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La sala queda apartada del centro de Amsterdam. Lejos de la casa donde Ana y su familia pasaron más de dos años de su vida encerrados, ocultos de la ocupación nazi. Pero se llega fácil. Hay que tomar uno de esos tranvías que no contaminan ni tienen guardas que ladran para pedir boletos. Uno paga o no paga. Esa es responsabilidad del que viaja. De alguna forma, esa seria y prolija manera de ser del holandés se instala en la enorme y lujosa sala que alberga Anne, obra de teatro basada en los diarios de la emblemática adolescente judía que murió en un campo de concentración.
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Hay algo incómodo en el relato y en la escena. Es que allí dentro todo es serio y justo, todo es civilizado y moderno, todo apela a la generosidad y las buenas costumbres de los miles de espectadores que agotan el lugar, todos los días, desde hace dos años. Todo es amable, menos algún pasaje de la vida que se cuenta en la obra. Uno no puede dejar de pensar que se habla de ellos, de su historia, de su comportamiento frente a uno de los episodios más terribles de la humanidad. Aunque no se acuse a nadie. Ya no se acusa o no es tema la delación. Se sabe que un holandés colaboracionista denunció que en Opekta, la pequeña fábrica de gelatina para hacer mermelada que tenía su padre Otto Frank, había un pasaje secreto hacia una vivienda de tres pisos donde se escondían ocho judíos. El pasaje y la casa están intactos, entre los canales del centro de Amsterdam. Incluso el original del diario, donde la jovencita escribió cosas como “asombra que yo no haya abandonado aún todas mis esperanzas pues parecen absurdas e irrealizables”. La preparó minuciosamente el propio Otto para el momento más oscuro de sus vidas.
Los nazis empezaron la masacre y un día citaron a Margot, la hermana mayor de Ana. El padre supo que era la hora de huir al encierro preparado. Los Frank salieron con la ropa que llevaban puesta, ropa sobre ropa, con todo lo que pudieran, pero sin bolsos. Se escondieron dos años y medio junto a otra familia y un amigo. Ana llevaba el diario que le había regalado su padre cuando cumplió trece años, en realidad un libro de autógrafos. Está allí, con su letra en cursiva, inclinada, esforzada. La casa puede visitarse aunque siempre hay que hacer dos o tres cuadras de cola. Complicado.
Para la obra de teatro hay que sacar entradas anticipadamente, por Internet. La entrada es cara, pero vale la pena. El teatro fue construido especialmente para esta producción. Es una maravilla. Se llega en el tranvía casi al final del destino, en una zona portuaria, desierta, con enormes galpones para guardar mercadería. No hay vivienda cerca, ni boliches, ni vida social de ningún tipo. Es un cuadrado negro, enorme, con chapas o material liviano, pero de increíble estilo. El lugar es especial, algo tiene de viaje a lo oculto, donde no llegan los gendarmes. El frente está vidriado. La entrada es amplia y lujosa. Es una producción cara, sin pudor, para que los más o menos ricos sacudan las joyas y sientan el peso terrible de la historia. Fueron más de trescientos mil espectadores desde que se inauguró a principios del 2014.
Afuera, un mostrador para comer una pequeña pizza con una bebida antes de entrar. Todo es relax, cero estrés. Pero adentro, a pesar de la extrema modernidad de la sala, asientos recontra confortables y traducción en cinco idiomas en cada butaca, todo es duro, doloroso, inquietante. La historia es conocida, la gente sabe perfectamente a qué va, además de ver el éxito más importante del teatro holandés de los últimos años y de rescatar la figura de esa jovencita de increíble interioridad. Ana está otra vez de moda. Su increíble y desgarradora agonía.
Luego de dos años de convivencia oculta en tres pisos y en pequeñas salas de “la casa de atrás”, los alemanes los deportaron a los campos de concentración. Murieron todos, menos Otto, el flaco, correcto y previsor padre. Por esas cosas de la vida, se salvó del Holocausto. Por esas cosas de la vida, alguien había guardado el diario de su hija y se lo entregó al final de la guerra. Descubrió un mundo. Pero sobre todo, una persona que no conocía, un alma luminosa que a pesar de todo el sufrimiento tuvo en su amor por la escritura una manera de superarlo. El padre lo editó y publicó.
Lo de Ana también se sabe. Fue a un campo donde finalmente murió de tifus unos pocos días antes de la liberación. Como su hermana Margot, que según testigos murió de un golpe cuando cayó de la cama a causa de la terrible debilidad. Trágico destino hasta en eso. Ana vivió sus últimos días casi desnuda, envuelta apenas con un trapo por la invasión de piojos que recorrían su cuerpo. Así la recuerdan al final los testigos, una chica pelada, flaquísima, pálida y casi desnuda. No podía más, a pesar de la entereza y el valor que demostró y la fe y el enorme sentido de humanidad que desde algún lugar de su interior logró legar.
La obra llega hasta su muerte, resuelta de forma sutil y delicada. No apela en ningún momento al golpe bajo o el panfleto. Transcurre por la vida antes y durante los entretelones complejos y conflictivos que vivieron esas ocho personas, encerradas en un cautiverio sofocante. Se sabe que hubo tensiones casi insuperables. Relaciones complicadas que Otto y algún otro miembro del grupo supieron superar o suavizar.
La historia, sin embargo, se centra en Ana y en su personal encanto, en su relación con Peter, otro joven que convivía con ellos, y en la mirada hacia todo lo que pasaba, día a día. Hay ciertas rupturas temporales y a veces se sale al exterior. Pasan cosas allí, el diálogo entre Ana y un escritor, entre Ana y sus amigas de la escuela. Antes del encierro, la vida transcurría feliz. Hay fotos que muestran a los Frank en familia, en la plaza, en la playa, en pequeñas circunstancias cotidianas. Lo que hace más duro el proceso de encierro.
Anne transcurre por la escritura de una adolescente, por lo poco que sabía del mundo exterior, por sus sueños, sus recuerdos. Pero lo más interesante de esta formidable producción es el vuelo de la puesta, una versión moderna, tecnológica, deslumbrante. Una pantalla curva, gigante, rodea el escenario y casi toda la sala. Una combinación imposible de al menos diez proyectores acompañan todo el tiempo las escenas. Proyectan imágenes de la época durante toda la obra, de antes y después de la ocupación, de la guerra y los hechos históricos más relevantes que marcaron los años de encierro de la familia Frank, a partir de 1942. Pero también se proyectan textos del diario con la escritura prolija de Ana. Textos sobre imágenes, voces en off, imágenes sobre imágenes en efectos que nunca sobran o incomodan. Imágenes a gran escala, rostros en primeros planos o paisajes desolados junto a pequeñas e íntimas escenas del interior de la casa. Todo combinado con dos o tres cámaras en circuito cerrado que muestran los rostros en momentos clave.
El escenario es grande y está planteado como un corte de la casa, como si se viera desde la vereda de enfrente sin la pared lateral. La obra es portentosa, en la actuación, en el conflicto, en la emoción que supera cualquier enfriamiento tecnológico. Todo es equilibrado, todo está en su punto justo y pensado para que el espectador salga con una sensación muy especial, un golpe a fuerza de palabra, de imagen, de piel. Ana vuelve cada tanto a la calle, a la conciencia de Holanda y de Alemania, dicen los europeos. Para recordar que sigue viva. Sobre todo, en tiempos tan peligrosos. Como debe ser.
Anne, sobre El diario de Ana Frank. En el paseo marítimo de Amsterdam, Holanda. Hasta fines de enero.