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    El mercado laboral del futuro: los robots inteligentes harían bajar los salarios, al menos de los trabajadores fácilmente sustituibles

    Hay una visión optimista según la cual la tecnología hace mucho más que desplazar personas de sus empleos. En 2015, el asalariado estadounidense promedio trabajó unas 17 semanas para vivir con el nivel de ingreso de todo un año del trabajador medio de 1915, en gran medida gracias a los progresos tecnológicos. Otras visiones se enfocan en lo negativo.

    ¿Qué sucedería si llega el día en que los avances tecnológicos son tales que los robots inteligentes sustituyen al hombre? Según un modelo elaborado por dos economistas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y un profesor de la Universidad de Indiana, una consecuencia sería el aumento de las desigualdades salariales. El problema —sostienen— es que la mayor parte del ingreso cae en manos de los propietarios del capital y de los trabajadores calificados que no pueden ser reemplazados fácilmente por robots. Los demás ganarían poco y serían cada vez menos prósperos. “Esto apunta a la importancia de una educación que promueva el tipo de creatividad y de aptitudes que no desaparecerán frente a las máquinas inteligentes, sino que las complementarán. Esa inversión en capital humano podría mejorar los sueldos promedio y reducir la desigualdad. Pero, aun así, la introducción de robots podría deprimir los sueldos promedio durante mucho tiempo”, plantean los investigadores en un artículo publicado en una reciente edición de la revista “Finanzas & desarrollo” del FMI.

    ¿Qué sucedería si llega el día en que los avances tecnológicos son tales que los robots inteligentes sustituyen al hombre?

    Suponiendo que los robots son sucedáneos casi perfectos del trabajo humano, al insertarse en el mercado laboral lo producido por persona aumenta, pero al mismo tiempo la desigualdad se agudiza, por varias razones. Primero, los robots incrementan la oferta efectiva total de trabajo, lo cual hace bajar los sueldos en una economía regida por el mercado. Segundo, como se hace rentable invertir en robots, se reduce la inversión en edificios, equipos y maquinaria convencional, etc., y ello baja aún más la demanda de quienes trabajan con ese capital tradicional.

    Según los investigadores —Andrew Berg, Edward F. Buffie y Luis-Felipe Zanna—, eso es apenas el comienzo, y a largo plazo ambas consecuencias (la positiva, una mayor producción y la negativa, la disminución de los sueldos) se intensifican. Eso porque ambos tipos de capital —el robótico y el tradicional— producen cada vez más (todo lo cual es consumido por los humanos, no por los robots), pero al mismo tiempo los sueldos bajan, tanto en términos relativos como absolutos. ¿Cómo explicar ese descenso salarial simultáneamente con un aumento de producción? ¿Quién compra toda la producción adicional? La respuesta que dan es: los propietarios del capital. A corto plazo, la inversión extra compensa holgadamente toda disminución pasajera del consumo. A largo plazo, aumenta la parte de la creciente riqueza que les toca a los propietarios del capital, y lo mismo ocurre con su gasto de consumo. Como consecuencia del retroceso de los salarios y del aumento del capital, el trabajo (humano) ocupa una parte cada vez menor de la economía, razonan con su modelo. Y dado que la introducción de los robots incrementaría la participación del capital indefinidamente, la distribución del ingreso sería cada vez más desigual.

    El toque humano.

    Dejando de lado el supuesto de una sustitución casi perfecta entre robots y trabajadores —como los que aparecen en “Terminator 2: El juicio final”—, Berg, Buffie y Zanna plantean un segundo escenario, que al menos por ahora visualizan como más realista. Es uno en el cual robots (cuya productividad aumentará drásticamente en las próximas dos décadas) y personas son muy parecidos pero no sucedáneos por completo ya que la gente aporta un toque de creatividad y criticismo.  “Con esos supuestos, recuperamos un poco el optimismo propio del economista”, dicen con ironía. Las fuerzas siguen en acción: el capital robótico tiende a reemplazar a los trabajadores y a comprimir los sueldos, y en un comienzo el desvío de la inversión hacia los robots agota la oferta de capital tradicional que contribuye al avance de los sueldos. La diferencia respecto al otro escenario (los robots como sustitutos perfectos de la mano de obra) radica en que los talentos especiales de los seres humanos se tornan más valiosos y productivos a medida que se combinan con esta acumulación de capital tradicional y robótico, según su análisis. Llegado cierto momento, dicen, el aumento de la productividad de las personas compensa el hecho de que los robots están reemplazando a los humanos, y los sueldos suben (junto con el producto).

    El capital robótico tiende a reemplazar a los trabajadores y a comprimir los sueldos, y en un comienzo el desvío de la inversión hacia los robots agota la oferta de capital tradicional que contribuye al avance de los sueldos.

    Los autores acotan lo siguiente acerca de esta hipótesis, a su entender más realista. Por un lado, ese momento puede tardar en llegar, y exactamente cuánto depende de la facilidad con que los robots reemplacen el trabajo humano y de la rapidez con que el ahorro y la inversión respondan a las tasas de rendimiento. Según su calibración de base, el efecto de productividad tarda 20 años en compensar el efecto de sustitución y en hacer subir los sueldos.

    Por otro, lo más probable —sostienen— es que el papel del capital en la economía siga creciendo significativamente.  Y como consecuencia la desigualdad será, quizás, muchísimo peor.

    Profundizando en la hipótesis de que robots y humanos no serían idénticos desde una perspectiva laboral, los investigadores plantean que cabe la posibilidad de que máquinas complejas dotadas de inteligencia artificial carezcan de capacidad para realizar todos los trabajos. Por esa razón su modelo divide a los trabajadores en dos categorías: una, la de los “calificados”, que no necesariamente deben ser los más preparados académicamente pero sí cuentan con creatividad o empatía. Este grupo usa los robots para aumentar su propia productividad. La otra categoría, de “no calificados”, sería muy sustituible por robots.

    Suponiendo que la fuerza laboral se divide prácticamente en mitades (y, por tanto, los robots podrían reemplazar a la totalidad de los “no calificados”), el producto por persona aumentará. Se da otro efecto adicional: los sueldos de los trabajadores calificados suben tanto en relación con los de los no calificados como en términos absolutos. Al mismo tiempo, los salarios de estos últimos se “desmoronan” en cualquier comparación, incluso a largo plazo, advierten.

    En resumen, como en el primer escenario, en éste más realista el capital pasa a ocupar una proporción mayor del ingreso total. Además, la desigualdad salarial se acentúa drásticamente. La productividad y los salarios reales de los trabajadores calificados aumentan sin pausa, mientras los poco calificados “pierden rotundamente ante los robots”, señalan los autores. Las cifras dependen de algunos parámetros críticos, como el grado de complementariedad entre los trabajadores calificados y los robots, pero la magnitud aproximada de los resultados es que en unos 50 años, el salario real de los trabajadores con baja calificación caerá 40% y la participación del grupo en el ingreso nacional bajará de 35% a 11% en la modelo de base.

    Los dueños de los robots.

    Berg, Buffie y Zanna puntualizan que el futuro no tiene por qué ser así y que, de hecho, la tecnología no estaría siendo la causa de la mayor desigualdad que se verifica en muchos países.  Y terminan con una propuesta y una interrogante: “Implícitamente, hemos supuesto que la distribución del ingreso derivado del capital se mantiene sumamente desigual. El aumento del producto global por persona implica que todo el mundo podría beneficiarse si ese ingreso se redistribuyera”.

    Plantean como “obvias” las ventajas de un ingreso básico financiado mediante la tributación del capital. “Naturalmente, gracias a la globalización y a la innovación tecnológica, en la práctica ha sido más fácil evitar la tributación del capital en las últimas décadas. Por lo tanto, nuestro análisis lleva ineludiblemente a preguntarse quién será el dueño de los robots”, señalan.

    Economía
    2017-02-12T00:00:00