El método Miyazaki

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Nº 2108 - 28 de Enero al 3 de Febrero de 2021

escribe Pablo Staricco

La contradicción se dibuja en Hayao Miyazaki. Gracias a sus trazos y acuarelas, hoy su nombre acompaña a los de Akira Kurosawa y Yasujiro Ozu como uno de los directores japoneses más celebrados de la historia. Su filmografía alcanzó un reconocimiento mundial —11 películas de Miyazaki se han estrenado en Uruguay entre 1995 y 2018 y hoy todas pueden verse en Netflix— por la intersección de lo fantástico y lo didáctico en relatos sobre la construcción de la memoria y la preservación de la naturaleza. Algunos de ellos, como El viaje de Chihiro o Mi vecino Totoro, son clásicos modernos del cine de animación.

Aplaudido por su imaginación, Miyazaki es también un hombre de repeticiones y rituales que le permiten continuar, incluso a los 80 años, con la creación de su arte. En la última década, sus días solían seguir una rutina: se despertaba en su hogar en Koganei, Tokio, peinaba su cabellera blanca con un cepillo, hacía algo de ejercicio, se bañaba, preparaba un café y se dirigía a trabajar a su estudio personal o al Studio Ghibli, compañía que fundó en 1985, junto con el director Isao Takahata y el productor Toshio Suzuki, y desde la que ha concebido películas como, entre otras, La princesa Mononoke y El castillo vagabundo.

En Studio Ghibli, Miyazaki podía pasarse 10 horas trabajando, dependiendo de los plazos de sus proyectos. Al regresar a su hogar cerraba todas las cortinas, cenaba, trabajaba un poco más y se acostaba para volver a empezar el ritual al otro día. Esta práctica la calificó como “el pilar de su vida”: dentro de ese parámetro analizaba el mundo. Un mundo que, casi siempre a primera vista, empezaba en una escala pequeña, como su barrio. Miyazaki solía registrar en fotografías los cambios en un río cercano a su casa o las clases de niños preescolares que algunas mañanas pasaban cerca de una de sus ventanas para apreciar dos cabritos que el animador rescató de una exhibición del animé Heidi y desplegaba con orgullo.

Mucho antes de convertirse en un hombre de la tercera edad con hábitos calmos, Miyazaki vivió épocas tumultuosas. Nació el 5 de enero de 1941 en Tokio y su infancia temprana estuvo marcada por la II Guerra Mundial. Su tío era dueño de la compañía Miyazaki Airplane Corporation, dedicada a la manufactura de piezas para aviones. Ese contexto le brindaría a un joven Miyazaki otra de sus grandes contradicciones: la devoción por la aviación bélica, uno de los elementos recurrentes de su cine y una afición opuesta a su espíritu pacifista, según lo recoge la autora Laura Montero Plata en el libro El mundo invisible de Hayao Miyazaki.

Una adolescencia marcada por el consumo del manga, los cómics de origen japonés, y los estudios en Economía Política en la Universidad de Gakushuin lo harían encontrar trabajo, en 1963, como animador en Toei Doga, una división de la productora de cine Toei. Sus ideas comunistas lo llevarían a conocer, dentro del sindicato de la empresa, a Isao Takahata. Con él fundaría Studio Ghibli en 1985, tras una carrera ascendente dentro de la industria japonesa de la animación en cine y televisión.

Studio Ghibli se fundó con el objetivo de hacer películas autorales. Se buscó encadenar la producción de los largometrajes cada par de años de manera que Miyazaki y Takahata pudieran supervisar sus proyectos de forma integral, alternando entre ellos los roles de dirección y producción.

Si bien hoy se desconoce el ritmo con el que el maestro octogenario desempeña su oficio, su adicción al trabajo lo acompañó siempre durante los 35 años de vida del estudio, caracterizado por priorizar el dibujo a mano en lugar de la tecnología. Los procesos creativos y las prácticas rutinarias de Miyazaki se hicieron públicas porque el director japonés permitió que, a lo largo de los años, el detrás de cámara de sus películas fuese registrado en una serie de documentales intimistas que retratan al artista, sus colegas y sus empleados. Uno de los más conocidos es El reino de los sueños y la locura, de Mami Sunada. Centrado en documentar el día a día en las oficinas de Studio Ghibli, el corazón de esta película de 2013 reside en Miyazaki y en la producción de lo que sería su última película hasta la fecha, El viento se levanta, también estrenada ese año.

Un acceso más privilegiado al de Sunada lo tuvo el realizador Kaku Arakawa, quien retrató la vida y trabajo de Miyazaki a través de dos documentales. Al primero, Never-Ending Man: Hayao Miyazaki (2016), se lo podría considerar una coda sombría de El reino de los sueños y la locura, dado su enfoque en los retos financieros que Studio Ghibli arrastra por su estilo de producción y en una etapa de incertidumbre para Miyazaki. En uno de sus retiros efímeros del oficio, se lo muestra volviendo a trabajar para realizar un cortometraje exclusivo para el Museo Ghibli adaptando nuevas tecnologías de animación.

El segundo, emitido en la señal pública japonesa de televisión NHK, se titula 10 años con Hayao Miyazaki y fue estrenado en 2019. El documental, de cuatro horas de duración, muestra cómo la cámara de Arakawa acompañó al director en la filmación de su película Ponyo en el acantilado, los numerosos encontronazos con su hijo, el también director de animación Goro Miyazaki, y el camino hacia la concepción de El viento se levanta.

De acuerdo al director, para lograr lo que él considera una película digna, uno debe dejar de lado la vida personal en pos de la producción, una visión que hoy no tendría lugar dentro de la cultura del bienestar y felicidad máxima del empleado cultivada por Silicon Valley. Studio Ghibli llegó a tener 400 empleados en planilla, con una serie de 100 a 300 trabajando para una sola película, dependiendo de su complejidad.

El esfuerzo es otro de los motivos detrás de la práctica artística de Miyazaki. El reino de los sueños y la locura comienza con el director subiendo enérgicamente las escaleras de Studio Ghibli. Una señal del ímpetu diario que el ilustrador, siempre portando sus lentes de marco grueso y un delantal, ejercía durante su última década de mayor actividad.

También se retrata cómo el director prescinde de guiones. En cambio, dibujaba a mano los storyboards de sus películas, una serie de imágenes instructivas que le brindan a la obra su estética y narrativa. En Studio Ghibli, la animación de las películas empezaba un año antes de que Miyazaki completara los storyboards. Nadie sabía cómo terminaba cada película hasta que el director finalizara sus dibujos.

El escritorio que mantuvo la mayor parte dentro de la compañía era esquinero, iluminado por una ventana y no sobresalía del resto perteneciente a otros empleados. En los documentales se lo ve a Miyazaki dibujar reclinado, con un cigarrillo en la mano o en la boca para los momentos de pausas, reflexiones o toma de decisiones.

Como una figura de peso, oscilaba entre la ternura y el autoritarismo. Compartía rituales con sus empleados, como subir todos los días a la azotea del edificio para presenciar el atardecer, así como practicar calistenia diaria para mantener la sangre fluyendo en los cuerpos exigidos de los dibujantes. También podía ser completamente desmotivante, arrojando trabajos enteros a la basura si sentía que los dibujos no mostraban alma. Él buscaba que sus dibujantes perpetuaran personas, no personajes.

Con el tiempo, el peso de la edad fue cobrando factura en el artista. Comenzó a asistir a más funerales de viejos colegas y cada vez se le hizo más difícil concentrarse y tomar el lápiz con el que solía dibujar sus bocetos. Tuvo que pasarse, de a poco, a lápices y pinceles menos pesados. El abordaje cultural de Occidente sobre la cultura oriental también lo fue desmotivando. En Never-Ending Man, sentencia, por ejemplo, su desdén por la popularidad en 2013 de la canción Let it go, hit imparable de Frozen, la película animada de Disney. “Se trata sobre ser tú mismo. Pero es terrible”, afirma Miyazaki. “La gente satisfecha de sí misma es aburrida”.

En los tres documentales una línea en común sobresale. El hombre detrás del mito encontró un camino de éxito para un talento que ejecuta con fervor. Sin embargo, su apego por la tradición de la animación clásica y un modelo de producción costosa y dependiente de su figura autoral sentenció a que Studio Ghibli no pudiera encontrar, ni siquiera en el propio hijo de Miyazaki, un sucesor capaz de cargar con la antorcha.

Con la visión del trabajador exacerbada por el peso de la figura del autor, la búsqueda de un sucesor de Miyazaki continúa sin éxito. Él mismo ha reconocido que nunca preparó a nadie para que tome su lugar. Goro, en tanto, se ha dedicado a salir de la sombra del padre. Su nueva película, Earwig and the Witch, es la primera que Studio Ghibli produjo completamente en animación 3D y no dibujada a mano. Los avances, desde un punto de vista estético, no son prometedores.

Mientras tanto, desde el estudio se ha comunicado que Miyazaki se encuentra sumergido en la creación de su próxima película, que podrá ver la luz en un par de años. Titulada, en su traducción al español, ¿Cómo vives?, se basa en una historia de 1937 escrita por Yoshino Genzaburo en torno a un joven que se muda con su tío tras la muerte de su padre. Se ha dicho que Miyazaki busca dejar en la película un mensaje para su nieto. La premisa de este nuevo trabajo, centrada en el cambio espiritual que atraviesa el joven protagonista tras una experiencia traumática, corresponde a parte del objetivo que Miyazaki ha trazado a lo largo de su filmografía, incluso cuando en sus prácticas laborales demostró que vivía para trabajar y no al revés. “Hay que abordar los temas que tratamos de la forma más honesta posible. No considerar, en particular, el pasado como algo intocable, confinado en los museos”, dijo en una entrevista al HK Orient Extrême Cinéma en 1997. “Hay que narrar el mundo tal y como lo sentimos, tal y como lo vivimos. Es una meta esencial si queremos continuar viviendo con plenitud”.

Vida Cultural
2021-01-27T20:09:00