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    El sistema educativo uruguayo debe dejar atrás los siglos XIX y XX y enseñar a “insertarse en el mercado productivo”

    El referente educativo argentino Álvarez Klar sostiene que la política pública debe plantearse qué hacer “con la era de estudiantes Covid, a los que les falta escolaridad, motivación y perspectiva del mundo”

    El escenario de retorno a la presencialidad total o parcial en la educación uruguaya incluye un doble o triple desafío. Por un lado, resolver lo que ha implicado el cierre de los centros educativos debido a la pandemia, como los efectos que el confinamiento ha tenido en la salud mental de estudiantes y docentes, y el aumento de la brecha educativa y la pérdida de aprendizajes, cuya magnitud aún se desconoce. A la vez, encarar los problemas prepandémicos o estructurales, que se reflejan en los escuálidos resultados académicos y en las elevadas tasas de abandono, dice el maestro argentino Darío Álvarez Klar, referente en el ámbito educativo.

    Si bien destaca que en el área de la enseñanza Uruguay resistió a la pandemia mejor que Argentina y subraya la contribución del Plan Ceibal, el especialista en gestión educativa advierte que al país le urge rediseñar sus planes de estudio, modos de aprendizaje y criterios de evaluación.

    “Uruguay está avanzado en valores, pero se debe menos siglo XIX y XX, porque una gran proporción de niños, niñas y jóvenes carece de las competencias esenciales para lograr aprendizajes posteriores, para insertarse en el mercado productivo y para el ejercicio de la ciudadanía”, afirma el fundador y director integral de la Red Educativa Itínere, que agrupa a colegios privados de la provincia de Buenos Aires y que en 2022 también desembarcará en Canelones.

    Lo que sigue es un resumen de la entrevista con Búsqueda.

    —¿Qué idea tiene de la actualidad educativa en Uruguay?

    —No siendo uruguayo (aunque nacionalizado) ni habitante del país, pero sí un observador de su realidad, veo que hay rasgos de la educación uruguaya en términos de valores importantes: la humildad, la sencillez, la franqueza, la aspiración de superación en conjunto. Y cuando una nación o una sociedad piensa en el bien común, es una comunidad educada. No es algo de lo que en Argentina podamos hacer gala. Ahora, vivimos en una región que se ha empobrecido mucho en términos educativos en las últimas décadas. Con la pandemia asistimos a la impronta de la necesidad de la virtualidad. Y ahí respeto mucho lo que ha hecho el Plan Ceibal en Uruguay y el alcance que ha tenido en el sistema. Y veo la paradoja: las brechas de acceso que trajo la virtualidad en ciertos ámbitos tienen que ver con la caída de alumnos del sistema, lo cual agrava los problemas preexistentes. Porque la realidad educativa en la región ya era muy preocupante antes de la llegada del Covid-19.

    —El Banco Interamericano de Desarrollo estimó este año que la pandemia causará una pérdida en la región de 0,9 años de escolaridad en promedio, afectando sobre todo a los alumnos más pobres. ¿En qué se traduce esto?

    —Hoy en día, niños de tres o cuatro años que no han transitado su jardín tienen habilidades demoradas en las escuelas, un retraso en su desarrollo madurativo que luego complicará su trayectoria, especialmente en el pasaje al liceo. Las consecuencias son altamente preocupantes y recién las estamos empezando a vislumbrar, todavía no las vimos; en rigor, se verán en los próximos años. Lo que es irreparable son los alumnos que se cayeron del sistema. Un alumno que deja bachillerato no está postergando su escolarización, la está suprimiendo. Su inserción futura en otras instancias de aprendizaje o de formación profesional están limitadas, así como la calificación a ciertos trabajos y a su autopercepción como capaz. Estamos hablando de un empobrecimiento cultural, económico y de una traba que condiciona el desarrollo del país porque esa posibilidad estará cada vez en menos manos.

    La política pública debe plantearse: ¿qué hacemos con la era de estudiantes Covid, a los que les falta escolaridad, motivación y perspectiva del mundo? El abandono cometido por el sistema educativo hacia los estudiantes —sobre todo a la mayoría, que pertenece a los quintiles más bajos— es abrir las puertas a toda forma de subsistencia muchas veces antisocial y delictiva, sin alternativa, a veces, de parte de la sociedad y, en todo caso, con un futuro incierto.

    —Si bien la pandemia profundizó los problemas y trastocó los planes, Uruguay apunta a cambiar la actual currícula (el sistema de aprendizaje y evaluación). ¿Cómo prepararlos para ese “futuro incierto”?

    —Hay que ir hacia un modelo ya no enciclopedista, basado en repetir contenidos, sino a uno que aspire a que los alumnos sepan aplicar sus conocimientos. Ya no se trata de repetir datos de memoria sobre un listado de temas. Hay que enseñarles a aprender, a buscar información fiable, a valorarla, segmentarla y aplicarla en proyectos comunes, a ponderar los resultados y a aplicarlos en otros contextos. Y si yo enseño desde una concepción de habilidades, ya no puedo evaluar como en el siglo XIX: decirle al alumno que tiene equis cantidad de puntos, ponerle una nota. Hay que pensar en una evaluación mucho más global, continua, integral, con un trabajo basado en rúbricas, que son parecidas a la evaluación en las empresas: alguien te dice cuál es la expectativa respecto al trabajo o proyecto y entonces uno tiene una intencionalidad. Uno empieza a los tres o cuatro años y se recibe a los 18, a los 25 o a los 30, y en ese recorrido tiene que saber en qué es bueno, en que no, en qué poner más esfuerzo, y el sistema valorar ese esfuerzo y no enfocarse en lo que falta. La evaluación tradicional es medio engañosa, porque te pido que estudies algo, después te pregunto y te pongo una nota que subjetivamente creo que tenés según lo que repetiste y el alumno nunca sabe para qué estudia.

    —Algunas experiencias locales han puesto en práctica el aprendizaje por proyectos y ámbitos de conocimientos, la mezcla de asignaturas, y el trabajo en duplas o tríos docentes, con aprendizajes menos compartimentados y más aplicados. ¿Qué opina de eso?

    —Eso es central en esta concepción que hablamos de que Uruguay está avanzado en valores, pero se debe menos siglo XIX y XX. Una gran proporción de niños, niñas y jóvenes carece de las competencias esenciales para lograr aprendizajes posteriores, para insertarse en el mercado productivo y también para el ejercicio de la ciudadanía. El desarrollo de habilidades tiene que ver con el aprendizaje basado en proyectos o en problemas, en métodos de casos a partir de una situación real o que podría serlo: generar un contexto de investigación, crear una situación que el alumno tiene que resolver y poner en juego aprendizajes de distintas materias. Así, la compartimentación estricta por materias tiende a romperse y se trazan puentes, incluso mezclando edades con base en los intereses o pasiones por un tema. Y entonces la evaluación es global.

    —Todo esto trastoca la formación docente. ¿Cómo concibe el rol de los educadores?

    —Los educadores más que transmisores de conocimientos son guías o curadores de información y de experiencias, inspiradores para sus alumnos, son más dinamizadores o facilitadores de desarrollo de sus habilidades. Para usar otra imagen, el docente tiene que ser como un chef que prepara, condimenta y arma un plato, pero quien lo completa en realidad es quien lo saborea y dice si le gusta o no. Esta idea de cocreación saca del lugar de “estrellato” al docente, que tampoco tiene todas las respuestas. Yo les digo a los padres en chiste cuando averiguan por un colegio: “Si solo buscan un centro educativo que les dé buena información a sus hijos, cómprenle un buen celular”. El trabajo docente tiene que pensarse como un generador de experiencias. Su rol ya no se mide solo en términos de conocimiento de distintos temas, sino por la capacidad de conectar con sus alumnos, de acompañar sus recorridos, de manejar tecnologías, facilitar herramientas, generar vínculos presenciales y virtuales, motivar aprendizajes.

    —Igual, muchos docentes están formados con cabezas y libros del siglo XX y rechazan estas ideas.

    —Y en parte sí. Pero confío en el deseo personal, más allá de lo generacional. Está la pasión con la que se ejerce la docencia, ser curioso y seguir aprendiendo. Hay gente que te dice eso, “yo aprendí así y con eso estoy bien, no me pidan más…”. Pero la vida cambió y en la educación pública el Estado debe asumir un rol de impulso del cambio para hacer la transformación en los profesorados y en los ámbitos de formación docente. El docente tiene que actualizarse, como un médico. Nadie se pondría en manos de un médico que no estudió desde que salió de la facultad. Sin embargo, a un docente no le pedimos eso, cuando debería ser algo establecido por la política pública e impulsado por los privados.

    —En Uruguay los cambios suelen ser lentos y encontrar fuertes resistencias, ¿cómo enfrentar eso?

    —Hay cuestiones de fondo, no serán cambios de un día para el otro y serán resistidos. En Argentina también pasa y el peso del sindicato es mucho más virulento que en Uruguay, porque se traban procesos muy fuertes. Quizás suene romántico, pero creo que los actores del sistema tienen que empezar para que se dé la transformación, aunque sea con cambios parciales. Pensar que el sistema se transformará a escala global es muy difícil porque siempre los sistemas tardan más que las sociedades en cambiar. Los gobiernos tienen que ser los que impulsen, faciliten y marquen el rumbo. Y el sindicato debe entender que eso es un beneficio del país, porque un país que no actualiza a sus docentes se atrasa.

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