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    Elogio de la madera enferma

    Aparece de pronto en su scooter e ingresa en la sala Zorrilla de San Martín del Hotel Sheraton. Se ubica rápidamente detrás de la mesa. Impresiona tenerlo allí, tan cerca, poder hablar con él. La sonrisa al comienzo apenas dibujada se irá acentuando a medida que responda a las primeras preguntas y entre en confianza con sus interlocutores. A pocos minutos de iniciada la conferencia sonríe y hasta ríe en forma casi permanente, el humor salpica siempre sus declaraciones y su mirada irradia una calidez envolvente. La conferencia de prensa se transforma entonces en una amable charla entre amigos. Este es un resumen del diálogo que mantuvo Itzhak Perlman con la prensa.

    ¿Tiene un repertorio favorito?

    —En realidad no. Todo lo que toco es porque me gusta. Lo que no me gusta directamente no lo toco.

    —De los directores de orquesta con los que ha trabajado, ¿cuáles lo han impactado más?

    —Por nombrar solo a los más viejos, guardo recuerdos imborrables de Georg Solti, Carlo María Giulini, Bernard Haitink. Cada uno tenía talentos específicos. Por ejemplo, recuerdo haber hecho el concierto de Alban Berg con Pierre Boulez, que tenía una maestría especial para destacar las distintas voces que hay en la partitura. Hice el mismo concierto con Leonard Bernstein y el enfoque de este no era el destaque de las voces sino el subrayado del drama contenido en la música. Pero ambos eran maravillosos. Hay directores que tienen un talento especial como magníficos acompañantes. Pocas veces me he sentido más cómodo que con Zubin Mehta; lo que él hace con la orquesta calza como un guante para el solista.

    —¿Qué violinistas del pasado admira?

    —Fritz Kreisler, Jascha Heifetz, David Oistrakh, Nathan Milstein, Zino Francescatti, por nombrar algunos. Lo importante es evitar que esa admiración lleve a la imitación. Uno tiene que encontrar su lenguaje propio.

    —¿Qué nos puede decir de la “Sonata” de Franck que tocará esta noche?

    —Que es una obra peligrosísima porque todo el mundo la toca (risas). Pero además entraña el peligro de ser romántica y francesa a la vez.

    —¿Considera usted que en esa obra el piano tiene un papel muy importante?

    —Por supuesto. Tan es así que esta noche daré medio recital con ella porque la otra mitad la dará el piano (risas). Pero fuera de broma, no es solo en Franck. Si usted mira las sonatas de Mozart, en el libro dice “para piano y violín”. Así que ya sabemos que estamos segundos (risas).

    —¿Por qué hay tantos músicos judíos que se dedican al violín?

    —Creo que eso podía ser así hasta un poco después de mi generación. Pero ahora la producción de violinistas no es en su mayoría judía sino oriental. Estamos llenos de violinistas coreanos, chinos y japoneses. A los judíos parece que ahora les interesan más las computadoras (risas).

    —¿Cómo es el público de concierto en Israel?

    —Israel es mi casa. El público allí lo sabe todo. Si mi concierto no salió muy bien, al día siguiente dirán “no fue muy bueno”. Y si salió excelente dirán “por supuesto que fue bueno, ¿cómo iba a ser?” (risas). Pero en general el público de los conciertos es similar en los diferentes países, porque la música es un lenguaje internacional. Si tengo que elegir un público, me gusta el ruidoso y extrovertido.

    ¿Cuándo se dio cuenta de que era un verdadero violinista?

    —Hace dos semanas (risas). No, en realidad fue un poco antes: cuando me invitaron a tocar en Montevideo me dije: Bueno, ahora sí eres un violinista (risas).

    —¿Qué nos puede decir de su Stradivarius?

    —Perteneció a Yehudi Menuhin. Pude tocarlo hace muchos años cuando estudié con él y apenas lo hice fue un amor a primera vista. Le dije entonces que el día que se decidiera a venderlo me lo hiciera saber. Y así ocurrió. Del secreto del sonido de los Stradivarius y de los Guarneri se dicen las cosas más curiosas: últimamente hay quien afirma que la madera utilizada en su construcción tiene un virus que había en esa época en los bosques europeos. O sea que suena así porque es una madera enferma (risas). A mí me parece que el sonido de estos instrumentos sigue siendo un misterio y me gusta que así sea.

    —¿Qué preferencias tiene en pintura?

    —Los impresionistas franceses y los expresionistas alemanes. Tengo como un tesoro personal un par de obras de Egon Schiele.

    —¿Qué está leyendo en este momento?

    —Un libro del doctor Oliver Sacks que se llama “Musicofilia”; son relatos científicos sobre la relación entre la música y el cerebro. Me resulta muy útil para mis clases.

    —¿Hay un avance en la técnica o en la enseñanza que hace que existan violinistas tan jóvenes?

    —No hay que confundirse. Tú pones Youtube y verás un niño de 10 años tocando el concierto de Brahms. Pero, ¿qué está haciendo ese niño? Está tocando las notas. La música es algo más que eso. A la música hay que “hablarla” y “decirla” más que tocarla, y ese es un proceso que lleva su tiempo y no puede abreviarse fácilmente.

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