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Tame Impala no es una banda sino un australiano encerrado en un cuarto entre consolas, instrumentos y computadoras. Se llama Kevin Parker y tiene 30 años, un peinado hippie hasta los hombros, barba a lo Jesús y una chalina colgada al cuello. Cada tanto se recluye en su estudio con algo para tomar y sale tiempo después con un disco que nadie más conoce. Cuando estaba trabajando en el último, su tecladista Jay Watson poco pudo anticipar al respecto: “Creo que nadie lo escuchó excepto él y su novia”, dijo a la prensa. “Va a estar buenísimo, como todo lo que él hace”.
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Lo que había hecho hasta entonces eran los discos Innerspeaker (2010) y Lonerism (2012), dos aventuras de rock y pop psicodélico que suenan a John Lennon orbitando Marte o sumergido en el mar, con paisajes llenos de capas, ruidos, detalles, rincones y texturas para escuchar con auriculares. Y una voz inquietantemente idéntica a la del ícono beatle. Tame Impala se convirtió en la reencarnación del sonido de los 60, uno de los últimos bastiones para los rockeros dentro del mainstream de la industria musical. O eso pensábamos hasta que en el 2015 llegó Currents.
“Disco shit”, lo define uno de los felices portadores de una entrada para el recital de presentación en Berlín. Es el lunes 8 de febrero por la noche y Tame Impala está por tocar en el teatro Columbia Halle. En su versión grupal, la banda gira por Francia, Alemania, Inglaterra y otros países europeos antes de desembarcar en marzo en Latinoamérica para tocar en el festival Lollapalooza en Chile, Brasil y Argentina. Allí actuará el viernes 18, en el hipódromo de San Isidro.
En la entrada, un letrero luminoso dice “Sold Out!” y unos policías aburridos en una camioneta estacionada ven llegar a la gente. Es más probable que caiga un meteorito a que haya un disturbio en este concierto. Adentro, los técnicos de sonido se pasean por el escenario vestidos con túnicas blancas de laboratorio. Instalan los efectos, luces y sonidos que deben coordinar con precisión, un trabajo casi científico.
El tipo que se hace llamar Tame Impala creció en Perth, Australia, cerca de la playa. Vivió con su padre, un músico amateur que lo desalentó de seguir esa profesión pero que tenía discos para escuchar. Aprendió a tocar la batería y la guitarra y para disimular se anotó a estudiar ingeniería y astronomía. Se mudó con varios amigos que zapaban, escuchaban Black Sabbath y fumaban porros. Dice que su vida cambió cuando descubrió que podía grabar capas de sonido una arriba de la otra: ya no necesitaba a nadie más, podía hacer música solo.
Parker dice que se aisló al extremo cuando grabó Lonerism entre Perth y París, donde vivió un tiempo con su novia de entonces, una cantante francesa llamada Melody Prochet. Ese disco, que evoca a Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band o a Pet Sounds, le valió premios, ventas y reconocimiento. Después se separó, volvió a Perth, se compró una casa con un estudio de grabación y otro donde puede diseñar las luces de sus shows. Y se encerró de nuevo para grabar, producir y ahora también mezclar sus nuevas canciones.
Un láser verde gira como una rueda de la fortuna contra el telón y hace un ruido robótico que se va quedando como sin batería. La banda sale a escena en Berlín. Una introducción instrumental supersónica da paso a Let it happen, la odisea de sintetizadores con la que empieza Currents, una colección de temas de dance, de pop electrónico, soul y funk en la tradición de Prince, los Bee Gees, Stevie Wonder o Pharrell Williams. Las capas de antes dejaron paso a sonidos despojados y llenos de efectos digitales, las voces pasaron al primer plano, las pocas guitarras que no desaparecieron emiten sonidos irreconocibles. El falso Lennon de un par de años atrás ahora se pone chaleco con lentejuelas y sale a bailar.
En las entrevistas que dio para promocionar el lanzamiento, Parker no se cansó de gritar a los cuatro vientos su liberación. “Siempre me gustó la música pop. Me encanta lo que le hace a mi cerebro y lo había callado por mucho tiempo”, dijo a Grantland. “Pensaba que esas influencias eran tabú o no encajaban en el terreno del rock psicodélico”, declaró a New Musical Express. “Cada melodía que alguna vez escribí es una melodía pop. Para mí, el pop es un sabor que podés poner y sacar de una canción”, empalagó en DIY. “No podés controlar lo que sos, ni en qué te estás transformando, ni en qué te convertís”, se resignó en Complex.
Para mayor espanto, nuestro héroe psicodélico revela a Entertainment Weekly que nunca escuchó un disco entero de los Beatles, desde el principio hasta el final. Que los cuatro de Liverpool no lo inspiran más que Britney Spears. Hurgando más, nos enteramos de que prefiere escuchar a Daft Punk y que compuso un disco entero para su compatriota Kylie Minogue que nunca vio la luz. Que su ídolo actual es el productor sueco Max Martin, autor de hits de Britney y los Backstreet Boys.
Los focos vuelcan luces rosadas, celestes y amarillas sobre el escenario en la capital alemana. Parker baila con una mano arriba y un contoneo leve de la cadera, como un DJ sin mucho swing. Los demás músicos permanecen estáticos, ejecutan su libreto con precisión, sin improvisar. Alternan algunas de las canciones más viejas, que en vivo requieren arreglos, con la energía de The Moment, la melodía de Eventually y el groove de The Less I Know the Better que son adictivas e irresistibles. Lejos de la experiencia contemplativa e introvertida de la psicodelia, el concierto es una pista de baile.
Desde que salió del closet, Kevin Parker es el centro de la fiesta. Grabó tres canciones en el último disco del productor Mark Ronson. Colaboró con Kendrick Lamar, el rapero de moda. Está envuelto en un juicio entre compañías discográficas por regalías impagas. Lo hostigan con ridículas acusaciones de plagio a una vieja banda de funk y al cantante adolescente argentino de los ochenta Pablo Ruiz. Llegó al número uno en Australia y está en los primeros lugares de los ranking estadounidenses y del Reino Unido. Sus canciones salen en comerciales de teléfonos y relojes inteligentes. El más reciente disco de la estrella pop Rihanna incluye una versión de New Person, Same Old Mistakes, la última canción de Currents, con la que cerraron el recital en Berlín.
Una semana después, en la noche del martes 15, Paul McCartney rebotó en la puerta de la fiesta de un rapero en Hollywood después de los premios Grammy. “¡Soy Mark Ronson!”, gritaba a ver si lo dejaban entrar. Pero es en vano, ha caído el viejo orden. Los 60 quedaron atrás y el australiano encerrado entre las consolas se liberó a tiempo.