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    El Upper West Side era una fiesta

    Cierta anomalía rodea a Amor sin barreras, la nueva película de Steven Spielberg. Su llegada a los cines en Uruguay se da en un momento poco favorable, para empezar. Apenas si logró estrenarse una semana antes de la última película de Spider-Man, un fenómeno ya asegurado de taquilla que instaló, desde hoy, un dominio de funciones dentro de la oferta local. El arácnido es, desde el punto de vista comercial, una canasta navideña más que bienvenida para las salas que permanecieron cerradas en los últimos dos años.

    Y la pandemia es otra de las peculiaridades alrededor del lanzamiento de Amor sin barreras. Su fecha original de estreno era diciembre de 2020 hasta que fue pospuesta por un año completo. Era el regreso de una de las figuras más veneradas del cine estadounidense con una propuesta seductora para la Academia: una nueva adaptación de un musical clásico. Exhibirla en plena crisis sanitaria mundial, fulminante con la distribución cinematográfica, hubiese sido una decisión que los estudios 20th Century, una propiedad del conglomerado Disney, no querían lamentar.

    Un año después no se podría afirmar que la decisión haya sido la más atinada. Amor sin barreras ya es considerada un fracaso comercial rotundo. Su primera semana de recaudación en el mundo le dejó unos 16 millones de dólares, monto muy por lo bajo del presupuesto de 100 millones que costó la película, una producción de Amblin Entertainment. Que en Uruguay solo se pueda ver en un puñado de funciones a una semana de su estreno tampoco es un buen augurio para el futuro comercial del musical.

    Una película así, sin estrellas ni superhéroes, ¿tiene lugar en una cartelera donde cada vez más se mezclan estrenos con lanzamientos en simultáneo en plataformas? El año en el que se habló del regreso del género músical de la mano de In the Heights, Tick, Tick... Boom! y la animación Encanto (tres producciones vinculadas al prolífico showman Lin-Manuel Miranda) ni siquiera Spielberg parece dar en el clavo. ¿Acaso perdió su atractivo comercial?

    Los últimos años de Spielberg han tenido altibajos. Incluso considerando que la vara siempre parece estar más alta al momento de tratar su obra, sus mejores épocas quedaron atrás. Hubo experimentos estimulantes de entretenimiento familiar con Ready Player One: comienza el juego y El buen amigo gigante, al igual que sólidos dramas como The Post: los oscuros secretos del Pentágono y Puente de espías. También estuvo al frente de la impresionante Lincoln, la divertidísima Las aventuras de Tintín y la olvidable Caballo de guerra.

    De todas formas, le bastan a Spielberg tan solo unos segundos para que todo eso deje de importar. La catarata de estrenos, la pandemia, la filmografía y demás queda por fuera de la experiencia elaborada por el cineasta. Una vez que se ve el primer plano y se escucha la primera nota de Amor sin barreras, es hora de prestar atención a un verdadero espectáculo. Las trompetas del logo iluminado de 20 Century Studios —sigue siendo raro no ver la palabra Fox ahí— funcionan como el prólogo de un tipo de cine que el “tudum” introductorio de Netflix rara vez puede prometer.

    Lo primero que se ve, entonces, es una ciudad en ruinas, como si una guerra la hubiese azotado. Los escombros pertenecen a la demolición en proceso de un barrio neoyorquino que tiene los días contados. Es 1957 y con la futura construcción del Lincoln Center, una universidad y otros proyectos, el gobierno de Nueva York amenaza con desplazar a miles de habitantes. Entre ellos se encuentran los protagonistas de esta secuencia inicial: las pandillas rivales de Sharks y los Jets.

    Las melodías compuestas originalmente por Leonard Bernstein empiezan a tomar protagonismo mientras las calles de una Nueva York hiperrealista de los años 50 comienzan a poblarse con pandilleros que mezclan la violencia barrial con la elegancia del ballet. Palabras en español pueden leerse en la cartelería de los locales y la comunidad de San Juan Hill es alertada de la presencia de los Jets, un grupo de jóvenes criminales estadounidenses con resentimiento por las nuevas generaciones de migrantes latinos en su ciudad. Uno de los miembros de la pandilla carga con pintura que usarán para mancillar un mural con la bandera de Puerto Rico, pintada en pleno corazón del barrio de los Sharks. Lo único que estos dos grupos de encantadores delincuentes aficionados al chasquido pretenden es dejar una huella en su tierra, una señal de su pasaje por el mundo. Un mundo anclado en la fantasía, los amores no correspondidos, los sentimientos cantados y los pasos sincronizados. El primer y deslumbrante musical dirigido por Steven Spielberg.

    Como todo visionario, Spielberg es un hombre que sabe tomar riesgos. Rehacer un clásico es uno. Amor sin barreras, la de 1961, fue una adaptación al cine de un musical original de Broadway de 1957. La película fue creada, codirigida y coreografiada por Jerome Robbins y tuvo letras de Stephen Sondheim y música de Bernstein. Es una pieza fundamental dentro de la tradición musical estadounidense y ganó 10 premios Oscar, incluida mejor película y dirección (Robert Wise y J. Robbins). Una modernización de la historia de Romeo y Julieta en un drama urbano sobre el miedo a los migrantes y el racismo que tuvo su estreno en Uruguay en 1963, en el Cine California.

    La osadía de Spielberg está en pararse en el hombro de este gigante para anunciarle, en el oído, que va a intentar duplicarlo bajo una nueva perspectiva, una sensibilidad diferente y con el propósito de honrarlo. Spielberg es un artista que ha trabajado durante décadas en la autoexigencia, incluso cuando implique justificar la decisión de reversionar un espectáculo que a primera vista no necesitaba ser revisado.

    En las notas de producción de la nueva Amor sin barreras, se cuenta el rumor de que a Spielberg le interesaba hacer una nueva versión del musical hace varios años. Al parecer, era de público conocimiento la devoción que el director tenía por el original. De chico, cuando en su casa escuchaba el álbum del elenco original de Broadway, cantaba las canciones de memoria durante las comidas en la mesa familiar.

    Una pieza fundamental para concretar el deseo cargado de un pasado sentimental para el cineasta fue el fichaje del dramaturgo y guionista Tony Kushner, quien trabajó para Spielberg como libretista de Munich y Lincoln. Otros artistas que también se apuntaron al proyecto fueron el director de fotografía Janusz Kaminski, el diseñador de producción Adam Stockhausen y el montajista Michael Kahn. Viejos colaboradores al servicio del maestro, una vez más.

    Luego de completar The Post, Spielberg se sintió confiado en que había llegado la hora de trabajar en su versión del musical, aunque con algunos cambios fundamentales en comparación a su antecesor. Decidió, por ejemplo, que los actores que integrarían el elenco de los Sharks fueran latinos y jóvenes, a diferencia del disonante reparto original encabezado por adultos principalmente caucásicos. Esa es una de las varias diferencias que esta película presenta frente a la de 1961. También hay un reordenamiento de las canciones, un desarrollo más profundo en las motivaciones dentro del reparto secundario y la creación de nuevos personajes, como uno interpretado por la actriz Rita Moreno, la estelar figura reincidente de esta reversión.

    Una de las principales virtudes de la nueva Amor sin barreras es la frontalidad e inmediatez con la que logra pararse por sí sola. Es un musical de secuencias cargadas de una vivacidad impactante. Hay una estética que busca lo realista pero lo recarga de lirismo y asombro con una fotografía cuya frialdad transmite la veracidad de un pasado imaginario. Spielberg reafirma que, en sus manos, una cámara es una herramienta única que solo algunos pocos saben manejar con real destreza. Es notorio cómo jamás se deja seducir por los complejísimos números de canto y baile que bien podría reproducir en tomas abiertas que demuestren la escala deslumbrante y costosa de esta propuesta. Por el contrario, sus composiciones apelan al cambio constante en el valor del plano, anclándose en una edición rítmica que permite digerir una estimulante puesta en escena, a sus carismáticos protagonistas y su vestuario de colección, que merece un destaque aparte.

    Con una alegoría clara sobre los problemas entre sociedades fronterizas, hay sí algunos puntos en común con la versión de 1961 que de alguna forma realzan las debilidades no deseadas en ambas producciones. El romance entre la latina María y el yanki Tony (aquí interpretados por una reveladora Rachel Zegler y un frustrante Ansel Elgort) sigue siendo de lo menos interesante del conflicto entre los Sharks y los Jets. De hecho, son los respectivos líderes de ambos bandos, Bernardo (David Alvarez) y Riff (Mike Faist), quienes protagonizan una película paralela más cautivante que el atropellado amorío entre María y Tony.

    Spielberg ha dicho que mientras filmaba Amor sin barreras quería que el rodaje nunca se terminara. No se puede decir lo mismo de la película, cuyo metraje de casi tres horas es desmedido pero en gran parte perdonable gracias al esplendor innegable que el cineasta ha puesto en la elaboración de su primer musical. Si Amor sin barreras se siente como una anomalía, debe ser porque es la prueba de que un artista puede encontrar el coraje para sorprender y emocionar explorando nuevos territorios. Si la necesidad de rehacer un clásico radica en apelar a la unión en la era de las divisiones, hay algo en lo que todos podemos estar de acuerdo: Steven Spielberg tiene una nueva y radiante película para mostrar, y eso es motivo suficiente para celebrar.

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