El italiano Luca Guadagnino, consagrado con Llámame por tu nombre, filmó una nueva versión del clásico del cine de horror de Dario Argento y lo hizo desmarcándose de su referente. Suspiria 2018 no se parece en casi nada a Suspiria 1977. Casi podría verse como el reverso opuesto y complementario de la original. El libreto de David Kajganich, guionista de la serie The Terror, de la remake de La piscina (A Bigger Splash, también dirigida por Guadagnino) y de la nueva versión de Cementerio de animales, toma el mismo hilo argumental como apoyo para luego ir por su cuenta. Ahora, desde los primeros minutos se sabe o se intuye que la prestigiosa escuela de danza a la que acude Susie (Dakota Johnson) esconde un siniestro aquelarre que se vale del baile para camuflar sus ritos. Personajes y situaciones que en la original se encontraban en un plano secundario —la danza, por ejemplo— aquí adquieren nuevas capas de significado, mayor protagonismo y densidad. La acción transcurre en Alemania, en la época en la que se estrenó la obra de Argento, que carecía de marco temporal. La estética y la ambientación son realistas, con tonos apagados, en contraposición con aquella, influida por la animación Blanca Nieves y los siete enanitos, de Disney, recargada de rojo y delirio. La actuación de Johnson quizás sea la mejor de su carrera, mientras Tilda Swinton interpreta dos personajes opuestos y Jessica Harper (protagonista de la original) tiene un pequeño y significativo papel. La banda sonora, de Thom Yorke, líder de Radiohead, hipnótica, angustiante, ideal para un cuento embrujado, contrasta con el rock progresivo y surrealista compuesto para Argento por la agrupación italiana Goblin, y es uno de los atractivos de esta fascinante e imperfecta película, a veces demasiado necesitada de mostrarse como la versión inteligente o importante de su predecesora.
