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Una rareza. Animación de origen brasileño que recurre a una técnica radicalmente apartada de las convenciones actuales, donde se privilegia la imagen en 3D, que busca capturar la atención de un público infantil —de siete años en adelante— compite por el Oscar en esta categoría, frente a títulos como Intensamente, de Disney-Pixar, y Anomalisa, largometraje para adultos realizado en stop motion y dirigido por Charlie Kaufman y Duke Johnson.
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Es una rareza porque en El niño y el mundo —premiada en 2014 en el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy y estreno del sábado 20 de febrero en Sala Zitarrosa— los trazos son majestuosamente sencillos, geométricos y cambiantes, hay líneas, colores y texturas que parecen hechas con óleo pastel o pintadas simplemente con lápices de colores —por niños. Hay vehículos y artefactos construidos a partir de collages. Hay figuras humanas que se mueven como robots. Hay música —mucha música— que baila en el aire, que se puede ver y que se guarda en una lata —como recuerdo, como herencia, para escucharla después. Y hay un niño, El Niño, que un día ve que su Padre se marcha en un tren. Los diálogos, que son muy limitados, precisos, se despliegan en portugués invertido, no se entiende un corno, y aun así está claro de qué se habla. El Padre se va a trabajar a la ciudad. El mundo está cambiando con una extraña e inquietante rapidez. Se nota y se notará en los colores, en los sonidos, en las formas que se replican. El Niño inicia un viaje, que es también mental, para saber más, para conocer sobre el destino de su Padre. Ese conocimiento tal vez ayude a saber más sobre él. El tiempo es un factor fundamental: en esta animación parece disolverse en un caleidoscópico juego donde el protagonista se encuentra con personajes curiosos, con realidades duras —las condiciones de trabajo en las zonas rurales—, con un futuro difícil. Es necesario aceptar el ritmo que propone la película, que es lo que la hace una rareza, y lo que también permite disfrutarla.