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    El fin de los loquitos

    El actual escenario mundial no podía ser mucho más diferente del que regía hace un año largo. O incluso corto. Un columnista francés señala con preocupación, por ejemplo, que el Consejo de Seguridad de la ONU ya está dominado por “fuerzas nacionalistas y conservadoras”. A Rusia, China y Gran Bretaña se suma ahora EEUU. Y pronto se producirá un “cartón lleno”, pues las próximas elecciones francesas se disputan entre la derecha y la ultraderecha.

    Una vez más, la Historia da un giro radical y propone una antítesis al paradigma vigente. Se acabó (mejor dicho: se está acabando rápidamente) el alegre festival del falso progresismo y del todos y todas. La gente (este concepto vomitivo que ha venido a sustituir cosas como el pueblo, las masas o las personas con nombre y apellido) parece haberse cansado de promesas incumplidas y de malabares idiomáticos.

    Seguramente, muchos llorarán el fin de esta época. Muchos incluso llegarán a añorar los tiempos en que Chávez decía estupideces a destajo, en que Evo era un líder original y originario, en que los Kirchner eran la nueva política (sic), en que líderes bananeros en todo el mundo pontificaban, como si supiesen, sobre el tema que fuese.

    La izquierda socialdemócrata europea ya largó la toalla. Gobiernan o participan del poder los partidos socialdemócratas que escondieron el programa partidario en la caja fuerte y son capaces de mostrar pragmatismo y tragar sapos. Los otros lloran en el rincón más oscuro del cuartito mientras se pelean por los despojos de la organización partidaria.

    A los “indignados” y rebeldes de toda la vida —enojados con lo que sea y opuestos a lo que sea— les resta alimentar las filas de grupos antidemócratas, intolerantes y violentos como el Podemos español, enquistados en un peñón de la geografía política al cual nadie más que ellos quiere ir.

    Para entender este giro histórico y este nuevo escenario mundial es menester volar en el tiempo y aterrizar en las postrimerías de la década de 1980. Una vez más, la caída del Muro de Berlín y el infarto masivo del imperio soviético se hace presente en la mesa de los analistas.

    La Guerra Fría, que nació al fin de la II Guerra Mundial y expiró con la caída del comunismo, representaba un sistema de seguridad. La amenaza de una guerra nuclear que volase al mundo por los aires estaba siempre ahí, y a veces, como en la crisis cubana, hubo que retener la respiración por la gravedad de la situación. Pero en general, el enfrentamiento de los dos grandes bloques militares e ideológicos garantizaba el statu quo.

    Esa realidad les quitaba margen de acción a “los loquitos”. Es la palabra que uso desde que un general portugués, analista del Ministerio de Defensa de ese país, a quien entrevisté en Lisboa en febrero de 1996, me dijese que, a pocos años de la debacle comunista, en la OTAN aún no tenían muy en claro cuál era el peligro a esperar, pero que lo más probable es que “ahora que no hay guardianes empiecen a surgir locos por todos lados”.

    Fue lo que pasó. Osama Bin Laden, las revoluciones primaverales en el mundo árabe, Hugo Chávez y sus acólitos continentales, así como el Estado Islámico, solo fueron y son posibles en un mundo “libre”, en donde el poder está repartido (o más bien desparramado…) y no hay hegemonías claras.

    Si hay algo que ha caracterizado la vida cotidiana (la vida cotidiana de “la gente”) en los últimos 20 o 25 años es la falta de certezas, que es una variante de la seguridad. Quizás, quienes han votado por Trump y quienes votan por Le Pen y quienes quieren a Gran Bretaña “para sí mismos” y quienes votan o simpatizan con una docena de crecientes partidos nacionalistas a ultranza en el mundo occidental, añoren también cierta estabilidad, cierta tranquilidad, cierta predictibilidad.

    Meter la ideología en este análisis sería una estupidez mayúscula. Al líder ruso lo idolatran los ultras de izquierda y de derecha, el gobierno chino se dice comunista pero es capitalista, los conservadores británicos están enfrentados a los conservadores de la UE y Trump… ¿qué se puede decir de la ideología que hace palpitar a Donald, más que la plata y el poder?

    El mundo que empieza hoy tiene probablemente muchos ganadores. Pero tiene también muchos perdedores. En primer lugar, los loquitos…