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    Devoto del engaño

    Qué júbilo se le veía a Guillermo del Toro aquella noche de marzo de 2018, cuando subió al escenario del Teatro Dolby de Los Ángeles y pidió, con incredulidad, revisar el sobre que Warren Beatty sostenía en sus manos. Memo, como lo apodan sus compadres Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu, aceptó emocionado el Oscar a Mejor película por La forma del agua, recordó su infancia en México, agradeció los consejos de Steven Spielberg e invitó a los jóvenes cineastas del mundo a explorar las posibilidades que el cine fantástico ofrece para dialogar sobre lo real.

    Si se quisiera encontrar algo de esa algarabía en los pasos que el director de El laberinto del fauno tomaría luego de esa noche victoriosa, no sería fácil.

    Ganar un Oscar –o en el caso de Del Toro, arrasar con una ceremonia– abre nuevas puertas en Hollywood. Puede que hasta otorgue, en un sentido figurado, un “cheque en blanco” para que un cineasta cumpla con algún proyecto de esos cuya línea entre la ambición artística y el capricho personal se difumina rápido. Para el mexicano, la oportunidad significó dejar de lado la fantasía para concebir un noir sobre el peso de la ambición y la adictiva sensación de perderlo todo, de un momento al otro, cuando esa máscara llamada éxito termina hecha añicos en el piso.

    El callejón de las almas perdidas es la primera película de Del Toro que lo aleja del terreno de lo irreal. Los trucos con humo y espejos persisten, pero el director y guionista se muestra cautivado por el mal que habita dentro de los artistas de la ilusión y qué tan profundo en sus abismos personales están dispuestos a sumergirse para mantenerla. Si antes su cine era de monstruos, ahora es sobre lo monstruoso.

    Inspirada en una película homónima de 1947 dirigida por Edmund Goulding (y estrenada en Uruguay en 1948 en el cine Trocadero), la nueva versión cuenta con el actor Bradley Cooper como Stanton Carlisle, un buscavidas cuyos primeros minutos de presentación son suficientes para remover toda posibilidad de heroísmo en su camino.

    Tras enterrar un cuerpo –de quién no lo sabremos por un buen tiempo– y quemar el hogar testigo de este encubrimiento, Carlisle huye y consigue un trabajo en un circo ambulante. Es 1946 y el negocio parece florecer en algún rincón de los Estados Unidos. El despliegue de carpas y carretas provee entretenimiento, encanto y morbo a las generaciones criadas bajo los coletazos de la Gran Depresión. Repleto de seres con dotes extrañas, el escapismo es un sentimiento buscado y celebrado por los visitantes de estas atracciones. Es, además, la excusa que le provocará a nuestro protagonista el hambre suficiente para convertir al arte del engaño en el propósito de su nueva vida. Así, el atractivo que todo buen charlatán tiene se vuelve la emoción dominante de este mundo de supervivientes sin escrúpulos.

    De un diseño de producción magnífico y repleto de pistas que invitan a la revisión, esta es una película sobre los límites de las mentiras y la capacidad de destruir y recomponer una identidad si la situación lo requiere. Al tratarse de Del Toro, se repite la capacidad que el mexicano tiene para traducir su manufactura frente a cámara, en especial en estos tiempos donde los efectos especiales son sinónimos de líneas borrosas y cuerpos sin gravedad alguna. Los escenarios, efectos prácticos y un elenco estelar conviven en una oda a la desesperanza. Vale advertir, además, que no hay nada de la dulzura que empapaba a La forma del agua. No hay interés alguno, en el Del Toro más reciente, en acercarse a un final feliz.

    Si antes el director se mostraba entusiasta por reflejar el mundo mediante parábolas, ahora lo hace con espejos realistas pero retorcidos, donde el ascenso del populismo desinformante se traduce en la supervivencia de un hombre dispuesto a todo para no volver a la nada.

    En una propuesta díptica, la primera parte de la película está ambientada en el carnaval, y hace un recorrido por las carpas y las vidas de un reparto de secundarios que funciona como un homenaje a la tierna fealdad de los protagonistas de Freaks (1932), de Tod Browning. La experiencia es inmersiva desde el comienzo, y lo que empieza como un retrato de un protagonista de silencio extremo, se desfigura en la construcción de un futuro maestro de ceremonias capaz de encantar audiencias enteras, una vez que Carlisle comienza a prestar atención a qué piensan los creadores y ejecutores de esos pequeños espectáculos estrafalarios. Como mundo cuyo combustible es el artificio, el circo también es un desfile por la honestidad de estos trabajadores, dispuestos a enseñarle a Carlisle los vericuetos de sus oficios, entre los que se incluye un interés romántico por una mujer capaz de recibir descargas eléctricas, interpretada por Rooney Mara.

    Un alejamiento posterior del circo lleva a Carlisle entrenado por una dupla de ilusionistas (Toni Collete y David Strathairn) a la ciudad, un lugar deshumanizado en comparación con la primera gran locación de El callejón de las almas perdidas. Es allí donde Del Toro se inclina por los orígenes criminales de la obra, y apuesta por convertir lentamente el suspenso con un gusto por lo fantástico en un noir de tintes clásicos. Aparece entonces una femme fatale, memorable interpretación de Cate Blanchett, como una psicóloga que contrata los servicios de Carlisle. Al juego de seducción que estos dos actores llevan adelante se le podrían agregar unas gabardinas, un vestido rojo y algo de niebla, pero Del Toro prefiere conversar con lo reconocibles del género mediante una puesta en escena anclada en el art déco y la seducción que da lugar a una construcción de mentiras sobre mentiras.

    Abundan los ecos de esa soledad sin igual de las pinturas de Edward Hopper, al igual que la crisis existencialista de una nación redescubriéndose a sí misma en pleno siglo XX. Ambas ideas se traducen en el camino del embustero y mentiroso protagonista, que no se plantea un enfrentamiento a sus demonios sino, más bien, los invita a formar parte del espectáculo. La sensación de una derrota inminente está siempre en el aire, junto a la pérdida gradual de la empatía por el protagonista. Ese frenesí lo tiene a Del Toro liderando un descenso que vale su precio y que pide, a gritos, una pantalla grande.

    El callejón de las almas perdidas está nominada a cuatro premios Oscar (incluyendo Mejor película, fotografía, diseño de producción y diseño de vestuario). Al igual que Dune, no contó con una nominación para su director, lo que merecería mirar con desdén la nueva invitación que la Academia extendió al mexicano para formar parte una vez más de su circo. Del Toro es un verdadero mago en esto de hacer películas y, como todo prestidigitador de su nivel, hay que esperar con ansias a ver qué más esconde en su galera.

    Vida Cultural
    2022-02-16T21:47:00

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