por Darwin Desbocatti
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEvidentemente hemos sido atrapados por el espíritu de las vacaciones de julio: actividades recreativas infantiles, películas infantiles, obras de teatro infantiles y discusiones infantiles que remiten a problemas infantiles, con argumentos infantiles que solo pueden ser validados por niños con muchas ganas de creer. El presidente de la República describiendo al vicepresidente como víctima de bullying (acoso colectivo escolar), solo es explicable por esta fiebre infantil que se ha apoderado de nuestras vidas.
Desde el punto de vista institucional es muy difícil de evaluar, transformar la investidura presidencial en la de una directora de escuela, y la investidura vicepresidencial en la del niño bobo de la clase no tiene precedentes. En términos políticos es incompatible con la narración épica que intentaba instalar Sendic, en la que se describía como objeto de una conspiración para menoscabar grandes figuras de la izquierda latinoamericana forjada en Atlanta (¿está seguro de que no fue en Atlántida, km 46 por la Interbalnearia?), teoría que según Sendic contaba con la aprobación de Vázquez: “Lo hablé con el presidente y él piensa lo mismo”, había dicho; pero parece que la visión del presidente es un poco más simple y tristona, la verdad es que pasar de ser una víctima de semejante confabulación a ser el sujeto del “bullying más fantástico que he visto en mi vida” supera en niveles de tristeza política al lanzamiento de la precandidatura de Larrañaga, en un video grabado con celular, sin micrófono, dentro de un living desamoblado, con la sombra de la persiana abierta y el ruido de autos pasando por la calle, algo que remite más al testimonio de vida de un rehén que al de un político autoproclamándose precandidato. Y sin embargo, comparado con la degradación política “es tremendo bullying, es bullying y pico” de Vázquez a Sendic, tiene la fuerza y el impacto del primer acto de campaña de Obama para la reelección. Y desde el costado personal, no creo que haya forma de menospreciar más a un hombre de 50 años que salir a reprender a toda una sociedad como si fueran integrantes de una clase, acusándolos de atosigar por divertimento y sadismo a un muchacho desvalido que no sabe defenderse. Eso sin contar el momento en el que Tabaré desmintió directamente a Sendic, quien había dicho públicamente en su última arremetida autodefensiva (que siempre termina siendo dañina con él mismo) que se le había pasado por la cabeza, pero nunca le había presentado la renuncia al presidente. Lo que más me duele es que le mintió a Blanca Rodríguez, en la propia nave de Blanca, es como mentirle a la subdirectora en la Dirección.
Sacando los 800 palos verdes que dejó de agujero en Ancap, todo esto de Sendic tiene un espíritu infantil indiscutible. Una mentira innecesaria sostenida de manera torpe, con defensas que son peores que cualquier ataque externo que pueda realizarse: desde el abogado (algo así como su mejor amigo, trasladado al ambiente escolar al que nos llevó nuestro presidente) diciendo en televisión que por culpa de la prensa su cliente era un cadáver político, la tía mitómana que vio el título con sus propios ojos y no se lo contó nadie, o sus compañeros que señalan a la derecha imperialista y los medios de comunicación hegemónicos como agentes que inoculan títulos falsos a los referentes progresistas con futuro, el pobre Sendic fue portador de esa no-licenciatura durante 25 años sin saberlo y en un ataque orquestado a nivel regional le inocularon una nota periodística en la que asumió que no había terminado ninguna carrera, y después le inocularon una conferencia de prensa sin preguntas en la que se desdijo y anunció que iba a mostrar el diploma del título cuando correspondiera, y finalmente le inocularon un colchón de Divino en su tarjeta corporativa de Ancap.
Cuando votamos a Tabaré Vázquez, como sociedad, sabíamos que estábamos votando —además de un presidente— un doctor, y eso venía con ciertos efectos secundarios. De ahí que corresponde agachar la cabeza y aceptar las reacciones propias de su deformación profesional, por absurdas que sean, como la idea de prohibir que se fume a menos de 200 metros de escuelas y hospitales (como si eso fuera fiscalizable), o las alusiones permanentes al tabaco como el mayor genocida de la historia, capaz de dejar a Pol Pot a la altura de una tarta de calabacín hecha con masa sin gluten y leche de almendras. Lo que no nos avisó nadie es que también estábamos votando una maestra.
Creo que todos nos merecemos unas vacaciones.