Fue hijo único y nació en Praga, en 1875, entonces parte del Imperio austrohúngaro. Su madre, que vivía obsesionada con haber perdido a una primogénita, lo obligó a vestirse de niña hasta los cinco años. Su padre, para quien el rigor era la única forma del buen aprendizaje, lo obligó a ingresar en una escuela militar, toda una tortura para Rainer María Rilke, que luego decidió ser poeta y escritor. Entre otras lumbreras de la época a quienes frecuentó, Rilke mantuvo un romance con Lou Andreas Salomé, amiga de Nietzsche y alumna de Freud, y por allí mantuvo contacto con el psicoanálisis. Rápidamente hizo de su infancia, más que un trauma, un impulso para la creación. Entre sus poemas más famosos están Elegías de Duino y Sonetos a Orfeo; entre su prosa, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Y también existen relatos, que navegan entre la ensoñación lírica, el misterio y el humor extraño, como los compendiados en Serpientes de plata y otros cuentos (Siruela, 232 páginas, $890). El poeta tiene que mencionar un molino negro donde alguien se suicida (Lo Uno); también el fin trágico de una obra literaria que se prende fuego (El consejero Horn) o el triángulo amoroso que forman un viejo dramaturgo, su joven esposa y su amante, y la obra que acaba de estrenar con gran éxito el primero, que habla de los tres. En cualquiera de estos cuentos cortos no está ausente la mirada del poeta. Rilke, que murió en Suiza en 1926 a los 51 años, siempre fue sensible al sonido de los astros y a los milimétricos cambios de ángulo del eje de la Tierra.


