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    El mundo detrás de una lupa

    Ricardo Lanzarini en Galería Xippas

    Sus hombrecitos están sobre la puerta de la sala, dibujados en la pared blanca. Parecen bailar, aunque el autor piensa en ellos de otra manera. Los ve exponiéndose, tensando los músculos, marcados con una extraña mezcla de fuerza extrema y liviandad. Son personajes de porte mediano, sin detalles u otra definición que esas líneas curvas, puras, de trazo limpio. Exponen sus cuerpos, como los fisicoculturistas, con las manos trenzadas, sus torsos desnudos y en pose de exhibición. Al mismo tiempo tienen la destreza de los bailarines, pues están en puntas de pie, parados en un lugar invisible donde recae toda la tensión de sus cuerpos.

    El artista sonríe satisfecho y habla, habla mucho sobre esos hombrecitos que esconden algo más que una muestra de físicos en extrema tensión. Es la exhibición del arte o, mejor, lo de exhibicionista que tiene todo artista y ese juego de exponerse a la mirada del otro. Es una broma, una guiñada que introduce a una propuesta formidable en la que curiosamente el creador construye mundos diminutos, difíciles de descubrir a simple vista, donde cientos de personajes conviven a la espera de una mirada curiosa que los acerque a este lado, que les permita pasar el umbral.

    La muestra que acaba de inaugurar el dibujante uruguayo Ricardo Lanzarini (1963) en la galería Xippas (Bartolomé Mitre y Rincón) está llena de personajes, objetos y situaciones extraídas de quién sabe qué confines. Los define el dibujo, la tinta sobre el cartón blanco, en una exposición que exige por lo menos dos puntos de vista: el externo, el de la distancia habitual con la que se ofrece toda la complejidad de una obra de arte, y otro más íntimo, casi dentro del dibujo, donde el espectador pueda descubrir a fondo esas construcciones complejas. Construcciones finísimas, de un hombre de indudable capacidad técnica y enorme vuelo creativo.

    Desde afuera, el espectador ve cuadros no muy grandes enmarcados en blanco, con formas casi abstractas en bellísima armonía. Es evidente que son dibujos y que encierran caminos insospechados, innumerables detalles que conducen a universos cargados. Pero uno puede quedar un tiempo casi eterno fuera en esa relación que impone la belleza del conjunto. En cada cuadro hay una logradísima construcción de formas, de diálogo entre el plano vacío y la intervención detallada del artista. Hay, incluso, una notable propuesta de tonos expuestos a partir del trabajo del dibujo, siempre en el negro de la tinta, utilizada por Lanzarini desde la línea hasta una textura de envidiable plasticidad. Desde cierta distancia se impone la abstracción del resultado final en una relación plenamente satisfactoria con la obra, una relación de puro placer.

    Pero existe aquella mirada íntima, la que exige pararse dentro del dibujo. Es allí donde Lanzarini conmueve casi en puntas de pie, pero con golpes de fisicoculturistas, patadas de karateca y otros sacudones físicos al alma. Es un mundo inclasificable, aunque uno pueda esgrimir un abanico de referencias que pueden viajar desde el infierno de El Bosco o los grotescos de Goya hasta el extravagante surrealismo de Lewis Carroll. Hay hongos que parecen invadir toda existencia, máquinas indescriptibles, hay objetos domésticos inacabados, hay pequeñísimos seres que parecen ubicarse en un mundo reconocible. Pura ilusión. Tal vez, el espejo deba enfrentarse al revés, desde la deformación o, decididamente, desde la aceptación de otros universos posibles. Y desde allí permitir acercarse a estos seres, algunos identificados con ciertos datos de la realidad, la enorme mayoría en una masa compleja de comunicación, de infinitas variaciones, construida detalle a detalle, rostro a rostro, diminuta, casi invisible a simple vista.

    La noche previa a la inauguración, el artista acompañó al periodista en un disfrutable recorrido. Lupa en mano, los rasgos del dibujo aparecían detrás del vidrio de aumento como en una rústica animación: una línea tras otra, un punto, un pequeño trazo y, tras esa simpleza, un rostro perfecto, un cuerpo que entra en la cuarta parte de una uña. Tan sutil y compleja es la elaboración de Lanzarini que lleva su arte también a ese punto, a extraer a sus individuos de esa feria surreal, a una exposición tan pura y diminuta y tan expuesta en un blanco finísimo que transgrede toda existencia.

    En una obra, el visitante explora esos increíbles mundos bajo los hongos: una existencia apretada, cargada de cientos de personajes, donde conviven innumerable cantidad de tipos humanos. Por otro lado, se puede disfrutar un cuadro con una pequeña hojilla Job, la vieja hojilla de tabaco, como si el autor eligiera alguno y le diera la libertad necesaria, infinita, para que expresara también su emoción en tres o cuatro líneas y en una postura de extrema tensión.

    La relación del artista con el mundo oriental es estrecha: se enhebra con prácticas milenarias y con figuras de un imaginario poderoso. “Yo hice karate”, cuenta en un momento de este paseo alucinatorio. Y habla de las artes marciales, de la postura, del punto donde toda la fuerza se concentra y donde cuerpo y espíritu están en tensión hacia ese punto: la tensión anterior al golpe.

    El arte de Lanzarini está, justamente, en ese punto, en el momento último previo al golpe. Por eso no es evidente, ni comparable, ni referencial: porque está del otro lado. Y por eso sus creaciones son tan disfrutables y, al mismo tiempo, tan perturbadoras.

    Obra reciente de Ricardo Lanzarini. En Galería Xippas (Bartolomé Mitre 1395, de lunes a viernes de 12 a 19 horas y los sábados de 11 a 17 horas, hasta el 21 de julio).

    Carlos A. Muñoz