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    De vasijas, tatuajes y hologramas

    MAPI, el primer museo uruguayo en el proyecto Google Art

    En una de las salas hay una estatuilla de madera, oscura, gastada. Es un San Francisco del siglo XVII o XVIII, herencia de las misiones religiosas que llegaron a estas tierras. La pequeña figura está de pie con los brazos abiertos sobre un pedestal con caja de vidrio. A pesar de su altura, es una imagen emblemática, cargada de simbolismo e historia. A través de ella, uno puede imaginar caminos de devociones, deseos, búsqueda de explicaciones y, sobre todo, de protección frente al incongruente mundo que les tocó vivir. Fue una época complicada para esta parte del mundo, cruel, sin esperanza. Una época aterradora, a la intemperie de todo sentido posible. El San Francisco sugiere también estas cosas, así como las vírgenes que pueblan la sala solitaria del MAPI (Museo de Arte Precolombino e Indígena) en el primer piso.

    La muestra se llama “Maderas que hablan guaraní” y reúne piezas esparcidas por todo el país, en iglesias, estancias, museos, casas y depósitos, recogidas y expuestas gracias a un proyecto de investigación que el MAPI comparte con la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

    “En algún momento quisimos reproducir cerámicas ecuatorianas y fue imposible”, cuenta el argentino Facundo de Almeida, desde hace un par de años director del MAPI, ubicado en la histórica 25 de Mayo, a pocas cuadras del puerto. Nada parece unir las imágenes religiosas en exposición con el intento frustrado de reproducir cerámica indígena ecuatoriana. Pero hay algo que los vincula.

    Es lunes al mediodía y el museo está a toda máquina. Gente trabajando, grupos de escolares con sus respectivos guías y una oficina que parece un taller. Todo esto parece estar unido por una respuesta que el director ofrece a Búsqueda cuando habla del sentido de un museo histórico actual. El procedimiento y la técnica utilizada en las cerámicas son tan sutiles que ningún artesano uruguayo puede llegar al punto exacto de realización. “No importa solo el objeto en sí mismo como objeto artístico, importa la proyección que puede realizarse desde el objeto, su contexto”. Así define su tarea y aspiración como parte de un proyecto que comenzó en 2004 y tiene ya una historia de logros importantes para el medio, y también ciertos cuestionamientos sobre la autenticidad de algunas obras del acervo (ver recuadro).

    De Almeida no elude ninguna respuesta. Más cerca de la idea de cultura en el sentido antropológico, de una idea de museo vivo, moderno y atractivo, defiende con paciencia y dedicación algunas de las actividades menos ortodoxas del museo. “No es un depósito de objetos en el sentido tradicional, ni para guardarlos o incluso para exhibirlos”, dice. “Una punta de lanza seguramente no sea un elemento artístico, pero dice mucho sobre otras cosas que corresponden a una época, a la cultura de la comunidad que la creó”. Desde ese punto de partida, el MAPI debe atender las formas de relacionamiento, de comer y vestirse, la religiosidad, el arte y toda expresión a la que ese “objeto” refiera.

    Las exposiciones se disparan entonces desde esta misión u objetivo central. El museo cumple con los tres pilares fundamentales de la museología contemporánea: conservar, investigar y difundir. “Sin descuidar ninguno, es evidente que la difusión es un eje prioritario”, dice el jerarca. Y explica cómo logró convocar a seis mil jóvenes en un fin de semana: llevó tatuadores para una experiencia en vivo y los conectó con la tradición cultural milenaria del tatuaje corporal. De Almeida relaciona continuamente lo histórico con lo contemporáneo, las experiencias en vivo con las tradiciones en imágenes u objetos. Recoge ideas e investigaciones, desde grupos de música hasta un videoarte, desde proyecciones holográficas hasta charlas de importantes antropólogos extranjeros.

    El MAPI es el primer museo uruguayo en el proyecto Google Art (puede visitarse virtualmente a través de Google) y ha recibido varias distinciones y apoyos. En poco tiempo ha generado una convocatoria más joven y ha dinamizado el relacionamiento entre una oferta museística y el público. Una clave es dirigir propuestas a diferentes sectores. Otra, construir proyectos que ayuden a reciclar la casa con jóvenes estudiantes a los que se les enseña a restaurar o con trabajadores del Mides. En este momento, trabajan en una sala con puerta cortafuegos y condiciones óptimas para exponer obras. “Hay que preguntarse para quién es el museo”, dice el director. Cuenta que hizo esta pregunta en una encuesta entre el personal apenas llegó y la respuesta fue: “Para todos”. “Una respuesta bien montevideana”, agrega De Almeida.

    Explica también las medidas que tomó y todos los pasos que se dieron desde su llegada. Con los tatuajes, por ejemplo, logró ir más allá del concepto actual de tatuaje e incluso superar la idea de que “el tatuaje fue creado por los hippies”, como le sugirió algún visitante. Por otro lado, defiende la calidad y el valor de la obra. “Con la imposibilidad de encontrar un artesano que pudiera replicar una vasija indígena”, entiende que “el valor didáctico, de conservación y difusión de estos objetos, sin ninguna duda cumple con la misión fundamental de un museo como el nuestro”.