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El sol entra a pleno por las ventanas rectangulares de la sala. A mediodía, la luz forma ángulos precisos, enormes, irregulares. A pura geometría invade el espacio. Desde ese primer piso se ve la precisión del paisaje, en especial una casa en la vereda de enfrente. Parece un cuadro inserto en el marco del ventanal. Líneas rectas, cuadrados y rectángulos y precisión en los cortes. No es casualidad. El entorno y las líneas que marcan los límites entre la galería y el barrio están en armonía, parecen extraídos de la misma mano que construyó los cuadros que cuelgan de las paredes blancas. El arte y la naturaleza en plena comunión. El arte y la cultura, la realización humana, el diseño, la arquitectura, la influencia del arte en la vida cotidiana.
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La Galería 6280 (Alberdi 6280) alberga al uruguayo Juan de Andrés (Cerro Largo, 1941), uno de los destacadísimos artistas nacionales, un nombre que merece muchísimo más presencia y distinción en el medio, en su propia geografía. Hace unos años volvió de España y se reinsertó en una cultura de esporádicos pero contundentes vínculos con la línea recta. Acaba de inaugurar una muestra de su trabajo en pleno Carrasco. Son trabajos de notable realización. Composiciones lineales, construcciones geométricas en madera y telas y otros elementos simples, sencillos, básicos.
Hay una obra de bordes curvos, apenas curvos. De tonos claros pero en la misma línea de rojizos y marrones. Son dos construcciones de acrílico sobre madera entelada, un poco más altos que anchos. Las dos partes se encuentran por bisagras pequeñas que mantienen la estructura con un hilo de luz, como un retablo, como una caja que guarda nada, solo formas, rectángulos de pie, uno al lado del otro, alguno cortado, levemente yuxtapuesto o ensamblado. Puede ser un paisaje sin referencias, pero paisaje al fin, despoblado de figuras o de imágenes. Puede ser un territorio que contiene la estilizada geografía de un paisaje desolado, sin árboles, sin rastros humanos. Personal, calmo, una versión de lugar no descubierto. Puede ser un paisaje emocional.
No lo dice su autor, que no titula las obras ni da ningún indicio de interpretación. No es necesario, sería imperdonable. Pero puede decirlo perfectamente el observador que ajustó sus ojos a la rectitud del entorno. Es la única obra con curvas suaves. Es de las pocas que tienen tantos y tan variados tonos, aunque el autor también practique la escasez de un asceta en los colores.
Hay diferentes profundidades, rasgos, telas, tamaños. Es una magistral y conmovedora composición de un paisaje interior o de secretos a punto de exponerse, como si esas franjas apenas anchas, apenas diferentes en rasgos y volumen, en cuerpo y alma, estuvieran a punto de abrirse, de descubrir un tesoro largamente escondido.
El otro pequeño dato curioso es que un lado está abierto, sin marco aparente que lo aprisione. La superficie interior se evade, intenta fluir hacia el resto del espacio, con la misma suavidad que le imponen la materia, el color, la forma. Sea lo que sea, la fuerza de esos ángulos y curvas, del encuentro y desencuentro en bordes tan exactos, está en el talento del artista para investigar en la precisión, en el destello de luz que aparece de la nada, del intersticio donde se ubica el infinito, entre materia y materia, entre línea y línea. Sin esa precisión, sin esa exactitud y limpieza de procedimientos, sería imposible transmitir nada. Así de simple y compleja es la obra de Andrés.
La sala es limpia, amplia, sin arabescos de ningún tipo. Todo es recto y puro. Incluso las imágenes que llegan del exterior. Parece pensado a propósito para albergar la obra de un hombre que ve el mundo de otra manera. De eso se trata, de mirar diferente. Es bueno hacer la prueba y entender un poco el mecanismo que permite la postura de algunos artistas. Uno puede mirar todo a partir del color, del movimiento, de las formas sinuosas, de los contornos. O de las líneas más finas, rectas, puras. De los ángulos, de los cuadrados, de los largos y sutiles rectángulos. Así puede ser la vida. Hay que hacer la prueba. Todo el tiempo, pararse frente a un edificio, subir a una azotea, mirar las fachadas de una calle y abstraerse del “ruido” visual. No es un ejercicio habitual del lego en la materia. Parece propio de arquitectos y diseñadores. Por eso, cuando uno enfrenta obras geométricas puede quedar en la superficie, en el extremo menos encantador.
La obra de Juan de Andrés es eso y muchísimo más. La diferencia está en la capacidad de entender que entre línea y línea hay un mundo, hay otro mundo aparentemente vacío: el de las emociones, el del mensaje oculto, el de tantos contenidos como existencias, como sentidos uno quiera darle. Pero es así y por eso, cuando el artista exprime al extremo sus posibilidades creativas, cuando lo hace por pura gratuidad, en algún punto expone sus profundidades, tan extremas como la emoción innombrable, como la expresión de un territorio desconocido. Es la síntesis de líneas, pero también es la combinación con los materiales, es el tono de sus obras amarronadas, es la lisura de las superficies combinadas con la rugosidad. Así es el espíritu o el sentimiento. O el misterio de la vida.
Juan de Andrés en Galería 6280 (Alberdi 6280). De lunes a viernes de 11 a 19 horas.