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    El Uruguay del Frente Amplio se abrazó al mundo de los inversores y los organismos financieros, dejando atrás desconfianzas mutuas

    Fue en el emblemático Willard Intercontinental Hotel, ubicado en el número 1401 de Pennsylvania Avenue de Washington DC, donde Tabaré Vázquez tuvo su primer contacto con el mundo financiero. Allí Citibank había organizado un desayuno con clientes para que escucharan de boca de Carlos Steneri, como representante de Uruguay, la situación del país en momentos en que se corría la carrera electoral. Pero para sorpresa de varios, a la reunión, efectuada en julio de 2004, llegó el presidenciable por el Encuentro Progresista-Frente Amplio junto a su comitiva y periodistas que lo seguían en la gira.

    Superado el desconcierto, Steneri hizo una presentación en la que destacó que la economía estaba mejor de lo previsto, tras la crisis que en 2002 había puesto al país a centímetros del abismo. Vázquez escuchó y luego, en el almuerzo que tenía programado con Citibank, transmitió que si era electo no daría un golpe de timón al rumbo económico. En el banco estadounidense quedaron satisfechos y confiados de que, en caso de llegar al poder, la izquierda uruguaya no haría locuras.

    Viendo lo actuado en estos 11 años y medio, ese mundo financiero —los organismos multilaterales de crédito y “los mercados”, una expresión que personifica a los bancos, fondos de inversión y las calificadoras de riesgo— terminó por aceptar con agrado a los gobiernos frentistas. Gracias a esa confianza ganada por andar no muy lejos del centro del espectro político Uruguay entró en 2012 en la categoría de país de bajo riesgo como deudor —el investment grade, ahora debilitado— y se hizo frecuente conseguir compradores de sobra al ofrecer un bono (incluso en pesos y a devolver el capital en plazos muy largos), si bien también jugó a favor que en los últimos años hubo dinero en abundancia buscando alternativas. 

    Para un país cuyo Estado históricamente gasta más de lo que le entra a la caja, mantener una relación armónica con los prestamistas es vital para hacer andar la bicicleta: cada nueva emisión de títulos permite pagar la anterior y financiar gasto. Ese pedaleo se profesionalizó con la Unidad de Gestión de la Deuda Pública, primero coordinada por Steneri y Azucena Arbeleche, y ahora por Herman Kamil.

     

    Rompiendo el molde

    “Danilo Astori se sienta en una imponente mesa artesonada de roble en su oficina en Montevideo, llenando el aire con palabras suavemente pronunciadas sobre su relación excelente con el Fondo Monetario Internacional (FMI), la mejora del ambiente de negocios y el final inevitable de los monopolios estatales en Uruguay. El tono no es lo que usted podría esperar del ministro de Economía de un gobierno de izquierda que incluye a comunistas y antiguos guerrilleros. Pero a menos de 100 días desde que la coalición Frente Amplio asumió el poder, las palabras de Astori animan a los mercados e impresionan a Wall Street”. Esa percepción planteaba en junio de 2005 el diario “Financial Times” en un artículo titulado “Los mercados toman a Uruguay como centro, rompiendo el molde de la izquierda”.

    Esa misma semana el Directorio Ejecutivo del FMI había aprobado un acuerdo con el país que, según dijo entonces Astori a Búsqueda, “inyecta confianza”, “credibilidad” e “impulso” para poner en marcha “reformas imprescindibles” que permitirían aumentar la inversión y el crecimiento económico (Nº 1.307). Las negociaciones para alcanzar dicho acuerdo stand-by habían avanzado rápidamente, en parte porque, con el Brasil de Lula, en Washington terminaron aceptando que la izquierda latinoamericana era capaz de manejar la economía sin destruirla. Indirectamente también colaboró la figura de Enrique Iglesias, por entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y uno de los uruguayos más confiables e influyentes en esos ámbitos hasta hoy.

    La “Carta de Intención” con el FMI —a la postre la única en los tres gobiernos del Frente Amplio— estuvo fechada el 24 de mayo de 2005 y llevó las firmas de Astori y de Walter Cancela, como presidente del Banco Central (BCU). Además de los típicos compromisos sobre metas macroeconómicas (resultado fiscal, reservas, endeudamiento bruto, etc.), incluyó otros referidos a reformas estructurales, como implementar cambios amplios en los impuestos, asegurar por ley una “autonomía apropiada” para la autoridad monetaria, fortalecer la regulación del sistema financiero y crear la Unidad de Deuda. Un funcionario que participó en esas conversaciones dijo a Búsqueda que era un programa “como los que hubo antes”, con blancos y colorados, y lo distintivo “de izquierda” en todo caso era el Panes, el plan contra la pobreza y la indigencia de Vázquez.

    El compromiso era por tres años, pero la administración frentista decidió cancelarlo antes.

    En junio de 2005 el Banco Mundial (BM) aprobó un programa quinquenal con Uruguay que habilitó créditos por U$S 800 millones. El organismo ponderó que el gobierno de Vázquez “ha abrazado la agenda para el cambio” ratificando al mismo tiempo “la continuidad de muchas políticas” (Nº 1.308).

    Años después Vázquez volvió a Washington para reunirse con autoridades del BM y de la Corporación Financiera Internacional —su ventanilla para el sector privado— tratando de destrabar un préstamo para la instalación de la planta de celulosa de Botnia en Fray Bentos, mientras había una guerra solapada con Argentina por capturar esa inversión millonaria. Fue una charla tensa de la que no se llevó nada.

    La relación de los técnicos de los organismos con las administraciones del Frente Amplio empezó siendo fría y con cierta desconfianza mutua, pero luego el intercambio se hizo más fluido y colaborativo, según relatos recogidos por Búsqueda. Por ejemplo, el indisimulado recelo de la comunista Marina Arismendi —también ministra de Desarrollo Social en el primer período de Vázquez— dio paso a un vínculo de afinidad con técnicos del BM que se mantiene hoy.

    A mediados de 2005 varios ministros de la primera administración del Frente Amplio, entre ellos José Mujica, participaron de un brindis con la vicepresidenta regional del BM, Pamela Cox, para celebrar la inauguración de la sede de la institución en la Ciudad Vieja; la foto del evento terminó pegada en los muros junto a reproches de los más ortodoxos de la izquierda.

    Los organismos ensalzaron la gestión económica frentista a través de comunicados que recién empezaron a moderar su tono elogioso en los años recientes al aflorar algunos problemas. También hubo otros gestos de respaldo, como la visita a Montevideo —en marzo de 2011— del director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn.

    Con apoyo financiero y/o técnico del FMI, el BM y del BID, las tres administraciones llevaron a cabo diferentes reformas, dentro del propio aparato estatal, en el sistema tributario y en el sector bancario, por ejemplo. El asesoramiento recibido de esas instituciones —que fueron abriendo su mirada y replantearon algunos paradigmas de Bretton Woods— es algo que valoran los funcionarios uruguayos. Desde el otro lado, los “tecnócratas” de los organismos ven en el país un caso modélico en ciertos aspectos, si bien también los frustra ver que las lógicas partidarias frenan cambios que creen de sentido común. “Hay un diagnóstico ampliamente compartido sobre el serio problema en torno a la calidad de la educación, pero por razones políticas es difícil hacer transformaciones”, resumió uno.

    Paralelamente, el mundo de los inversores financieros abrazó al Uruguay del Frente Amplio. Fueron simbólicos los golpes de martillo que, después del toque de campana, como parte del cierre de las operaciones de la Bolsa de Valores de Nueva York, dio el 19 de febrero de 2014 Mario Bergara, siendo ministro de Economía en el último tramo de la administración de Mujica. “Es un país que respeta los contratos”, destacó una fuente conectada con inversores financieros del exterior.

    Con las calificadoras, que con sus notas tienen el poder de hacer pagar a un país millones más o menos según el riesgo de incumplimiento que le asignan, la relación fue colaborativa en estos años, si bien también hubo momentos tensos. En 2011, el entonces ministro de Economía, Fernando Lorenzo, les pegaba duro porque entendía que Uruguay recibía una evaluación peor a la que merecía; al año siguiente llegó el investment grade, un objetivo al que la Unidad de Deuda le dedicó “mucho tiempo y trabajo”, dijo a Búsqueda Arbeleche, vinculada ahora al Partido Nacional. Y hace pocas semanas Bergara, hoy titular del BCU, comparó a estas agencias con las esposas, “un mal necesario”; luego se disculpó con las mujeres.

    La izquierda uruguaya es “mucho más madura, más responsable de lo que se suele ver en América Latina” y ello es valorado por los mercados, evaluó, consultado por Búsqueda, Jaime Reusche, vicepresidente y analista senior de riesgo soberano de Moody‘s.

    En los últimos tiempos, con la economía débil y las finanzas públicas en rojo, los analistas adoptan una mirada más cauta sobre Uruguay. De hecho, recientes reuniones con funcionarios del gobierno fueron ásperas.

    Lo óptimo hubiera sido haber ajustado cuando todo marchaba bien, opinó Reusche. Ahora “es la primera vez en muchos años en donde se da una acción crediticia no favorable. Es difícil digerir eso para las autoridades”, apuntó el analista.

     

    “Evolución natural”

     

    Convencer a sus propios compañeros de partido de que Uruguay no debía aislarse de los organismos financieros y los mercados —bajando así las banderas de “fuera el FMI” o “no pagar la deuda externa” que el Frente había izado cómodamente cuando ejercía de oposición— resultó una tarea cotidiana para Astori, tanto en el rol de ministro como de vicepresidente de Mujica y ahora otra vez al frente del equipo económico. Como segunda línea siempre hubo técnicos, resistidos también por los más radicales, pero considerados solventes por los observadores internacionales, que reforzaron el discurso de la ortodoxia económica. 

    Para Astori, pagarles todo lo que se les debía al BM y al FMI —liberando al país de los programas con condiciones— no fue una cuestión ideológica sino de contante y sonante conveniencia financiera; su crédito resultaba más caro que el financiamiento que se obtenía en los mercados. En agosto de 2006, la primera administración de Vázquez abonó por adelantado al Fondo el equivalente a U$S 916 millones, con lo que el país “ganó mucha plata”, dijo Astori. Pero en el oficialismo no todos estuvieron de acuerdo: “Si fuera por mí, que no soy economista, no le pago un peso a nadie y empiezo a volcar (dinero) a nivel interno”, declaró a una radio la ministra Arismendi.

    Sin embargo, los ruidos que despuntan con frecuencia dentro de la interna de la coalición gobernante rara vez sobresalta a quienes monitorean a Uruguay. Saben que es una bolsa de visiones eclécticas con sesgo de izquierda y creen que, incluso con Mujica, el ala más de centro representada por el astorismo tuvo la última palabra. Astori ha sido un “ancla de credibilidad” en los tres períodos que generó una “conciencia” en el Frente Amplio y lo va a trascender, evaluó Reusche.

    Alejandro Werner nació en Argentina pero a los 10 años se fue a vivir a México con su familia. Habla con musicalidad de mexicano, aunque mantiene la simpatía por Independiente de Avellaneda. Con Bergara —un “manya” fanático— y el ex ministro Lorenzo —plateísta del Parque Saroldi de River Plate— comparte el gusto por el fútbol, y ello les da a sus charlas un tono amistoso cuando tiene que hablar sobre Uruguay desde su posición de jefe del Departamento para el Hemisferio Occidental del FMI.

    “Me ha tocado ver la evolución natural, que he visto en varios países, desde una relación tensa originada en años de discusión y negociación de programas, a una más de un miembro que participa en los foros internacionales y que utiliza estas instituciones, como los utiliza el Reino Unido cuando van nuestros equipos y hay discusiones sobre las tendencias de políticas —y a veces no estamos 100% de acuerdo—. Pero las autoridades, desde el otro lado de la mesa, siempre nos oyen como una voz más”, comentó Werner a Búsqueda. “En algunos países uno percibe que todavía hay ciertos resabios de esa relación histórica y tradicional. En mi experiencia, lo que he visto en Uruguay es una relación muy parecida a la que tenemos con otros países de América toda, como Canadá por ejemplo, con quien nunca hubo programas” de asistencia financiera, agregó.

    Steneri —quien fue representante financiero en Washington de gobiernos colorados, blanco y frentista (entre 1989 y 2010)— dijo a Búsqueda que “los mercados perdieron el temor al Frente Amplio y lo ven más parecido a la izquierda europea que aquella de los años sesenta”.

    Recién ahora, cuando se complicó la región y se esfumó el empuje de los productos de exportación valorizados, el mundo financiero empezó a observar al país con cierta preocupación: la economía se estancó, la inflación sigue alta, el déficit fiscal creció y la deuda corre riesgo de entrar en una senda complicada si no se ajusta lo suficiente. Y se preguntan si el Frente Amplio de Vázquez, Mujica y Astori sabrá superar estos desafíos y preservar la confianza conquistada.