa (Israel) y que integra el Comité Asesor de Human Right Watch para el Medio Oriente, aprovechó su estadía en Montevideo para conformar un grupo de personas que trabajen por la paz entre israelíes y palestinos. Con el visto bueno del gobierno, seis personas de origen árabe, otras seis judías y seis uruguayos que él llama de “buena voluntad”, comenzaron a trabajar en la búsqueda de acuerdos.
—¿Por qué fue “especial” para usted esta distinción de la Universidad de la República?
—Mi conexión con Uruguay desde la adolescencia fue de gran respeto por su cultura cívica. Me acuerdo del Colegiado, de la ley de lemas, la participación de los partidos políticos —incluso del Partido Comunista, cuando estaban prohibidos en América Latina—, la defensa de la democracia. Después viene esa época tan funesta de la dictadura, cuando me involucré con Amnesty International y pedí trabajar por Uruguay. En la opinión pública internacional había dos eventos que habían dejado de lado totalmente a Uruguay: la caída de Salvador Allende en Chile, y la situación en Argentina con las desapariciones forzadas. El problema era cómo poner en el mapa a Uruguay. Amnesty no solo lo puso en el mapa, fue una piedra en el zapato, hubo una actividad en 70 países por eso. En Estados Unidos estuvo la Enmienda Koch. Soy consciente de que el doctorado Honoris Causa no es por los 13 libros o los 70 artículos: fue por activista, porque no estaba en la torre de marfil.
—Usted aprovechó su estadía para hablar en el país sobre el concepto de “diplomacia ciudadana”. ¿En qué consiste?
—Hay tres conceptos sobre diplomacia que vienen del inglés: la diplomacia de segunda vía, la diplomacia multivías y la diplomacia ciudadana. Los conflictos entre países, los conflictos militares, ya casi no pasan. Hoy los conflictos son entre un Estado y un grupo de ese Estado. En Israel, la última guerra contra un Estado fue en el 73. Después ha tenido conflictos con grupos. La diplomacia oficial tiene grandes dificultades cuando tiene enfrente a un grupo. Israel y Hamas tienen gran problema para poder hablar. Mientras que gente que tiene acceso a los que toman decisiones, digamos ex diplomáticos, o académicos, sí se pueden encontrar y hablar sin toda la carga que tiene un político, y con mucha creatividad y sistematización podemos llegar a resultados muy buenos.
—¿Qué tan efectivo es eso?
—Lo que pasó en Oslo es un ejemplo. Fue en base a dos académicos israelíes y dos amigos de (el líder palestino Yasser) Arafat que no tenían una posición oficial y convencieron a la gente de que tomara una decisión. Otro ejemplo es que en este momento estoy involucrado en un proceso entre cubanos y norteamericanos. Hay que ver que los gobiernos no lo vean como una cosa mala. En el caso de Cuba hay que contar con el gobierno para ver si se puede hacer. En el caso de Estados Unidos tienen que tener oído con el Departamento de Estado. La debilidad de la diplomacia ciudadana es que no tenemos poder de decisión, pero la fortaleza es que podemos hacer lo que queremos.
—El conflicto entre Israel y Palestina estuvo fuerte en la consideración pública aquí en Uruguay. ¿De qué manera trabajó este tema durante su visita?
—La visita sirvió para otra cosa. Uruguay está pasando por una de sus mejores épocas. La deuda no es conmigo sino que nos ayuden de forma constructiva a llegar a una paz entre israelíes y palestinos. ¿Por qué Uruguay? Porque es un país que tiene tradición de buscar la paz. Me pueden decir que Uruguay es un país chiquito y les puedo responder que Noruega es también un país chiquito, es la misma población que Uruguay, y cuánto hizo Noruega por la paz entre Israel y Palestina. Uruguay tiene una gran amistad con Israel y Palestina. El canciller Almagro está deseoso de colaborar. La idea es que las Cancillerías, no solo del Mercosur -quizás de América Latina, porque a veces actúan como bloque, se pongan activas en la posición de apoyar un proceso de paz justo. Una paz en la que el débil y el fuerte tienen reconocidas sus necesidades básicas.
—¿Cómo participaría Uruguay?
–El tema que nos motivó es que la diáspora organizada tiende a ser más extrema que la gente que vive en el lugar de conflicto. Es más fácil ser patriota de afuera que cuando tenés que hacer la guerra allá, o por sentimiento de culpa, porque no estás allá y entonces son más papistas que el Papa. Es el nacionalismo de larga distancia, como se dice en la academia. Entonces, ¿cuál es el tratamiento? Vamos a probar una medicina: si es que hay árabes y judíos en Uruguay que comparten valores de derechos humanos, democracia y paz, ¿por qué no trabajar juntos en un conflicto que los implica y los motiva porque tienen su cercanía de identidad? Y también lo que implica: hay que tener cuidado porque cada vez más se puede importar el conflicto árabe-israelí a América Latina. Están los atentados en Argentina en los 90 y la globalización misma, por lo que hoy no hay fronteras. Entonces, está el interés de los propios países de evitar importar el conflicto y, a la vez, de exportar la buena coexistencia que ha habido entre árabes y judíos en América Latina en general y en Uruguay en particular. Estuve en siete países de América Latina. Cada país tiene su modalidad. En Uruguay encontré, como en Brasil, las puertas abiertas. La Cancillería está muy interesada por protagonizar un rol por la paz entre israelíes y palestinos. Uruguay tiene un registro histórico sobre esto. Hablamos con el canciller Almagro. En el 2013, durante la Presidencia de Uruguay en el Mercosur, se va a hacer una convocatoria de “lado a lado”, de las dos partes para hablar. Hay un grupo germen de 18 personas que ya se reunió: seis de la comunidad árabe, seis de la comunidad judía y seis uruguayos de “buena voluntad”. Se llama “consenso uruguayo por una paz palestino israelí”. Se apoyan todos los planes de paz habidos, no hablamos del tema fronteras, queremos empujar para que las cancillerías le den prioridad y que no sea el tema veinte, sino el tema cuatro. En eso estamos.