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    El crossover de Álvaro Brechner del cine a la ópera

    Es un año de crossovers en la escena uruguaya. El cineasta Adrián Caetano aceptó el desafío de la Comedia Nacional y dirigió La gayina, basada en La gallina degollada, de Horacio Quiroga. Este fin de semana el elenco departamental estrena una versión de Frankenstein, de Mary Shelley, dirigida por la coreógrafa y bailarina de danza contemporánea Andrea Arobba. Y por primera vez en los 19 años que llevan el Solís y la Filarmónica de Montevideo produciendo ópera en forma ininterrumpida (más de 50 estrenos líricos desde 2004), la puesta en escena de una ópera —régie, en el mundo lírico— estará a cargo de un cineasta. Se trata de Álvaro Brechner, reconocido director de Mal día para pescar (2009), Mr. Kaplan (2014) y La noche de 12 años (2018), al frente de la puesta en escena de Don Giovanni, de Mozart, un peso pesado del género, que se presentará el sábado 19 y el domingo 21 en el Solís, con la Filarmónica de Montevideo en el foso y dirección musical de Martín García (entradas en Tickantel desde $ 300). Originalmente iban a ser tres funciones pero la del estreno, prevista para el jueves 17, se suspendió por el paro general anunciado para ese día. Extrañamente, no se reprogramó sino que se canceló.

    Basada en Don Juan Tenorio, de Tirso de Molina, Don Giovanni es considerada una de las cumbres líricas de Wolfgang Amadeus Mozart y fue libretada por el poeta y libretista de ópera italiano Lorenzo da Ponte. Narra la peripecia de uno de los mitos fundamentales de la literatura occidental: un hombre con una ilimitada ambición por satisfacer sus incontenibles ganas de pasarla bien. El rol protagónico estará a cargo del barítono uruguayo Alfonso Mujica, uno de los principales cantantes líricos uruguayos que desarrolla su carrera en la escena europea. En el elenco se destacan el argentino Hernán Iturralde y la uruguaya Sofía Mara.

    Entrevistado esta semana por Búsqueda, Brechner contó que la invitación para debutar como régisseur lo sorprendió porque más allá de asistir asiduamente a ver ópera en España, donde vive desde 1999, no había trabajado en un escenario. “La idea me pareció muy atractiva. Me generaba ciertos reparos meterme en un mundo con tantos códigos tan particulares, pero al mismo tiempo me fascinó acceder a un género escrito con letras mayores, una pieza que lleva casi dos siglos y medio representándose”. Dijo que no dudó en aceptar la propuesta: “La vida es muy corta como para pensárselo dos veces. Me encanta haber dicho que sí. Me resultó muy seductor meterme en el mundo de Mozart y en el mundo de Don Giovanni. Hay algo muy vital en Mozart”.

    Ni bien aceptó el trabajo, Brechner comenzó una investigación, que insumió unos seis meses, sobre historia de la ópera en general y de esta en particular. El creador se enfrentó a un mundo donde, a diferencia del teatro o el cine, “está todo dado”, y la partitura es considerada algo “sagrado”. “Están las tablas de Moisés y después viene Mozart”, dice en tono de broma. “¿Cómo llevo esto a mi mundo, que es cinematográfico y en el que me dedico a contar historias?”, se preguntó. “Se tiende a pensar en los directores de cine con una impronta visual cuando fundamentalmente lo que hacemos es dramatizar historias. Uno desarrolla un aspecto narrativo y dramático. Pero de golpe todo eso que parecía una gran cárcel, algo esculpido en piedra, lleno de ataduras, dejó lugar a un inmenso territorio de libertad para tomar decisiones interpretativas”.

    Magia cósmica

    Brechner explica que esa libertad es fruto de su “fascinación” por la vigencia de la obra estrenada en 1787. “Esa fascinación me abrió un territorio donde empezar a explorar y lograr un grado de libertad que pocas veces había experimentado, incluso en proyectos propios”. Hasta el año pasado, su vínculo con la ópera era solo como espectador. “Veo ópera en España, hay cosas que me gustan mucho y cosas que no. En relación con lo cinematográfico, creo que el cine como formato es muy cercano a la ópera por su poder de detener el tiempo y hacer de lo pequeño algo grandioso. Siempre se habla del cine como cúmulo del teatro, la fotografía y una cantidad de artes. Pero en el plano emocional y dramático creo que bebe muchísimo de la ópera”.

    Para el cineasta, hay una magia inexplicable en ese caos vital que es la vida y la obra de Mozart: “Tiene una magia obscenamente cósmica. Nunca terminás de entenderlo del todo. Explicar a Mozart es como explicar el big bang. Talento, misterio y maravilla. Mozart encarna una conexión celestial y a la vez profundamente humana. Es capaz de lidiar con la mezcla de todo aquello que nos hace sentir vivos”.

    El personaje también subyugó al director. “Siento a Don Giovanni muy emparentado con el Siglo de Oro español, con la literatura de Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca. Lo veo muy cerca de la idea de las clases sociales, de avanzar de una clase a otra. Don Juan es el libertino por excelencia, el que representa los excesos. Para mí, es un subversivo cósmico. En un momento me cayó la ficha de que es como un cometa que pasa por el firmamento y lo cambia todo. Un cometa que entra en el sistema, revienta un planeta y hace que toda la órbita planetaria se desparrame. Subvierte todas las leyes y reglas. Pone todo patas para arriba y vuelve loco a todo el mundo”.

    Brechner prosigue con su retrato del mito y pinta con colores fuertes lo que provoca en los demás: “Es un antisistema, un tipo que está por delante de Dios, sin siquiera querer serlo. Sus propósitos son bastante simples y los menciona sin vueltas: lo que le gusta son las mujeres y el buen vino. Cosas que podemos comprender con facilidad. Lo que no podemos comprender es lo que les pasa a todos los demás: se rinden ante él, seducidos, encantados. Eso es lo que más me sorprende de él. Cómo todos están deseando ser encantados. Es colosal el desorden social, moral y cósmico que provoca. Cuando digo “cósmico” es porque desafía al más allá; es lo que termina haciendo. Es un tipo al que la humanidad le es insuficiente, y deja en falsa escuadra al paradigma de la fe”.

    El cineasta se extiende en su explicación de la vigencia del mito: “Es asombroso cómo esta obra, que es anterior a la Revolución francesa y a la Declaración de derechos del hombre, sigue representando muchos de los conflictos que tenemos hoy en día en torno a la sexualidad, el impulso sexual, la seducción y la monogamia. Porque en esa época, la Contrarreforma en la religión estaba basada en una fuerte condena moral a la promiscuidad. Hoy los reparos son otros, pero siguen existiendo. Es curioso cómo esto sigue en pie. Entonces decidí concentrarme en las mujeres de Don Giovanni, en los personajes femeninos de la obra. Fue muy importante encontrar el modo de empoderarlas. No son solo víctimas, sino que representan a mujeres más empoderadas de lo que indica la interpretación clásica de la obra. Ojo, yo creo que la concepción de Mozart y Da Ponte implica una lectura superfina de lo que sucedía en su tiempo. Es imposible leer esta ópera sin la ironía que contiene. Por algo es un ‘drama jocoso’”.

    Para su puesta en escena, en el trabajo con los intérpretes, Brechner dirigió sus energías a “las intenciones y las motivaciones” de los personajes. “Este es un conflicto entre quien conquista desde el deseo y quien quiere ser deseado. Es muy fino y delicado, es parte de la experiencia de ver la puesta y es importante no trasladarlo con contundencia en palabras”. Con esa mirada también abordó los personajes masculinos: “De los hombres de Don Giovanni siempre se habla del honor que pierden y de la nobleza con la que buscan vengar a su mujer. No se habla sobre por qué ellos consideran que son sus mujeres. El machismo está también representado sobre esos hombres, no solo sobre el que ejerce el instinto sexual”.

    Don Juan distópico

    Brechner contó que su oficio de cineasta, en tanto contador de historias, lo llevó a construir su puesta en escena como “una dramaturgia cinematográfica” y a concebir “un Don Giovanni distópico”: Así lo explica: “No en plan ciencia ficción futurista. Es sabido que las distopías van cambiando según el presente. En los años 50 la distopía era el mundo tras el holocausto nuclear, en los 70 era la alienación, hoy es la contaminación. ¿Qué pasa si abordo el mundo del Don Giovanni original y proyecto algunas de sus características a un futuro eventual? Ahí encontré la posibilidad de replantear el sistema de clases en el que viven los personajes”.

    Sobre los posibles vínculos entre su obra cinematográfica y la ópera, Brechner fue directo a la escena de la pelea de lucha libre de Mal día para pescar (2009), filme basado en el cuento Jacob y el otro, de Onetti. “Recuerdo haberla hecho como una escena de ópera: entran estos dos, se paran y hablan. Así es la ópera: los personajes se paran frente al público y exponen lo que les sucede. Se detiene el tiempo y se cuenta una emoción. Eso sucede en la pelea final entre el Turco y Jacob Van Oppen: marcamos referencias de ritmo y de tempo, que eran completamente operísticas. De hecho, es una película con fuerte impronta del western y se suele decir que el spaghetti western viene de Italia por su herencia operística. Nadie hubiera aguantado esos planos largos y épicos de Sergio Leone que detienen el tiempo si no fuera por la tradición lírica del público de aquel tiempo”.

    Un creador cinematográfico sin experiencia en ópera se enfrenta a intérpretes con miles de horas en el escenario en su doble dimensión de cantantes y actores. No debe ser nada sencillo. Así lo vivió Brechner: “En la primera reunión con todos les dije: ‘Esta es mi primera ópera. Estoy fascinado. Tengo muchísimas ganas, pero si les propongo algo que ustedes no pueden hacer porque les genera un conflicto con lo musical, les pido que me lo hagan saber y nos adaptaremos para encontrar una solución que no implique un hándicap a lo vocal’”.

    Después de Don Giovanni Brechner vuelve a la pantalla. Tiene dos proyectos en su agenda pero solo da los titulares: “Uno es como director, una serie de televisión que se desarrollará este año en Europa, y el otro es como guionista y director de una película mía, para el año próximo, una coproducción entre España y Uruguay que se rodará en los dos países”. El director se excusa, prefiere no ahondar en detalles, y vuelve al teatro, donde lo espera el elenco para continuar el ensayo interrumpido para la entrevista. “El primer día les pedí que no se queden con la idea de que no sé nada de ópera. Así sucedió. En el elenco hay cantantes de gran experiencia internacional, que cantan en teatros como la Scala de Milán. En algún momento tuve que considerar situaciones particulares como la del bajo que tiene algunas posiciones fijas. Todo ha resultado muy bien gracias a que ha habido una gran colaboración de parte de todos. Ellos están muy contentos de formar parte de algo fresco, y de mi parte estoy feliz por estar aprendiendo muchísimo. Lo hago con absoluto respeto porque el código de la ópera exige otras cosas. Hay gente que dice que Mozart ya está todo contado en la música y probablemente sea cierto. Y ahí encontré el desafío”.

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