El Papa está sentado en una especie de jaula. No es un Papa cualquiera, ceremonioso, sereno, misericordioso. Es una imagen terrible, desgarradora. Sus manos están crispadas, aprietan fuertemente los brazos de la silla. La piel es de un color enfermizo. El cuerpo está cubierto por una vestimenta lila. Pero lo que más llama la atención es su rostro, desfigurado, donde casi no quedan rasgos.
Es un rostro angustiado y que genera todo tipo de sentimientos, menos la euforia de gloria y esperanza que acaba de despertar la nominación de Jorge Bergoglio, el Papa argentino. Lejos de la imagen televisiva que recorre el mundo, con un veterano canchero, bondadoso, humilde, simpático. Un jerarca decidido, confiable, que viene a renovar la alicaída imagen de la jerarquía vaticana. A lidiar con un legado de reformas internas, a limpiar una casa desordenada, sucia, manchada por los innumerables pecados de corrupción y abusos de todo tipo. Un Papa que se ofrece en oración a su pueblo y pide que lo ayuden, un hombre dispuesto a bajar del pedestal, a caminar con sus fieles y a reforzar la idea de que esta época es para la Iglesia un momento de cambios sustanciales, de volver a escuchar la voz del más necesitado, del más pobre, del más desprotegido. Es un Papa que tal vez, en algún punto, llegue a verse reflejado en la otra imagen, como una pesadilla, en medio de tantas luchas de poder, de tanto sufrimiento. Al fin de cuentas, a Francisco no le será fácil predicar y conducir una Iglesia golpeada en un mundo desorbitado, donde el consumo y la soledad mandan, donde el individualismo y la ausencia de espiritualidad ejercen una influencia monumental en la vida de sus fieles. En algún momento, en su intimidad, en ese palacio de mil habitaciones, alguien podrá decir que lo vio expresar su debilidad, en una oración desesperada.
El cuadro marcado por un grito de angustia es la imagen que el pintor irlandés Francis Bacon (Dublín 1909-Madrid 1992) tuvo o encontró en un Papa. Pero curiosamente, en la imagen de un Papa de otra época, en la fascinación que tenía por la pintura del español Diego Velázquez (1599-1660) y en especial, por su famosa pintura del Papa “Inocencio X” (1644-1655). Lejos de su propia interpretación y lejos en perspectiva, estilo y carga espiritual, los une el desafío de pintar lo que no se ve, desafío fundamental de todo retratista de peso. Pintar el sentimiento interior, un carácter, la actitud frente a la vida, los principios morales, los conflictos.
El modelo de Velázquez y su maestría, logran uno de los cuadros más cautivantes de los que pintó en toda su carrera. Tal vez no tan marquetineros como su etapa de bufones y enanos o retratos de palacio o “Las Meninas”, pero tan fuerte en su potencia inspiradora, en su carga de profundidad, en su estilo perfecto para descubrir una figura poderosa en un mundo no menos complicado que el actual. El artista sevillano pintó al Papa a su pedido, en su segundo viaje a Italia, entre 1649 y 1650. “Troppo vero”, le dijo Inocencio cuando Velázquez le presentó el retrato terminado, no muy convencido de que le gustara. Terminaría aceptando esa imagen tan natural y humana, que si bien le quitaba omnipotencia y ese vuelo de religiosidad propia de la pintura renacentista anterior, le ofrecía un perfil de profundidad y firmeza que se transmitía con tremenda sabiduría. Era en definitiva el retrato de un Papa considerado generoso, trabajador hasta el agotamiento, desconfiado, decidido y rápido en sus decisiones. Cualquier parecido con Francisco es pura coincidencia. Porque también se lo recuerda como un jerarca que no podía con la influencia palaciega, en especial la presencia impertinente y sagaz de su cuñada, la viuda de su hermano.
Velázquez lo pintó sentado en su trono, de perfil, en pose atenta y natural, vestido de blanco con una casulla roja satinada sobre la parte superior de su cuerpo. La ropa da un aire de sencillez y humanidad, igual que su gorro papal, también rojo, pero de un tono discreto. La figura está firme en su asiento. La sensación la expresan entre otros detalles, los pliegos de su ropa metidos bajo el cuerpo en la parte izquierda del cuadro, los brazos apoyados casi en sus codos, con cierta soltura, pero bien plantados, seguros. En su mano izquierda un papel, referencia a su trabajo y dedicación. La armonía de su cuerpo en el asiento y la seguridad del respaldo, el apoyo y el poder por detrás. El rostro es lo más notable de esta imagen, su mirada penetrante e inquieta y su boca, con los labios finos y apretados. Trescientos años después, este cuadro se convirtió en una obsesión para Bacon. No es para menos.
Dios en la Tierra,
según Bacon
Una obsesión que le duró toda la vida y sobre la que trabajó una y otra vez, como una imposición descontrolada, en una búsqueda de algo que a juzgar por las versiones, encontró con notable sensibilidad. Se dice que hay 25 intentos de retratos o versiones, hay quien dice que hizo más de 50. Lo cierto es que algunas de ellas se cotizan de manera desorbitante en el mercado del arte actual. Hasta el magnate ruso Roman Abramovich, dueño del Chelsea FC, gastó más de 30 millones de euros en una obra suya para regalarle a su novia. Eso es vacío existencial, repleto de dólares.
Los retratos papales de Bacon tienen el sello de su estilo expresionista, aunque siempre en el límite imposible de definir. La obra de este genial artista inglés, en general tiene influencia cubista e informalista y se lo ha definido como un pospicassiano. No hay como eludir la imagen de los caballos sufrientes de Picasso cuando uno ve los perros de Bacon, mostrando los dientes, con sus cuellos largos y desencajados del cuerpo. En la serie de Inocencio X (algunas tituladas “Cabezas” y numeradas, otras con la referencia a la obra de su mentor) hay constantes que parecen detener la obsesión en un punto central: el grito, la boca abierta y el agujero negro, la falta de mirada y rasgos expresivos del rostro, las pinceladas llovidas verticales que rasgan el cuadro como si la angustia se expandiera por el espacio oscuro y desolado como una gran cárcel. “Siempre me han conmovido enormemente los movimientos de la boca y la forma de los labios y los dientes”, dijo el artista. “Siempre esperé ser capaz de pintar una boca igual que Monet pintaba una puesta de sol”.
Vaya si lo hizo, más allá de toda invención. A diferencia del cuadro de Velázquez, el Papa de Bacon está colocado en ambientes oscuros, sin detalles, en estructuras apenas visibles por el trazo de color. No hay trono, no hay poder; hay cubos o estructuras que encierran al personaje.
Los años 50: la Iglesia de Pío XII (1939-1958), aprisionada en un desastre espiritual, en la destrucción de cuerpos y almas, en el tendal que dejó la insanía del ser humano, capaz de amar a Dios y al diablo en un mismo acto. “Ya viene”, decían los personajes de Beckett que esperaban a un dios que nunca aparecía. Si hubo una “temporada sin Dios” en la Tierra, no parece ser la de Francisco I, si uno la enfrenta a los años 50 en Europa.
“Tuvo sexo en el infierno”, dijo de Bacon otro artista contemporáneo en una definición terrible. Es una ironía que haya logrado una de las pinturas con más espiritualidad del siglo pasado. Es que de las cenizas (de la “oración y la misericordia”, diría el pontífice de San Lorenzo) llega la esperanza. Las versiones de Bacon son admirables, y cada uno eligirá la que más le plazca: un Papa del que solo se percibe su cabeza, una figura de cuerpo casi entero con el rostro destrozado, un retrato desfigurado, barrido por los pincelazos que uno imagina también angustiados del autor. Todos basados en Velázquez, en el Inocencio X del español, todavía claro, firme, sereno y atento a su misión.
El de Bacon es un retrato alucinado que marca un mojón en la historia más reciente, detenida muchas veces en la imagen papal, desde que el retrato pictórico se hizo un lugar definitivo en los siglos XVI y XVII. Como la famosa imagen del pintor Edvard Munch (“El grito”, 1899) en la que el mundo vio su propio grito de desesperación frente a un mundo descarnado y cada vez más vacío de sentido, el irlandés encontró en este retrato pesadillesco de fines de los años 50, el sentimiento exacto de otra época, donde el mundo ya se había destruido, donde la esperanza no hacía pie, donde los millones de muertos no eran solo muertos, eran cadáveres destrozados, cuerpos deshechos, sin rostros, sin ningún rastro de identidad.
La imagen del “Inocencio X” de Bacon incluye ese grito de enorme dolor, físico, pero sobre todo espiritual. Un gesto de auténtica desolación existencial. Podía ser una foto de la época, el relato de un sueño o un retrato literario de Jean-Paul Sartre o Albert Camus, dos figuras esenciales de la literatura del siglo XX y del impulso existencialista que marcó a Europa y el mundo hasta mediados de los años 60. O una película de terror o de las innumerables secuencias sobre “códigos secretos”, vínculos mafiosos o caminatas aterradoras por los oscuros pasillos del Vaticano, donde los cardenales son los eternos conspiradores, maquiavelos de un poder que uno no termina de entender, ni siquiera ahora, con este porteño tan digno y futbolero, tan cercano y piola que es amigo del curita Gonzalo Aemilius, uruguayo también canchero, hincha de Peñarol y de apariciones mediáticas sorprendentes. No puede haber angustias, luchas de poder y conspiraciones en este abrazo que Francisco le dio a este amigazo del Liceo Jubilar, al que todos conocemos muy bien. Pero es probable que lejos de este barrio y de sus frontales e infantiles peleas con los Kirchner, cuando pasen los fuegos de artificio y los saludos fraternos y el entusiasmo de un pueblo que le reclama limpieza a fondo y un poco de esperanza en la fragilidad espiritual de este siglo, Francisco tropiece con ese rictus de dolor interno, ese instante de tremenda soledad que lo vincula a la imagen atroz de la obra de Francis Bacon. Es tan imponente la tarea, hay tanto para hacer.
Se dice que Bacon nunca vio el original expuesto en Roma en la Galería Doria Pamphili. Se dicen muchas cosas del pintor que nació en Irlanda de padres ingleses. Tuvo una infancia complicada por el asma y la aplicación de morfina para calmar los ataques. Trasladados a Londres, a los 16 años su padre lo expulsó de la casa por su declarada homosexualidad. Fue diseñador, luego decididamente pintor. Se dice que a los 35 años, desconocido y despreciado artísticamente, destruyó toda su obra. Por suerte empezó de nuevo y mantuvo su amor por el arte, y en especial por el cuadro de Velázquez. Pintó cuerpos destrozados o desajustados, en especial de hombres. “Asquerosos pedazos de carne”, dijo Margareth Thatcher cuando se enfrentó a sus pinturas, ya más reconocidas. Tuvo un novio que conoció cuando intentaba robar en su taller. Dice la leyenda que Bacon lo descubrió y esa noche terminaron en la cama. Se hizo conocido por los retratos del pintor y porque se suicidó años después.
Sin embargo, la vida de Bacon no estuvo cargada de escándalos, más bien cultivó un perfil bajo. Su imagen era la de un típico inglés peinado hacia atrás, vestido con ropas discretas, de baja estatura, ojos abiertos y vivaces, cara redondeada. Durante el día pintaba y de noche recorría los pubs cercanos a su casa, como buen irlandés. Se dice que murió en Madrid, ciudad que al final de su vida visitaba con frecuencia porque tenía un amante, un abogado a quien regalaba sus obras. Pero al final, uno piensa que el detalle es pertinente y que España tenía que ser el lugar elegido. Por su amor a Velázquez, claro.