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    Cuatro historias de “daños colaterales” de los conflictos del pasado reciente, una época cuyas consecuencias persisten

    Las balas de hace 40 años están picando. No paran. Rebotan contra los muros y encuentran nuevas víctimas aun décadas después de que alguien apretó el gatillo por última vez. En las guerras los denominan “daños colaterales”, en el barrio dicen que alguien “se comió un garrón”. Como se llame, el conflicto interno que padeció Uruguay en las décadas de 1960 y de 1970 lastimó la vida de muchas personas que nada hicieron más que estar en el lugar equivocado en el momento inadecuado.

    Julio solo quería festejar el cumpleaños de un conocido, pero terminó detenido y torturado y ahora convive con el recuerdo de las últimas horas de cinco personas que estaban con él y que fueron ejecutadas; a Gerardo no le interesaba ser conocido más que como percusionista, pero lo confundieron con un desaparecido y tanto él como sus padres fueron denostados públicamente; Rossana quería ser Rossana, pero también era Gavazzo, y por eso padeció los escraches, el vacío y el dedo acusador de profesores y compañeros de clase. Macarena se despertó con un apellido y terminó el día con otro; su historia cambió, su familia también, su lugar en el mundo se borró, su madre aún está desaparecida.

    Gerardo Vázquez (año 2000)

    De cualquiera de los lados en pugna, la caldera en que se convirtió el país entre fines de la década de 1960 y 1970, en la cual se mezclaron guerrilla y contragolpe, atentados de grupos de izquierda y de paramilitares de extrema derecha, asesinatos, torturas y desapariciones en democracia y en la posterior dictadura, dejó balas picando que todavía encuentran víctimas y no discriminan.

    Estas son cuatro historias —entre muchas otras— de “daños colaterales” de los últimos 40 años.

    “No te animes a mirarnos”.

    Julio Abreu no era nadie para el gobierno uruguayo, tampoco para el argentino. Cuando se produjo el golpe de Estado, en junio de 1973, no tuvo por qué exiliarse: apenas había militado en la campaña de Wilson Ferreira Aldunate en 1971. O sea, nada. Nunca tuvo problemas por la política. En agosto de 1974 viajó a Buenos Aires, donde había conseguido trabajo como ayudante de químico para el laboratorio Ciba Geigy; allí, desde antes, vivía su hermano, y por él conoció a varios uruguayos residentes en la capital argentina.

    El 8 de noviembre, en un apartamento en barrio Once, lejos de su casa de González Catán, Julio fue al cumpleaños de la hija de uno de los integrantes del grupo de uruguayos con quienes mantenía contacto. Apenas llegó le encargaron los mandados: “Julio, no creo que alcance la comida. ¿Por qué no vas acá a la vuelta que hay un spiedo y comprás un pollo?”, le pidió su hermano.

    “Yo te acompaño”, le dijo enseguida Floreal García, otro de los uruguayos. García había sido entrenado en Cuba, y era integrante del sector militar del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), cosa que Abreu desconocía.

    Se enteró rápido: salieron a la calle y a la vuelta de la esquina los tiraron al suelo entre gritos, insultos y palos. De inmediato los metieron en un Ford Falcon, donde uno de los integrantes del comando —todos vestidos de civil— le pisaba la cabeza y le apuntaba con una escopeta: “¡No te muevas que te mato, hijo de puta!”. Aturdido y aterrorizado, Abreu se orinó encima. No entendía nada. A diferencia de García, en su cabeza no existía la posibilidad de que algo así ocurriera.

    Mientras, otro grupo irrumpía en el apartamento y se llevaba a varios de los presentes, que también eran tupamaros.

    De allí, con velocidad llegaron a alguna parte, no se sabe bien adónde: le habían tapado la cabeza con un abrigo. Lo metieron en una pieza de poco más de un metro cuadrado, desde donde empezó a escuchar una música fuerte y su macabro entrelíneas: los gritos de algunos de quienes estaban en el cumpleaños, que estaban siendo torturados.

    A él no le pegaron: fue tortura psicológica. Practicaban con él falsos fusilamientos. En un momento un guardia le comentó: “Quedate tranquilo que a vos no te van a limpiar porque te dejaron el reloj”. En ese momento Abreu ató su expectativa de vida al reloj. Al rato apareció otro guardia y se lo sacó. Mensaje claro: era hombre muerto.

    Los días siguientes fueron iguales; traslados a distintos lugares de él y los demás uruguayos, torturas, música, gritos. Podía ver a sus compatriotas cada vez más deteriorados: García y su esposa Mirtha Hernández, Héctor Brum y su esposa —embarazada— María de los Ángeles Corbo, y Graciela Estefanell.

    Un día de diciembre los inyectaron para dormirlos, Abreu no recuerda con qué. Lo cierto es que con intermitencia recuperaba la conciencia y pudo advertir que estaba en un avión. Aunque lo habían trasladado a Montevideo, precisamente a un centro clandestino de detención en una casona en Punta Gorda, los militares uruguayos les aseguraban a los detenidos que todavía estaban en Argentina. Todos encapuchados. Más radio, gritos, horror.

    El 20 de diciembre algo estaba por pasar, era evidente, según lo recordó Abreu en una entrevista con el diario “La República” en noviembre del 2005. Como una última concesión, a los cinco detenidos les permitieron algunos minutos a solas, por pareja. Como Estefanell estaba sola se reunió a hablar con Abreu: “Mirá, Julio, a vos no te van a matar. Lo único que te pido es que cuando salgas le avises a la organización que no se habló nada, que no se dijo absolutamente nada ni nada por el estilo. Que no somos traidores, que echamos para adelante”.

    Esa noche se los llevaron a los cinco, que horas después aparecieron acribillados a balazos, atados y con los ojos vendados al costado de la ruta camino a Soca (Canelones). A Abreu lo sacaron de la casona el 24 de diciembre y lo liberaron en Neptunia, cerca de donde vivía su madrina. Una vez allí le sacaron los algodones de sus ojos, los lentes negros, y le ordenaron que mirara hacia adelante: “No te animes a mirarnos, porque te matamos”. En el camino, arriba del auto, le habían marcado el futuro: “Si hablás, te matamos a vos y a toda tu familia. Esto no lo puede saber nadie. Si no lo sabe nadie, quedate tranquilo que no te va a pasar nada”.

    Desde entonces su vida es distinta. Construyó una familia pero también tuvo que lidiar con el miedo de hablar, con el alcohol y con el trauma por lo que vivió. Estaba lejos de los conflictos, pero se le cayeron encima. Ahora es un activo militante por “verdad y justicia” en una organización de ex presos políticos.

    “No la quiero en mi casa”.

    “García, Garmendia... Gavazzo”: la conmoción del profesor de Derecho Civil se hizo evidente y casi deja de pasar lista. Al final de la clase llamó a la estudiante: “Estuve preso muchos años, me imagino de quién sos hija, pero quiero que sepas que no voy a tomar represalias contigo”.

    De forma sistemática, en adelante la hizo perder examen tras examen, y en cada caso le explicaba: “Mirá que esto no tiene nada que ver con tu apellido, ¿eh?”.

    Ya en ese momento Ro-ssana Gavazzo, una abogada que en la actualidad tiene 42 años de edad, conocía el asunto. De hecho, empezó a darse cuenta en el liceo, cuando notó que un profesor de Física se había ensañado con ella.

    En plena dictadura, su infancia era difícil: su padre, José Nino Gavazzo, era oficial de Inteligencia, estaba poco en la casa, y muchas noches la madre esperaba con angustia para saber si volvería vivo. En 1976 se frustró un plan del Partido por la Victoria del Pueblo para asesinar a toda la familia. Por la ventana de su apartamento, Rossana, de siete años, observaba la reconstrucción de la matanza que no fue.

    Con la restauración democrática la foto de su padre empezó a aparecer en masivas pegatinas en todo Montevideo sobre la leyenda “Torturador, asesino”, algo difícil de llevar para las cinco hermanas Gavazzo.

    Una tarde, Rossana se reunió con un grupo de amigos que había formado en el verano. En un momento, por la puerta entreabierta de la cocina, escuchó un nervioso diálogo de su amiga y anfitriona con su madre: “No la quiero en mi casa. Le decís que se vaya ya”.

    La mujer había estado detenida en dictadura y conocía al oficial, pero no a Rossana, quien volvió a su casa llorando sin entender qué había hecho ella. “Fue espantoso”, recuerda en entrevista con Búsqueda.

    Escenas así vivió varias veces en su vida, con el telón de fondo permanente de la foto de su padre en todos lados. Vacíos y obstáculos adrede en oficinas públicas, gestos y miradas, y un murmullo habitual: “Es la hija de Gavazzo”. También hubo cinco escraches a metros de su casa, algo que recuerda como “muy feo y violento”.

    Su padre ahora está preso, acusado por varios crímenes en dictadura. Ella es su abogada defensora, pero el Derecho Penal no parecía ser su opción: “Capaz que yo tendría que estar trabajando en otra cosa y no estar peleando por la libertad de mi padre. Lo hago con amor y con fuerza, pero es la vida la que me llevó a dedicarme a eso”.

    La defensa jurídica de su padre le permitió, sin embargo, ampliar la mirada: “Tengo una hija de casi cuatro años, la llevo a la cárcel a ver al abuelo, y a esta edad ya me empieza a preguntar por qué. Esto de pasarnos factura todos no beneficia a nadie. Se está pasando el problema a otras generaciones que nada tienen que ver, y eso es muy peligroso. Mi preocupación, más allá de la defensa de mi padre, es lo que viene para adelante. Hay que dejar de lado los odios, los rencores. Yo no siento odio. Tal vez hace un tiempo podía sentirlo, pero ahora entiendo a las dos partes”.

    “Mi familia no lo es”.

    Macarena Tauriño entró a su casa y encontró a su madre, Esmeralda Vivián, llorando. Estaba ahogada, casi no podía hablar. Desde el año anterior, cuando murió Ángel, su padre, no había pasado nada tan triste como para llorar así. Desde entonces —verano del 2000— Macarena no logra explicar qué fue lo que provocó su pregunta, tan inesperada para su madre como para ella misma, que jamás se había sospechado adoptiva: “¿Es que no soy hija de ustedes?”. La respuesta fue una revelación: “¿Quién te lo dijo?”.

    Era una joven “normal”: sentía un gran afecto por su madre y por su recientemente fallecido padre. Tenía 23 años de edad, bastante tímida, buena estudiante. Había concurrido al colegio Clara Jackson, estudiaba inglés, guitarra, cerámica. Luego ingresó a la Facultad de Ciencias pero la enfermedad y posterior muerte de Ángel la llevó a abandonar los cursos. De todos modos, tiempo después ingresó en la Facultad de Química y empezó a trabajar en el Hospital Policial.

    Pero aquel día el piso se movió. Era cierto. Macarena era adoptiva. En realidad, la historia es más complicada. El 14 de enero de 1977 alguien tocó timbre en la casa de los Tauriño Vivián. Ángel había sido comisario de Policía. Cuando abrieron la puerta no encontraron a nadie, pero a sus pies había un moisés con una bebé de menos de tres meses. Y una carta, donde se indicaba que la madre de la criatura no podría atenderla, y que se trataba de un “regalo” de Navidad.

    Hasta ahí contó Esmeralda —le aseguró que nada más sabía—. Solo le explicó a Macarena que horas antes había entrado en escena un hombre que parecía ser su abuelo biológico, y que el resto de la historia se lo contaría el sacerdote católico Pablo Galimberti, con quien rápidamente se contactó la joven.

    Todo iba a ser más raro aún. Galimberti empezó con el contexto histórico, y es lógico: lo que escucharía esa joven “normal” de 23 años, para quien la dictadura y los desaparecidos eran hasta entonces casi una ciencia ficción, sería difícil de asumir.

    Durante la década de 1970 —principalmente— funcionó el “Plan Cóndor”, una coordinación de servicios de inteligencia de las dictaduras del Cono Sur, que compartían información y hacían operativos conjuntos, le empezó a contar el sacerdote.

    En ese contexto, los servicios de seguridad argentinos habían ido a buscar al militante montonero Juan Gelman para detenerlo en su domicilio de la calle Gorriti de Buenos Aires, el 24 de agosto de 1976. No lo encontraron, pero sí capturaron a su hijo Marcelo, también montonero, y a su esposa María Claudia García, quien estaba embarazada. A Marcelo lo asesinaron y tiraron su cadáver al delta del Tigre dentro de un tonel; lo encontraron tiempo después. A María Claudia, por algún motivo desconocido, la trasladaron hacia Uruguay y estuvo detenida de forma clandestina en la sede del Servicio de Información de Defensa, en Bulevar Artigas y Palmar.

    El 1º de noviembre María Claudia dio a luz a su hija, y poco después la asesinaron. Desde entonces nadie sabe de ella. Nada. Está desaparecida.

    También lo estaba su hija, pero ahora se sabe que es Macarena, Macarena Gelman.

    Fueron semanas de locura. Conoció a su abuelo biológico, al entonces presidente Jorge Batlle, su nombre estaba en los noticieros y en las tapas de los diarios, todo el mundo hablaba de ella. La vida se le dio vuelta y descubrió la mayor crueldad de su desaparición y la de sus padres: recobrar la identidad, además de un acto de justicia, era traumático. Pasó a ser otra Macarena, con otra familia, con otra historia y con una nueva necesidad: encontrar los huesos de su madre. El 2 de agosto del 2005 ingresó al campo de maniobras que el Ejército tiene frente al Batallón de Infantería 14, en Toledo. Caminó hasta un lugar señalado con precisión, donde el Comando del Ejército —según sus averiguaciones con militares retirados- estaba seguro de que se encontraba la sepultura de María Claudia. En las horas posteriores se iniciaría la excavación.

    Otra vez, el dato era falso.

    En agosto del 2008 Macarena contó su extraña situación en una entrevista con “El País” de Madrid: “Uno se llega a sentir muy solo porque resulta que la que es mi familia no lo es, y la que es, no lo fue. (…) Estoy en una especie de crisis, en un momento en el que no sé qué va a ser de mi vida el mes que viene. Estoy muy confundida y, aunque suene un poco cursi, busco mi lugar en el mundo”.

    Tres años después, en otra entrevista para el “Colectivo de ex presos políticos y sobrevivientes de Rosario (Argentina)”, explicó: “El tiempo no cura las heridas, sino que las hace más profundas. No sé cómo estoy, he hallado el modo de sobrevivir dignamente. Estuve años sin fuerzas para hacer nada, pasé una depresión. Ahora estoy enferma a causa de la ansiedad, pero estoy empezando a recuperarme. Es un gran dolor ver el sufrimiento que ha pasado mi familia y no saber qué fue de mi mamá, y saber que hay gente con la voluntad expresa de que no lo sepa. Muchas veces me pregunto el porqué de tanta maldad”.

    “Todos somos víctimas”.

    De chiquito Gerardo Vázquez se enteró de que era adoptivo, pero el asunto nunca pareció quitarle el sueño. Tenía una muy buena relación con sus padres y siempre se dedicó a la percusión, que estudió y que enseñó.

    En junio de 1989, el día 20, Gerardo cumplió 13 años. Por ese entonces le empezaron a quitar el sueño.

    A Sara Méndez, una militante del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), la habían detenido y le habían robado a su hijo nacido el 22 de junio de 1976, apenas 21 días después.

    Méndez aseguraba que varios datos la conducían a la convicción de que Gerardo era en realidad Simón Riquelo, su hijo.

    El caso pasó a la Justicia, que debía resolver si obligaba al adolescente a realizarse un estudio de ADN, caso que él rechazaba.

    Una voz empezó a aparecer con frecuencia en el teléfono de la familia Vázquez: “Ustedes tienen a Simón, devuélvanlo porque se los vamos a sacar”. Un día Gerardo fue con su padre a ver un partido de fútbol, y cuando volvieron a su casa se encontraron con un muro pintado en el que se acusaba a la familia por haber robado al niño.

    La presión iba en aumento. Sus padres perdieron sus empleos, algunos vecinos los marginaban e incluso, cuando tuvieron que concurrir a declarar ante la Justicia, fueron hostigados a la salida. Al propio Gerardo algunos compañeros de liceo lo dejaron de saludar.

    Pasaron muchos años antes de que el presidente Jorge Batlle lo llamara, lo convenciera de que se practicara el examen de ADN, y de que el propio Vázquez explicara por qué no lo había hecho antes para aclarar todo: el motivo es que sentía que no tenía garantías de que el resultado fuera confiable.

    Lo justificó en una entrevista con Búsqueda (Nº 1.049) el 25 de mayo del 2000, días antes de que se conocieran los resultados: “Mucha gente considera que acá la única víctima fue ella, de lo cual no dudo, pero nosotros también fuimos y somos víctimas, porque sufrimos y nos causaron perjuicios. En esto no hay víctima y verdugo: todos somos víctimas”.

    El ADN dio negativo. Tres años después fue encontrado en Argentina el verdadero Simón Riquelo.

    Política
    2012-11-08T00:00:00

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