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No es fácil lidiar con gente mayor. Es complicado en muchas instancias, y filmar una película no es la excepción: se cansan más rápido y uno vive preocupado y temeroso de que les pase algo, aunque sus cualidades interpretativas sean las mejores del mundo. Así opina el director de origen armenio Atom Egoyan, cuya película Recuerdos secretos (una mala traducción al español del original Remember) se exhibe actualmente en Uruguay, con las actuaciones de Christopher Plummer (un actor muy “demandante” al que no le gusta repetir tomas, según Egoyan) y Martin Landau, ambos por encima de los 80.
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“No se pueden hacer los turnos habituales de 13 horas que se estilan en una filmación. Hay que trabajar la mitad de ese tiempo. Tienes que entender su nivel de energía. También pasa que uno vive preocupado y teme que se enfermen o les pase algo”, dijo el director vía telefónica a Búsqueda.
Egoyan nació en El Cairo en 1960. Es de origen armenio y nacionalidad canadiense. Ese eclecticismo se refleja en sus películas (Exótica, The Adjuster, El viaje de Felicia, Adoración), varias de ellas con la participación de su esposa, la actriz libanesa Arsinée Khanjian. Egoyan viene de una familia de artistas (ambos padres eran pintores), lo que le permitió aprender tempranamente conceptos de composición, ángulos, escalas y colores, que luego aplicaría en sus películas.
Este cineasta, nominado al Oscar por El dulce porvenir (1997, Mejor director y Guion adaptado), declaró que Whisky, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, es una película “muy buena”. También dijo que el cine es un arte, quizás el más caro de todos, y por eso precisa de una industria para financiarlo. Y agregó que necesita “un encare militar, cómo se organiza ese equipo, cómo lo mueves de un lado para otro y cómo le haces cumplir los horarios”.
A continuación, el resumen de la conversación que Egoyan mantuvo con Búsqueda.
—¿Que evaluación hace de Recuerdos Secretos, que acaba de estrenarse en Uruguay?
—A la película le está yendo muy bien, con debates muy interesantes. Propone diferentes temas y problemáticas. Es una película que ha provocado varias opiniones, al menos lo que yo he presenciado desde que se estrenó en Venecia el verano pasado. Es interesante ver que esta es la última historia que podemos contar sobre estos sobrevivientes y perpetradores del Holocausto, mientras siguen vivos. En el futuro será una cosa de la historia, del pasado, pero hasta ahora sigue siendo del presente. A pesar de los flashbacks, el tiempo de la historia es el presente.
—Sus padres eran artistas plásticos. ¿Esa fue una razón para que estudiara cine?
—Fui criado en una cultura y una familia muy atenta a los cuadros, a las imágenes, a la idea de seleccionar y usar los marcos visuales para comunicar ideas. Estos marcos eran las vías al mundo del artista. Los marcos que usaban mis padres eran más tradicionales que los que uso yo, pero igual siempre fui muy consciente de los conceptos de composición, escala, tono, color y contraste, muy importantes a la hora de filmar.
—Christopher Plummer es uno de los grandes actores octogenarios en actividad. ¿Trabajar con él implicó alguna dificultad?
—Había trabajado con él en Ararat (2002), y desde esa película mantenemos una buena relación. Disfrutamos mucho trabajando juntos en ese entonces, y también ahora. En Ararat hacía un papel muy diferente al que hace ahora. Siempre quise hacer otro filme con él y esta era la oportunidad perfecta. Fue una colaboración muy buena y disfrutable. Como actor no plantea dificultades, pero es muy demandante, espera que la gente esté preparada y lista para cada toma. Ya tiene 85 años y quiere conservar su energía. Cuando uno ve la película, parece mucho más viejo de lo que es en la vida real, donde sigue siendo muy enérgico. Fue una performance muy, muy difícil. Con los actores mayores no se pueden hacer los turnos habituales de 13 horas que se estilan en una filmación. Hay que trabajar la mitad de ese tiempo. Tienes que entender su nivel de energía. También pasa que uno vive preocupado y teme que se enfermen o les pase algo. Pero al mismo tiempo cuentas con un elenco de una experiencia fabulosa, y cada uno con una historia increíble.
Christopher Plummer siempre quiere hacer todo en una sola toma y se pone muy nervioso si no se logra. No le gusta repetir. Si vas a hacer otra toma, le tienes que decir específicamente qué es lo que quieres esta vez. No le gusta para nada la idea de hacer tomas y tomas hasta que salga la correcta. Él viene preparado, se hace un ensayo y encara la escena directamente como se ensayó, y trata de salir de ese tema lo más rápido y limpiamente posible. No le gusta para nada hacer otra toma.
—¿Hubo dificultades para recordar el guion?
—En absoluto. Tanto Plummer como Landau son actores sumamente preparados. Plummer todavía está trabajando sobre las tablas. Hoy mismo está interpretando a Shakespeare en una actuación de monólogo que requiere muchísima memoria y concentración.
—¿Le resulta fácil trabajar con su mujer?
—Sí, muchísimo. Somos muy privilegiados de poder trabajar juntos haciendo las películas que nos gustan. Debemos ser una de las relaciones más largas entre director y su pareja. Es curioso eso. Hemos hecho como 10 películas juntos. No solo es fácil, también muy gratificante.
—¿Qué mensaje les quisiera dejar a los que vayan a ver Recuerdos secretos?
—Que la historia no se desvanece. Que la última historia que podemos contar sobre el Holocausto sigue sin ser una historia de reconciliación, sino una historia de enojo, de odio. Es provocador, pero creo que es verdad. Para mucha gente estas cosas simplemente no se pueden dejar ir y eso lo digo también con la experiencia personal como armenio.
—Le gusta la ópera y el teatro y también toca la guitarra. Para usted, ¿el cine es un arte o una industria?
—Creo que el cine es ambas cosas. Tiene que ser una industria porque se precisa dinero para hacer las películas, y para ello se necesita tener un alcance masivo, que se logra con un enfoque industrial. Pero eventualmente espero que la gente entienda, y creo que lo hace, que el cine es una forma de arte extraordinaria. Pero más que en cualquier otra forma de arte, uno necesita mucho dinero para hacerlo realidad, para que funcione. No es como hacer un cuadro al óleo, o un libro, o incluso una sinfonía. Juntar a un equipo de filmación y de actuación requiere muchísimo dinero. Y no solo hay un encare industrial del tema; también hay un encare militar, cómo se organiza ese equipo, cómo lo mueves de un lado para otro y cómo le haces cumplir los horarios. Es muy complicado.
—¿Conoce alguna película uruguaya?
—Hay una muy buena que vi hace unos años en una première. Se llamaba Whisky, y era muy buena.
—¿Cuáles son las tres mejores películas de la historia del cine?
—Es seguro que con tres me quedo corto. Pero si tengo que elegir, me quedo con Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock, Persona (1966), de Ingmar Bergman y Fellini ocho y medio (1963), de Federico Fellini.