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Así los definió un amigo: como un puntazo directo al cuello. Es que estos Cuentos completos (Páginas de Espuma, dos tomos), de Guy de Maupassant, no dan respiro: el tipo no se anda con preámbulos ni descripciones exhibicionistas. Además, no se extiende más de lo necesario porque no lo necesita. Un maestro de lo justo, lo compacto y esencial.
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Dicen que Maupassant (1850-1893) tenía al mejor de los padrinos, el tipo que lo defendía y lo presentaba en todos los ambientes literarios: Gustav Flaubert. Las malas lenguas también daban a entender que era su padre. Lo cierto es que Maupassant realmente amaba la poesía, pero lo que supo concebir como nadie fue el cuento corto. A una temprana edad comenzó a escribirlo, y al mismo tiempo aparecieron sus padecimientos, como si una cosa llevara a la otra: dolor de cabeza, sensaciones de extrañeza, miedos exacerbados, un combo de locura que finalmente acabó con su vida, pero antes le dio a la literatura algunas de sus mejores páginas.
Por ejemplo, El Horla, donde el asunto consiste en describir una presencia que se intuye irreal pero al mismo tiempo tiene el poder de lo verdadero, aunque esté más allá de lo racional. Esto se construye con una indispensable batería de palabras exactas. Los elementos en juego: el narrador y su habitación, una botella de agua, un libro, un jarrón de Venecia, nada más. Y sin embargo, uno de los mejores relatos fantásticos de todos los tiempos.
Otro tanto ocurre con ¿Él?, pero esta vez abordando el temor a la locura. El narrador dice: “no le temo a nadie que entre a mi casa, lo mataría sin problemas; tampoco a los muertos, no creo que haya vida después de la muerte”. El narrador tiene pánico a sí mismo, y en ese camino se adentra el texto.
Hay maravillosos ejemplos de lo siniestro-poético (La noche, ¿Quién sabe?), del mundo onírico (Sueños), de la violencia del mundo real (El ahogado) o del amor y cómo hacer lo imposible para alcanzarlo (Madame Parisse). El universo Maupassant es inagotable.