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Al verano se le adjudica esa cualidad informal, relajante, descontracturada, por oposición al otoño e invierno donde parece que el frío tiñe la actividad artística con una cierta intensidad y formalidad diferentes. Al menos esto es así en este país. Por ese motivo la Orquesta Filarmónica de Montevideo está partida en dos durante el verano, para ofrecer por un lado Galas de Tango en diferentes escenarios y música clásica en otros, con la lógica consecuencia de que el repertorio abordable se vea reducido por la cantidad de músicos disponibles.
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El lunes 4 en el Teatro Solís la referida orquesta terminó su ciclo de música dirigida por Piero Gamba. Anunciado a la hora 21, cuando eran las 21 y 10 seguía entrando gente como si tal cosa; a las 21 y 13 el concertino y la orquesta afinaron y a las 21 y 14 entró Gamba al escenario, todo al compás del biorritmo veraniego de que hablábamos.
El programa, clásico por los cuatro costados, empezó con la “Obertura de Las Bodas de Fígaro” (Mozart), en una lectura lineal, escasa en energía y en contrastes de dinámica. Luego el joven Benjamín Browne, excelente trompetista estadounidense radicado en nuestro país, hizo el “Concierto en Mi bemol mayor” de Haydn. Browne exhibió un sonido dulce, nada estridente y una afinación perfecta. Gamba acompañó con justeza de coordinación, aunque también aquí la respuesta de la orquesta fue más bien apagada.
Director y músicos parecieron salir del letargo en la segunda parte, cuando interpretaron la “Sinfonía N° 35 (Haffner)” de Mozart. La diferencia de este Mozart con el de la Obertura fue notoria. Más límpido, más enérgico, con matices muy bien logrados en las cuerdas y con un punto altísimo en el trío del Menuetto, evidenciaron que Gamba y sus dirigidos ensayaron con cuidado y pusieron en la sinfonía un profesionalismo y un cariño mayores que en la Obertura inicial.
El concierto finalizó con algo curioso: la amalgama del primer movimiento de la “Quinta Sinfonía” y el último movimiento de la “Séptima Sinfonía”, ambas de Beethoven. Se nos explicó que con los músicos de que disponía, Gamba no quiso acometer ninguna de las dos sinfonías por entero. La sensación fue rara, aunque es justo decir que el director hizo una interpretación netamente clásica, sobria y equilibrada, y obtuvo de la orquesta una respuesta prolija, sobre todo en el movimiento de la “Quinta”.
Lo cierto es que la liviandad veraniega y el reparto de la orquesta con otros compromisos nos trajo también esta rareza de programación y nos dejó con ganas de escuchar la “Quinta” entera. Veremos si los próximos fríos nos devuelven la puntualidad y el resto de la sinfonía.