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Se estrenó el viernes 15 en Max, hermana menor de HBO, antecedida de una considerable expectativa, y va todos los viernes a las 21, con repeticiones. Para empezar, debido a la presencia detrás de cámaras de Steven Soderbergh, talentoso, prolífico y también desparejo cineasta que en 2013, después de la presentación en Cannes de Behind the Candelabra, biopic sobre el pianista Liberace con Michael Douglas y Matt Damon, había anunciado su retiro de la industria. “Me cansé de hacer cine, dejó de ser divertido”, dijo en una entrevista en Los Inrockuptibles. “Además, la gente no veía mis películas”. Y mencionó algo que varios realizadores, guionistas y actores suelen decir desde hace algún tiempo y que ya huele a lugar común: “Todo lo que me gustaba como relato hoy está en la televisión y ya no en el cine”. Behind the Candelabra, que no se estrenó en cines y se emitió por HBO, obtuvo 11 premios Emmy y dos Globo de Oro. “Si es mi última película, estoy contento. Mi carrera ha valido la pena”.
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Después de incursionar en el teatro con The Library, una obra off-Broadway, dedicó horas a la pintura y la escritura, lo que incluyó (no lo confirmó, no lo negó) tuitear una novela de espías bajó el seudónimo @Bitchuation. Y, después de lanzar Singani 63, un licor inspirado en un aguardiente boliviano, que conoció filmando la película sobre el Che Guevara, Soderbergh volvió a la televisión, donde ha estado antes, dirigiendo dos capítulos de Fallen Angels, luego al mando del proyecto K Street, y pronto pondrá en escena una versión de su filme La experiencia de una novia.
Si bien no es el creador de The Knick (los responsables son Jack Amiel y Michael Begler), el ganador del Oscar por Traffic se encarga de la producción, de la fotografía y de la edición de los diez episodios que componen la primera temporada (Max ya confirmó que habrá una segunda), por lo que puede decirse que es el amo absoluto de The Knick: meses antes de su estreno ya se hablaba de ella como “la serie de Soderbergh”.
O también como “la serie de Soderbergh con Clive Owen”, que es el otro motivo por la que fue enlistada como una de las producciones imprescindibles del año. Lo es. Porque aquí Owen (Niños del hombre), protagonista y productor ejecutivo, está en el mismo plan que Kevin Spacey en House of Cards (o Claire Danes en Homeland o Billy Bob Thornton en Fargo o la dupla Matthew McConaughey y Woody Harrelson en True Detective). Y el plan es: Acá No Me Para Nadie.
Una actitud que comparte con su personaje, John Thackery, cirujano estrella del Hospital Knickerbocker, el Knick del que proviene el título de esta serie ambientada en Nueva York en 1900 y que muestra cómo, en medio de un contexto difícil (problemas de presupuesto, conflictos raciales, falta de cadáveres para realizar pruebas), este hombre intenta expandir los límites de la ciencia y cómo, por medio de la experimentación, la innovación y el riesgo, progresó la medicina moderna.
Es una época nublada de prejuicios y desconocimiento respecto al cuerpo y las enfermedades (algunas son un verdadero misterio), las ambulancias son tiradas por caballos y el mercurio sirve para tratar las migrañas, la cocaína es utilizada como anestésico local, casi cualquier operación es altamente peligrosa y la expectativa de la vida humana es miserable, comparada con la actual. En este contexto Thackery confía en la ciencia de una forma casi religiosa: “Hemos aprendido más sobre el tratamiento del cuerpo en los últimos cinco años que en los últimos 500. Hace 20, un hombre podía esperar vivir 39 años. Ahora la esperanza de vida es de más de 47”. Es una etapa en la que mucha gente ya no muere en su casa sino en el hospital: los médicos tienen la capacidad de prolongar la vida, y eso, en casos como el de Thackery, los vuelve esplendorosamente arrogantes.
El personaje de Owen se inspira en William Stewart Halsted (1852-1922), pionero de la cirugía moderna, diestro cirujano e infatigable investigador que introdujo innovaciones en varias técnicas y que se volvió adicto a la morfina cuando intentó dejar su fuerte adicción a la cocaína.
Halsted fue responsable, entre otras innovaciones, de la introducción de guantes en los quirófanos. Y el Thackery de Owen es, como Halsted, lúcido, tenaz, y su vida dentro del Knick es muy diferente a la que se mueve por fuera de la institución. Conviene mantenerlas bien aisladas. La jornada del doctor queda finamente sintetizada en el primer capítulo, cuando despierta en una casa de opio en el Barrio Chino y de ahí se marcha al trabajo: en el camino se inyecta cocaína en una zona de su anatomía no solo indetectable a la vista de los curiosos, también es un lugar donde aún hay venas en condiciones para el suministro de la sustancia.
Se vienen cambios en la institución. Necesitan luz eléctrica, cadáveres humanos para pruebas quirúrgicas y así dejar de usar cerdos. Por insistencia de la idealista y bienintencionada Cornelia Robertson (Juliet Rylance), a quien su padre, un importante magnate naviero, le cedió la presidencia del consejo de administración del Hospital (“De haber sido hombre, gobernarías toda la ciudad”, le dice a su hija), Thackery debe aceptar la incorporación como cirujano asistente de Algernon Edwards (André Holland), graduado en Harvard, que viene de trabajar en Londres y en París. Edwards tiene una característica chocante para Thackery, algunos médicos, e incluso muchos pacientes: es negro. Para algún colega envidioso, además, es un fraude, mientras él se las ingeniará para aplicar sus conocimientos.
Y esto no es todo. Las relaciones entre doctores y enfermeras (una de ellas interpretada por Eve Hewson, la hija de Bono, el líder de U2); la rutina de los conductores de la ambulancia, que cobran por cada paciente que llevan a la enfermería; la presencia de la sífilis y la fiebre tifoidea, que no distingue clases sociales; los ensayos de los cirujanos, practicando técnicas con cerdos; la medicina avanzando también como negocio y campo fértil para la corrupción, están en el tejido vivo de The Knick, que luce una estética y una ambientación muy cuidadas, y que en el plano sonoro se enriquece con la música electrónica-anacrónica de Cliff Martínez, viejo colaborador del director desde los años de Sexo, mentiras y video.
Capítulo a capítulo, Soderbergh no se priva de mostrar drenajes, entrañas, pústulas y hemorragias, ni de exhibir cuerpos en diferentes estados de decrepitud. Obviedad: aquí (por ahora) no hay asesinatos ocultos ni un carnaval de decapitaciones, y no por eso es una serie para vientres sensibles. La sangre corre de manera abundante, impactante, y a veces indica que una vida puede salvarse. El director ha manifestado su intención de que al menos “la mitad de los espectadores se tapen los ojos al ver una escena”. Y también: “Debe haber por lo menos una situación en cada capítulo que te haga mirar a otro lado. Y creo que lo logramos”.